Un sueño antes de dormir

María Elena estaba mirando el viejo álbum de las fotos que tenían juntos. Aquella de cuando le enseñaron a andar en bicicleta a su hijo; otra de su primer embarazo, el de aquel añorado bebé que nunca llegó a casa. Miraba con cariño una que otra de las caras jóvenes de ella y su marido, en el viejo papel blanco y negro. Sus amigas más cercanas; la familia que amó desde la cuna. Los lugares que visitaron juntos, las cosas que decoraban sus estantes; personas que ya no están para conversar o tomarse una copa.
El viejo álbum de fotos siempre estaba ahí, a la mano para ella; pensó, dejando el libro a un costado del sofá, en el amor que sentía al estar mirándolo en ese momento. Se preguntó por qué estaba rememorando todo aquello que jamás viviría otra vez. María Elena estaba enferma, sola, y no le quedaban muchos días de luz. Le quedaba menos de lo que ella misma se esperaba del tiempo, y tenía tantas cosas que quería hacer, tantas que pudo haberse tomado la molestia de realizar, tantas frases que decir, tantas escenas bellas imaginables y que no podría ver nunca. En cambio, estaba mirando las fotos. Esas fotos. Eran cosas, situaciones, que ya vivió, que sí pudo hacer, ¿por qué no estaba por allá, en la calle, o en un lugar especial, haciendo algo que nunca antes probó? ¿Por qué se sentó en el mismo sofá de ayer, de hace un año, a mirar escenas inmortalizadas? ¿Por qué no salió corriendo de allí, de su casa, o de la soledad? ¿Por qué no salió a buscar un sueño, o a dejarle buenas ideas al mundo?
Pudo haberse ido lejos, hacia algún rincón paradisíaco donde pasar sus últimos días. O también pudo haber salido a buscar un lugar que necesitara de ella. O ver por última vez algo nuevo, o haber conocido a alguien extraordinario. Podía bailar hasta que amaneciera, o dormir todo el día maldiciendo; ir corriendo a decir sus últimos deseos a sus allegados, o escribir un libro pequeño. Podría haber hecho tantas cosas diferentes, podría haber sido otra María Elena antes de fallecer.
Pero María Elena era la misma que antes de enterarse que pronto se moriría; era como si alguien saliera de un terrible diagnóstico médico y aún así se iría a tomar ese café en la merienda, que ya había planeado desde la mañana. Miraba esas fotos, algo en ellas le hacían sentir tantas de esas emociones que podría haberse quedado soñando, o bien, ido a buscarlas. Y se quedó allí sola; con su orgullo, con lo que ya había hecho.
 
María Elena estaba mirando el viejo álbum de las fotos que tenían juntos. Aquella de cuando le enseñaron a andar en bicicleta a su hijo; otra de su primer embarazo, el de aquel añorado bebé que nunca llegó a casa. Miraba con cariño una que otra de las caras jóvenes de ella y su marido, en el viejo papel blanco y negro. Sus amigas más cercanas; la familia que amó desde la cuna. Los lugares que visitaron juntos, las cosas que decoraban sus estantes; personas que ya no están para conversar o tomarse una copa.
El viejo álbum de fotos siempre estaba ahí, a la mano para ella; pensó, dejando el libro a un costado del sofá, en el amor que sentía al estar mirándolo en ese momento. Se preguntó por qué estaba rememorando todo aquello que jamás viviría otra vez. María Elena estaba enferma, sola, y no le quedaban muchos días de luz. Le quedaba menos de lo que ella misma se esperaba del tiempo, y tenía tantas cosas que quería hacer, tantas que pudo haberse tomado la molestia de realizar, tantas frases que decir, tantas escenas bellas imaginables y que no podría ver nunca. En cambio, estaba mirando las fotos. Esas fotos. Eran cosas, situaciones, que ya vivió, que sí pudo hacer, ¿por qué no estaba por allá, en la calle, o en un lugar especial, haciendo algo que nunca antes probó? ¿Por qué se sentó en el mismo sofá de ayer, de hace un año, a mirar escenas inmortalizadas? ¿Por qué no salió corriendo de allí, de su casa, o de la soledad? ¿Por qué no salió a buscar un sueño, o a dejarle buenas ideas al mundo?
Pudo haberse ido lejos, hacia algún rincón paradisíaco donde pasar sus últimos días. O también pudo haber salido a buscar un lugar que necesitara de ella. O ver por última vez algo nuevo, o haber conocido a alguien extraordinario. Podía bailar hasta que amaneciera, o dormir todo el día maldiciendo; ir corriendo a decir sus últimos deseos a sus allegados, o escribir un libro pequeño. Podría haber hecho tantas cosas diferentes, podría haber sido otra María Elena antes de fallecer.
Pero María Elena era la misma que antes de enterarse que pronto se moriría; era como si alguien saliera de un terrible diagnóstico médico y aún así se iría a tomar ese café en la merienda, que ya había planeado desde la mañana. Miraba esas fotos, algo en ellas le hacían sentir tantas de esas emociones que podría haberse quedado soñando, o bien, ido a buscarlas. Y se quedó allí sola; con su orgullo, con lo que ya había hecho.


