Fuego

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
FUEGO

Está muy bien hablar de las llamaradas del joven inmortal.
De ese joven que baila con sus brazos en cruz
en torno a la hoguera del mundo
como si fuera una hoguera de San Juan.
Y que salta, una y otra vez, con la destreza de un loco,
sobre las llamas ancestrales que tratan de morder
sus talones de leche.
Está muy bien hablar de las cenizas
del viejo prematuro momificado en vida.
Me refiero a ese viejo en fase de cremación,
privilegiado morador del primer mundo,
muy proclive a la práctica del cuñadismo,
y que, con veinte, cuarenta, sesenta, ¡qué sé yo!,
ochenta o ciento veinte años
te suelta aquello de:
Yo ya he hecho en la vida
todo lo que tenía que hacer...

Y percibe el mundo como un bosque calcinado,
y su pecho seco arde por dentro más que las Tablas de Daimiel.

Sí, hablar de todo esto está muy bien..., pero
¿y qué es de mi fuego? Me cuesta mucho
hablar de mi propio fuego.

Solo sé que ardo por dentro y otras veces por fuera.
A veces, incluso, se incendia mi propia casa y también
la ciudad entera que tanto amo. A veces, la llamarada
es tan bestial que lo devasta absolutamente todo
y, en otras ocasiones, apenas es una débil lágrima azul
que tiembla en la caldera del tiempo.

Mi fuego…
Fuego son las llamas que lanzaban los faros de mi triciclo rojo.
Fuego es aquella mirada del corzo antes de ser atravesado por una bala.
Fuego son los copos de nieve hechizados por la trenza de la aurora
en un bosque inmenso con un claro que llevaba mi nombre.
Fuego es aquel paraguas abierto
apoyado sobre un charco de sangre en un portal de Andoáin,
y también el silencio del miedo en los bares del pueblo.
Fuego es sentir que el colegio se convierte en un campo de batalla.
Fuego es rozar los pechos de diamante de tu compañera de pupitre.
Fuego es dejar que tus yemas memoricen las texturas del sexo
y el placer de gustar y gustarte en aquellas noches sin fin
en las que nada importaba y todo giraba
como gira el helicoide del barbero.
Fuego es lo que yo sentí en mi pecho la tarde en que comprendí
que mi padre iba a morir.
Fuego es aceptar que el amor es eterno
y que el humano es mortal.
Fuego es la ternura al sostener en tu regazo
a un diminuto ser morado que te escruta con cara de pánico,
como si hubiera mordido, el muy cabrón, una rodaja de pomelo,
y que de pronto te sujeta el dedo meñique como viniendo a decir:
¡haga usted el favor de cuidarme hasta que venga mi madre!
Fuego es darte cuenta que tu vida es un relato que da para dos vinos,
y que el resto es paja que prende la pira de la tragedia.
Fuego es descubrir que el robot eres tú, y solo tú,
y no al que llevas media vida llamando robot.
Fuego es comprender la fuerza descomunal del amor
en el braille de las pestañas dormidas de tu compañera
cuando la noche se hace demasiada noche
para un alma pide amanecer.

Fuego es cruzar el umbral de una puerta llamada libertad
y encontrarte a todos tus náufragos
haciendo fuego de tu fuego.

Sí, definitivamente, este es mi fuego.
Este el fuego en el que yo quiero arder.
Este es el sitio de mi recreo.

Y en este infierno delicioso y terrible que es la vida
bailemos todos juntos, compañeros, hagámoslo
mientras se viene abajo nuestra catedral,
y que nuestro rescoldo deje un brillo en el cielo
que valga
verdaderamente

la pena.​

Kalkbadan
Madrid, 11 de diciembre de 2023

 
Última edición:
Brillante y muy bella reivindicación de conservar ese fuego con el que nacemos y que la vida (y a menudo nosotros mismos) se empeña (y nos empeñamos) en mojarlo constante e indiscriminadamente.
Es muy difícil y tiene mucho mérito mantener un equilibrio lírico-narrativo-ingenioso en este tipo de poemas largos y prosaicos, y en mi opinión tú lo has logrado de manera sobresaliente en esta obra. Me encanta la riqueza de contenido y de imágenes, y hay momentos que me parecen verdaderamente memorables, como por ejemplo:

