Alas de marioneta
Poeta asiduo al portal
De tanto preguntarle a las estrellas por mi muerte,
me dejaba escapar ante el punto de la frase de un "sí, quiero".
Me reía como si nada, me echaba a llorar como si siempre
y entre verso y verso de un caer de lágrimas, seguía todavía viviendo.
Miraba al sol a la cara y de vez en cuando, entre esperanzas, creía verme,
por ahí arriba, sobre el tejado derrumbado del infierno,
sin saber si querer entrar o querer quedarme para siempre
entre el calor de las llamas que son tan suaves cuando ya has vivido como si hubieras muerto.
Me escribía en blanco un futuro que no pasaba de presente,
me rezaba al oído de vez en cuando, cuando me pensaba estar durmiendo,
despertaba como siempre agotado y se agotaban mis días de tan ausentes
que me volvía a cubrir los pies con las sábanas de sangre de cuando por fin se acabe el tiempo.
Cada mañana me seguía levantando, cada tarde me volvía a atropellar la suerte
y yo como un tahur con depresión profunda, me dejaba ganar el destino en mi propio juego.
Volcaba de espaldas sin más vida, me destrozaba las manos de tanto caerme,
me rompía en pedazos cada estrofa y mientras, en mi corazón seguía siendo invierno.
Salté el vacío por fin, cuatro pisos de caída y un no volver a verme,
volando entre los botones de mi camisa mientras se me descosía el cuerpo
al acariciar la acera de una calle estrecha, oscura y vacía de gente,
tan llena solo de mí, que se le paró una aguja al reloj del cielo.
"El bolígrafo está en tu bolsillo", "el papel, cualquiera de las paredes",
"te concedo cuatro palabras" y aquella voz extraña, se perdió a lo lejos.
Un "te quiero" a la vida que quise, a alguien especial, un "para siempre"
un "gracias" para todos y un "por favor" al universo
para que nunca nadie, al pasar por esa calle me recuerde,
porque nunca nadie debe saber que una noche, sobre la acera, murió un sueño.
me dejaba escapar ante el punto de la frase de un "sí, quiero".
Me reía como si nada, me echaba a llorar como si siempre
y entre verso y verso de un caer de lágrimas, seguía todavía viviendo.
Miraba al sol a la cara y de vez en cuando, entre esperanzas, creía verme,
por ahí arriba, sobre el tejado derrumbado del infierno,
sin saber si querer entrar o querer quedarme para siempre
entre el calor de las llamas que son tan suaves cuando ya has vivido como si hubieras muerto.
Me escribía en blanco un futuro que no pasaba de presente,
me rezaba al oído de vez en cuando, cuando me pensaba estar durmiendo,
despertaba como siempre agotado y se agotaban mis días de tan ausentes
que me volvía a cubrir los pies con las sábanas de sangre de cuando por fin se acabe el tiempo.
Cada mañana me seguía levantando, cada tarde me volvía a atropellar la suerte
y yo como un tahur con depresión profunda, me dejaba ganar el destino en mi propio juego.
Volcaba de espaldas sin más vida, me destrozaba las manos de tanto caerme,
me rompía en pedazos cada estrofa y mientras, en mi corazón seguía siendo invierno.
Salté el vacío por fin, cuatro pisos de caída y un no volver a verme,
volando entre los botones de mi camisa mientras se me descosía el cuerpo
al acariciar la acera de una calle estrecha, oscura y vacía de gente,
tan llena solo de mí, que se le paró una aguja al reloj del cielo.
"El bolígrafo está en tu bolsillo", "el papel, cualquiera de las paredes",
"te concedo cuatro palabras" y aquella voz extraña, se perdió a lo lejos.
Un "te quiero" a la vida que quise, a alguien especial, un "para siempre"
un "gracias" para todos y un "por favor" al universo
para que nunca nadie, al pasar por esa calle me recuerde,
porque nunca nadie debe saber que una noche, sobre la acera, murió un sueño.
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