Quizá solo se resignó a esperar la muerte porque estaba contenta con lo vivido, o porque se deprimió y quería recordar cada momento de su vida, darle un repaso; cosa que, según muestran las películas, sucede antes de morir.
De todas maneras fue valiente.

Me gustó tu relato. Saludo!
 
Quizá solo se resignó a esperar la muerte porque estaba contenta con lo vivido, o porque se deprimió y quería recordar cada momento de su vida, darle un repaso; cosa que, según muestran las películas, sucede antes de morir.
De todas maneras fue valiente.

Me gustó tu relato. Saludo!
Sí, quizá solo era eso.
Gracias por leer y me alegra que te gustara, un saludo!!
 
María Elena estaba mirando el viejo álbum de las fotos que tenían juntos. Aquella de cuando le enseñaron a andar en bicicleta a su hijo; otra de su primer embarazo, el de aquel añorado bebé que nunca llegó a casa. Miraba con cariño una que otra de las caras jóvenes de ella y su marido, en el viejo papel blanco y negro. Sus amigas más cercanas; la familia que amó desde la cuna. Los lugares que visitaron juntos, las cosas que decoraban sus estantes; personas que ya no están para conversar o tomarse una copa.
El viejo álbum de fotos siempre estaba ahí, a la mano para ella; pensó, dejando el libro a un costado del sofá, en el amor que sentía al estar mirándolo en ese momento. Se preguntó por qué estaba rememorando todo aquello que jamás viviría otra vez. María Elena estaba enferma, sola, y no le quedaban muchos días de luz. Le quedaba menos de lo que ella misma se esperaba del tiempo, y tenía tantas cosas que quería hacer, tantas que pudo haberse tomado la molestia de realizar, tantas frases que decir, tantas escenas bellas imaginables y que no podría ver nunca. En cambio, estaba mirando las fotos. Esas fotos. Eran cosas, situaciones, que ya vivió, que sí pudo hacer, ¿por qué no estaba por allá, en la calle, o en un lugar especial, haciendo algo que nunca antes probó? ¿Por qué se sentó en el mismo sofá de ayer, de hace un año, a mirar escenas inmortalizadas? ¿Por qué no salió corriendo de allí, de su casa, o de la soledad? ¿Por qué no salió a buscar un sueño, o a dejarle buenas ideas al mundo?
Pudo haberse ido lejos, hacia algún rincón paradisíaco donde pasar sus últimos días. O también pudo haber salido a buscar un lugar que necesitara de ella. O ver por última vez algo nuevo, o haber conocido a alguien extraordinario. Podía bailar hasta que amaneciera, o dormir todo el día maldiciendo; ir corriendo a decir sus últimos deseos a sus allegados, o escribir un libro pequeño. Podría haber hecho tantas cosas diferentes, podría haber sido otra María Elena antes de fallecer.
Pero María Elena era la misma que antes de enterarse que pronto se moriría; era como si alguien saliera de un terrible diagnóstico médico y aún así se iría a tomar ese café en la merienda, que ya había planeado desde la mañana. Miraba esas fotos, algo en ellas le hacían sentir tantas de esas emociones que podría haberse quedado soñando, o bien, ido a buscarlas. Y se quedó allí sola; con su orgullo, con lo que ya había hecho.
No se permitió un nuevo aire porque se quedó anclada en el que tuvo. Un saludo, Ellie.
 