"Fuego es aquella mirada del corzo antes de ser atravesado por una bala.
Fuego son los copos de nieve hechizados por la trenza de la aurora
en un bosque inmenso con un claro que llevaba mi nombre.
Fuego es aquel paraguas abierto
apoyado sobre un charco de sangre en un portal de Andoáin.
Y también el silencio del miedo en los bares del pueblo"

"Fuego es rozar los pechos de diamante de tu compañera de pupitre"

"... y que de pronto te sujeta el dedo meñique como viniendo a decir:
¡haga usted el favor de cuidarme hasta que venga mi madre!"

"Fuego es comprender la fuerza descomunal del amor
en el braille de las pestañas dormidas de tu compañera
cuando la noche se hace demasiada noche"

"Fuego es cruzar el umbral de una puerta llamada libertad
y encontrarte a todos tus náufragos
haciendo fuego de tu fuego"

"Y en este infierno delicioso y terrible que es la vida
bailemos todos juntos, compañeros, hagámoslo
mientras se viene abajo nuestra catedral,
y que nuestro rescoldo deje un brillo en el cielo
que valga
verdaderamente
la pena"


Magnífico poema, Andreas. Mis felicitaciones y un fuerte abrazo, querido amigo.
 
FUEGO

Me pongo a pensar en «fuego»
y me llega como un tiro la imagen del joven inmortal.
Ese joven que baila con sus brazos en cruz
en torno a la hoguera del mundo
como si fuera una hoguera de San Juan.
Salta con la destreza de un loco
por encima de los maderos de roble
que tratan de morder con sus llamas ancestrales
sus talones de leche.
Y el joven se descojona y se salva una y otra vez,
porque es inmortal
y lo sabe muy bien.

Básicamente no pensar pensando,
sabiendo sin saber, es lo que le lleva
a tomar una buena decisión.

A veces apura demasiado y, entonces, se lame la herida
con ese poder catártico de sentirse vivo.
Y lejos de refugiarse en el calor de mamá
practica funambulismo sobre el relente
de una oxidada barandilla de puerto
una madrugada de luna de llena. Y mientras el mundo
se consume por las llamas
él disfruta del espectáculo derramando
unas lágrimas que no piden permiso ni perdón.
El joven no está para nadie porque está para todos.
Comparte su amor. Desprecia el nepotismo. Es el mayor demócrata.
Eso lo sabe —sin saber— muy bien el joven.
El joven es un tragafuegos que se compadece de los padres
que le gritan que tenga cuidado con lo que hace,
y le repiten sin cesar que quien juega con fuego
se quema. Pero el joven vuelve a escupir puto fuego
por su boca de cielo
nutrido por la esencia de su alma inflamable.
El joven es inmortal
y eso lo sabe muy bien.

Pero quien necesita ayuda no es el joven
—que se basta a sí mismo—
sino el viejo prematuro. Uno decide ser viejo prematuro
cuando percibe el mundo como un bosque calcinado
y su pecho seco arde por dentro como las Tablas de Daimiel.
Es ese viejo en fase de cremación —y no el joven—
quien necesita con urgencia que le digan
lo que tiene que hacer. Hablo de ese señor,
con buen aspecto físico, refinado,
con tendencia al cuñadismo,
privilegiado morador del llamado primer mundo,
y que con treinta, cuarenta, cincuenta, ¡qué sé yo!,
ochenta o ciento veinte años dice aquello de (atención):

Yo ya he hecho en mi vida todo lo que tenía que hacer.
No necesito nada más. Ahora les toca a ellos…

—¿A quiénes? —A mis hijos —Ah...

De esos cadáveres hablo.

