A tí te conminó, baluarte sacro de divina claustrofobia. Para que seas mi asilo tibetano. Y, buscar el Uno indiviso. En un silencio hiriente. Que hace brotar las voces esquizofrénica s de la harapienta claustrofóbica. Es noche cerrada. En tu corazón maduro y cruel. Y yo, viejo, como un camello que recorrió el sepulcral desierto del Sáhara, me escondo en las cuatro esquinas de la paranoia. A tí te conmino. Odiosos baulartes de la claustrofobia. Vuestra obscuridad invita al beso invisible de Judas Iscariote. Invita a la puñalada trapera de diez cenobitas con ansias de chupar sangre coagulada. Baluartes de Claustrofobia. Por tí, sacrosanto santorum, me hago el vivo. Para no ser diezmado por el eco cruel de tus seísmos que mueven a risa. Baluartes de Claustrofobia. Ya hace tiempo que estaba loco. Y ahora mi cordura me ha llevado al fin del carromato de la rota razón.