María Elena estaba mirando el viejo álbum de las fotos que tenían juntos. Aquella de cuando le enseñaron a andar en bicicleta a su hijo; otra de su primer embarazo, el de aquel añorado bebé que nunca llegó a casa. Miraba con cariño una que otra de las caras jóvenes de ella y su marido, en el viejo papel blanco y negro. Sus amigas más cercanas; la familia que amó desde la cuna. Los lugares que visitaron juntos, las cosas que decoraban sus estantes; personas que ya no están para conversar o tomarse una copa.
El viejo álbum de fotos siempre estaba ahí, a la mano para ella; pensó, dejando el libro a un costado del sofá, en el amor que sentía al estar mirándolo en ese momento. Se preguntó por qué estaba rememorando todo aquello que jamás viviría otra vez. María Elena estaba enferma, sola, y no le quedaban muchos días de luz. Le quedaba menos de lo que ella misma se esperaba del tiempo, y tenía tantas cosas que quería hacer, tantas que pudo haberse tomado la molestia de realizar, tantas frases que decir, tantas escenas bellas imaginables y que no podría ver nunca. En cambio, estaba mirando las fotos. Esas fotos. Eran cosas, situaciones, que ya vivió, que sí pudo hacer, ¿por qué no estaba por allá, en la calle, o en un lugar especial, haciendo algo que nunca antes probó? ¿Por qué se sentó en el mismo sofá de ayer, de hace un año, a mirar escenas inmortalizadas? ¿Por qué no salió corriendo de allí, de su casa, o de la soledad? ¿Por qué no salió a buscar un sueño, o a dejarle buenas ideas al mundo?
Pudo haberse ido lejos, hacia algún rincón paradisíaco donde pasar sus últimos días. O también pudo haber salido a buscar un lugar que necesitara de ella. O ver por última vez algo nuevo, o haber conocido a alguien extraordinario. Podía bailar hasta que amaneciera, o dormir todo el día maldiciendo; ir corriendo a decir sus últimos deseos a sus allegados, o escribir un libro pequeño. Podría haber hecho tantas cosas diferentes, podría haber sido otra María Elena antes de fallecer.
Pero María Elena era la misma que antes de enterarse que pronto se moriría; era como si alguien saliera de un terrible diagnóstico médico y aún así se iría a tomar ese café en la merienda, que ya había planeado desde la mañana. Miraba esas fotos, algo en ellas le hacían sentir tantas de esas emociones que podría haberse quedado soñando, o bien, ido a buscarlas. Y se quedó allí sola; con su orgullo, con lo que ya había hecho.
¿Estaba satisfecha o insatisfecha?. A veces la vida es tan sencilla como departir un buen vino, al abrigo de un fuego. con un buen amigo/a. Un abrazo con la pluma del alma
 
María Elena estaba mirando el viejo álbum de las fotos que tenían juntos. Aquella de cuando le enseñaron a andar en bicicleta a su hijo; otra de su primer embarazo, el de aquel añorado bebé que nunca llegó a casa. Miraba con cariño una que otra de las caras jóvenes de ella y su marido, en el viejo papel blanco y negro. Sus amigas más cercanas; la familia que amó desde la cuna. Los lugares que visitaron juntos, las cosas que decoraban sus estantes; personas que ya no están para conversar o tomarse una copa.
El viejo álbum de fotos siempre estaba ahí, a la mano para ella; pensó, dejando el libro a un costado del sofá, en el amor que sentía al estar mirándolo en ese momento. Se preguntó por qué estaba rememorando todo aquello que jamás viviría otra vez. María Elena estaba enferma, sola, y no le quedaban muchos días de luz. Le quedaba menos de lo que ella misma se esperaba del tiempo, y tenía tantas cosas que quería hacer, tantas que pudo haberse tomado la molestia de realizar, tantas frases que decir, tantas escenas bellas imaginables y que no podría ver nunca. En cambio, estaba mirando las fotos. Esas fotos. Eran cosas, situaciones, que ya vivió, que sí pudo hacer, ¿por qué no estaba por allá, en la calle, o en un lugar especial, haciendo algo que nunca antes probó? ¿Por qué se sentó en el mismo sofá de ayer, de hace un año, a mirar escenas inmortalizadas? ¿Por qué no salió corriendo de allí, de su casa, o de la soledad? ¿Por qué no salió a buscar un sueño, o a dejarle buenas ideas al mundo?
Pudo haberse ido lejos, hacia algún rincón paradisíaco donde pasar sus últimos días. O también pudo haber salido a buscar un lugar que necesitara de ella. O ver por última vez algo nuevo, o haber conocido a alguien extraordinario. Podía bailar hasta que amaneciera, o dormir todo el día maldiciendo; ir corriendo a decir sus últimos deseos a sus allegados, o escribir un libro pequeño. Podría haber hecho tantas cosas diferentes, podría haber sido otra María Elena antes de fallecer.
Pero María Elena era la misma que antes de enterarse que pronto se moriría; era como si alguien saliera de un terrible diagnóstico médico y aún así se iría a tomar ese café en la merienda, que ya había planeado desde la mañana. Miraba esas fotos, algo en ellas le hacían sentir tantas de esas emociones que podría haberse quedado soñando, o bien, ido a buscarlas. Y se quedó allí sola; con su orgullo, con lo que ya había hecho.
Dulces son los recuerdos.

Saludos
 

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