A veces me convierto en uno de ellos para más tarde revivir…
El problema es que cada vez que me muero
no sé si volveré a ver la luz…
No sé si volveré a la luz.
No sé si volveré.
No sé.
No…

No. llegado a este punto del poema me doy cuenta
de lo mucho que me cuesta hablar de mi propio fuego.
Está muy bien hablar de las llamaradas del joven inmortal
o de las cenizas del viejo prematuro momificado en vida.
Pero…, ¿y qué es de mi fuego?
Solo sé que ardo por dentro y otras veces por fuera.
A veces, incluso, se incendia mi propia casa y también
la ciudad entera que tanto amo. A veces, la llamarada
es tan bestial que lo devasta absolutamente todo
y, en otras ocasiones, apenas es una débil lágrima azul
que tiembla en la caldera del tiempo.

Mi fuego…
Fuego son las llamas que lanzaban los faros de mi triciclo rojo.
Fuego es aquella mirada del corzo antes de ser atravesado por una bala.
Fuego son los copos de nieve hechizados por la trenza de la aurora
en un bosque inmenso con un claro que llevaba mi nombre.
Fuego es aquel paraguas abierto
apoyado sobre un charco de sangre en un portal de Andoáin.
Y también el silencio del miedo en los bares del pueblo.
Nunca, nunca aprendimos del fuego en la mirada del judío
que arrastraba el cuerpo de un amigo hacia el crematorio de Treblinka,
mientras una señora de la aldea vecina, apostada en un balcón,
contemplaba, apretando sus labios de piedra, el humo abyecto del horror.
Fuego es sentir que el colegio se convierte en un campo de batalla.
Fuego es rozar los pechos de diamante de tu compañera de pupitre.
Fuego es dejar que tus yemas memoricen las texturas del sexo
y el placer de gustar y gustarte en aquellas noches sin fin
en las que nada importaba y todo giraba
como gira el helicoide del barbero.
Fuego es lo que yo sentí en mi pecho la tarde en que comprendí
que mi padre iba a morir.
Fuego es aceptar que el amor es eterno
y que el humano es mortal.
Fuego es la ternura al sostener en tu regazo
a un diminuto ser morado que te escruta con cara de pánico,
como si hubiera mordido, el muy cabrón, una rodaja de pomelo,
y que de pronto te sujeta el dedo meñique como viniendo a decir:
¡haga usted el favor de cuidarme hasta que venga mi madre!
Fuego es darte cuenta que tu vida es un relato que da para dos vinos,
y que el resto es paja que prende la pira de la tragedia.
Fuego es descubrir que el robot eres tú, y solo tú,
y no al que llevas media vida llamando robot.
Fuego es comprender la fuerza descomunal del amor
en el braille de las pestañas dormidas de tu compañera
cuando la noche se hace demasiada noche
para un alma pide amanecer.

Fuego es cruzar el umbral de una puerta llamada libertad
y encontrarte a todos tus náufragos
haciendo fuego de tu fuego.

Sí, definitivamente, este es mi fuego.
Este el fuego en el que yo quiero arder.

Y en este infierno delicioso y terrible que es la vida
bailemos todos juntos, compañeros, hagámoslo
mientras se viene abajo nuestra catedral,
y que nuestro rescoldo deje un brillo en el cielo
que valga
verdaderamente
la pena.


Kalkbadan
Madrid, 11 de diciembre de 2023
Una belleza de poema, amigo. Merece todos los premios. Un saludo cordial.
 
Brillante y muy bella reivindicación de conservar ese fuego con el que nacemos y que la vida (y a menudo nosotros mismos) se empeña (y nos empeñamos) en mojarlo constante e indiscriminadamente.
Es muy difícil y tiene mucho mérito mantener un equilibrio lírico-narrativo-ingenioso en este tipo de poemas largos y prosaicos, y en mi opinión tú lo has logrado de manera sobresaliente en esta obra. Me encanta la riqueza de contenido y de imágenes, y hay momentos que me parecen verdaderamente memorables, como por ejemplo:

"Fuego es aquella mirada del corzo antes de ser atravesado por una bala.
Fuego son los copos de nieve hechizados por la trenza de la aurora
en un bosque inmenso con un claro que llevaba mi nombre.
Fuego es aquel paraguas abierto
apoyado sobre un charco de sangre en un portal de Andoáin.
Y también el silencio del miedo en los bares del pueblo"

"Fuego es rozar los pechos de diamante de tu compañera de pupitre"

"... y que de pronto te sujeta el dedo meñique como viniendo a decir:
¡haga usted el favor de cuidarme hasta que venga mi madre!"

"Fuego es comprender la fuerza descomunal del amor
en el braille de las pestañas dormidas de tu compañera
cuando la noche se hace demasiada noche"

"Fuego es cruzar el umbral de una puerta llamada libertad
y encontrarte a todos tus náufragos
haciendo fuego de tu fuego"

"Y en este infierno delicioso y terrible que es la vida
bailemos todos juntos, compañeros, hagámoslo
mientras se viene abajo nuestra catedral,
y que nuestro rescoldo deje un brillo en el cielo
que valga
verdaderamente
la pena"


Magnífico poema, Andreas. Mis felicitaciones y un fuerte abrazo, querido amigo.

¡Mi querido Luis! Disculpa la tardanza en contestar a tu bello comentario. Gracias, por leer. ¡Gracias por tu generosidad, amigo!
Así es, compañero... Nos empeñamos en apagar el fuego con el agua de la rutina de quien se cree inmortal. Y así vamos apagando la llama que nos da la vida y nos consume al mismo tiempo. Y es una pena, porque la vida es un viaje sin escalas. Solo hay un andén al que bajar una vez la catedral ha sido reducida a cenizas. Démosle caña, Luis, sin ansia, con calma, pero con vida.
Un abrazo enorme. ¡Feliz año, compañero!
 
Una belleza de poema, amigo. Merece todos los premios. Un saludo cordial.
¡Kratos! Como agradecerte la lectura de textos tan largos como este. Básicamente los hago largos porque es la única forma de quedarme a gusto, jaja. De airear el humo de esa lumbre débil que no termina de prender. Un abrazo, amigo, y feliz año.
 
FUEGO

Me pongo a pensar en «fuego»
y me llega como un tiro la imagen del joven inmortal.
Ese joven que baila con sus brazos en cruz
en torno a la hoguera del mundo
como si fuera una hoguera de San Juan.
Salta con la destreza de un loco
por encima de los maderos de roble
que tratan de morder con sus llamas ancestrales
sus talones de leche.
Y el joven se descojona y se salva una y otra vez,
porque es inmortal
y lo sabe muy bien.

Básicamente no pensar pensando,
sabiendo sin saber, es lo que le lleva
a tomar una buena decisión.

A veces apura demasiado y, entonces, se lame la herida
con ese poder catártico de sentirse vivo.
Y lejos de refugiarse en el calor de mamá
practica funambulismo sobre el relente
de una oxidada barandilla de puerto
una madrugada de luna de llena. Y mientras el mundo
se consume por las llamas
él disfruta del espectáculo derramando
unas lágrimas que no piden permiso ni perdón.
El joven no está para nadie porque está para todos.
Comparte su amor. Desprecia el nepotismo. Es el mayor demócrata.
Eso lo sabe —sin saber— muy bien el joven.
El joven es un tragafuegos que se compadece de los padres
que le gritan que tenga cuidado con lo que hace,
y le repiten sin cesar que quien juega con fuego
se quema. Pero el joven vuelve a escupir puto fuego
por su boca de cielo
nutrido por la esencia de su alma inflamable.
El joven es inmortal
y eso lo sabe muy bien.

Pero quien necesita ayuda no es el joven
—que se basta a sí mismo—
sino el viejo prematuro. Uno decide ser viejo prematuro
cuando percibe el mundo como un bosque calcinado
y su pecho seco arde por dentro como las Tablas de Daimiel.
Es ese viejo en fase de cremación —y no el joven—
quien necesita con urgencia que le digan
lo que tiene que hacer. Hablo de ese señor,
con buen aspecto físico, refinado,
con tendencia al cuñadismo,
privilegiado morador del llamado primer mundo,
y que con treinta, cuarenta, cincuenta, ¡qué sé yo!,
ochenta o ciento veinte años dice aquello de (atención):

Yo ya he hecho en mi vida todo lo que tenía que hacer.
No necesito nada más. Ahora les toca a ellos…

—¿A quiénes? —A mis hijos —Ah...

De esos cadáveres hablo.

A veces me convierto en uno de ellos para más tarde revivir…
El problema es que cada vez que me muero
no sé si volveré a ver la luz…
No sé si volveré a la luz.
No sé si volveré.
No sé.
No…

No. llegado a este punto del poema me doy cuenta
de lo mucho que me cuesta hablar de mi propio fuego.
Está muy bien hablar de las llamaradas del joven inmortal
o de las cenizas del viejo prematuro momificado en vida.
Pero…, ¿y qué es de mi fuego?
Solo sé que ardo por dentro y otras veces por fuera.
A veces, incluso, se incendia mi propia casa y también
la ciudad entera que tanto amo. A veces, la llamarada
es tan bestial que lo devasta absolutamente todo
y, en otras ocasiones, apenas es una débil lágrima azul
que tiembla en la caldera del tiempo.

Mi fuego…
Fuego son las llamas que lanzaban los faros de mi triciclo rojo.
Fuego es aquella mirada del corzo antes de ser atravesado por una bala.
Fuego son los copos de nieve hechizados por la trenza de la aurora
en un bosque inmenso con un claro que llevaba mi nombre.
Fuego es aquel paraguas abierto
apoyado sobre un charco de sangre en un portal de Andoáin.
Y también el silencio del miedo en los bares del pueblo.
Nunca, nunca aprendimos del fuego en la mirada del judío
que arrastraba el cuerpo de un amigo hacia el crematorio de Treblinka,
mientras una señora de la aldea vecina, apostada en un balcón,
contemplaba, apretando sus labios de piedra, el humo abyecto del horror.
Fuego es sentir que el colegio se convierte en un campo de batalla.
Fuego es rozar los pechos de diamante de tu compañera de pupitre.
Fuego es dejar que tus yemas memoricen las texturas del sexo
y el placer de gustar y gustarte en aquellas noches sin fin
en las que nada importaba y todo giraba
como gira el helicoide del barbero.
Fuego es lo que yo sentí en mi pecho la tarde en que comprendí
que mi padre iba a morir.
Fuego es aceptar que el amor es eterno
y que el humano es mortal.
Fuego es la ternura al sostener en tu regazo
a un diminuto ser morado que te escruta con cara de pánico,
como si hubiera mordido, el muy cabrón, una rodaja de pomelo,
y que de pronto te sujeta el dedo meñique como viniendo a decir:
¡haga usted el favor de cuidarme hasta que venga mi madre!
Fuego es darte cuenta que tu vida es un relato que da para dos vinos,
y que el resto es paja que prende la pira de la tragedia.
Fuego es descubrir que el robot eres tú, y solo tú,
y no al que llevas media vida llamando robot.
Fuego es comprender la fuerza descomunal del amor
en el braille de las pestañas dormidas de tu compañera
cuando la noche se hace demasiada noche
para un alma pide amanecer.

Fuego es cruzar el umbral de una puerta llamada libertad
y encontrarte a todos tus náufragos
haciendo fuego de tu fuego.

Sí, definitivamente, este es mi fuego.
Este el fuego en el que yo quiero arder.

Y en este infierno delicioso y terrible que es la vida
bailemos todos juntos, compañeros, hagámoslo
mientras se viene abajo nuestra catedral,
y que nuestro rescoldo deje un brillo en el cielo
que valga
verdaderamente
la pena.


Kalkbadan
Madrid, 11 de diciembre de 2023
Tu combustión ha sido prolongada, detallada e intensa. Un abrazo, Kalkbadan.
Te deseo un buen año 2024. Sea lo que sea que ello signifique.
 
Tu combustión ha sido prolongada, detallada e intensa. Un abrazo, Kalkbadan.
Te deseo un buen año 2024. Sea lo que sea que ello signifique.

¡Sergio! Gracias por comentar este poema, compañero.
Lo presento ahora como una versión recortada, porque me daba la sensación de que el texto era una secuencia de varios poemas en uno. Un poco pesado.
¡Un abrazo, compañero!
 
FUEGO

Está muy bien hablar de las llamaradas del joven inmortal.
De ese joven que baila con sus brazos en cruz
en torno a la hoguera del mundo
como si fuera una hoguera de San Juan.
Y que salta, una y otra vez, con la destreza de un loco,
sobre las llamas ancestrales que tratan de morder
sus talones de leche.
Está muy bien hablar de las cenizas
del viejo prematuro momificado en vida.
Me refiero a ese viejo en fase de cremación,
privilegiado morador del primer mundo,
muy proclive a la práctica del cuñadismo,
y que, con veinte, cuarenta, sesenta, ¡qué sé yo!,
ochenta o ciento veinte años
te suelta aquello de:
Yo ya he hecho en la vida
todo lo que tenía que hacer...

Y percibe el mundo como un bosque calcinado,
y su pecho seco arde por dentro más que las Tablas de Daimiel.

Sí, hablar de todo esto está muy bien..., pero
¿y qué es de mi fuego? Me cuesta mucho
hablar de mi propio fuego.

Solo sé que ardo por dentro y otras veces por fuera.
A veces, incluso, se incendia mi propia casa y también
la ciudad entera que tanto amo. A veces, la llamarada
es tan bestial que lo devasta absolutamente todo
y, en otras ocasiones, apenas es una débil lágrima azul
que tiembla en la caldera del tiempo.

Mi fuego…
Fuego son las llamas que lanzaban los faros de mi triciclo rojo.
Fuego es aquella mirada del corzo antes de ser atravesado por una bala.
Fuego son los copos de nieve hechizados por la trenza de la aurora
en un bosque inmenso con un claro que llevaba mi nombre.
Fuego es aquel paraguas abierto
apoyado sobre un charco de sangre en un portal de Andoáin,
y también el silencio del miedo en los bares del pueblo.
Fuego es sentir que el colegio se convierte en un campo de batalla.
Fuego es rozar los pechos de diamante de tu compañera de pupitre.
Fuego es dejar que tus yemas memoricen las texturas del sexo
y el placer de gustar y gustarte en aquellas noches sin fin
en las que nada importaba y todo giraba
como gira el helicoide del barbero.
Fuego es lo que yo sentí en mi pecho la tarde en que comprendí
que mi padre iba a morir.
Fuego es aceptar que el amor es eterno
y que el humano es mortal.
Fuego es la ternura al sostener en tu regazo
a un diminuto ser morado que te escruta con cara de pánico,
como si hubiera mordido, el muy cabrón, una rodaja de pomelo,
y que de pronto te sujeta el dedo meñique como viniendo a decir:
¡haga usted el favor de cuidarme hasta que venga mi madre!
Fuego es darte cuenta que tu vida es un relato que da para dos vinos,
y que el resto es paja que prende la pira de la tragedia.
Fuego es descubrir que el robot eres tú, y solo tú,
y no al que llevas media vida llamando robot.
Fuego es comprender la fuerza descomunal del amor
en el braille de las pestañas dormidas de tu compañera
cuando la noche se hace demasiada noche
para un alma pide amanecer.


y encontrarte a todos tus náufragos
haciendo fuego de tu fuego.

Sí, definitivamente, este es mi fuego.
Este el fuego en el que yo quiero arder.
Este es el sitio de mi recreo.

Y en este infierno delicioso y terrible que es la vida
bailemos todos juntos, compañeros, hagámoslo
mientras se viene abajo nuestra catedral,
y que nuestro rescoldo deje un brillo en el cielo
que valga
verdaderamente

la pena.​

Kalkbadan
Madrid, 11 de diciembre de 2023
Fuego es cruzar el umbral de una puerta llamada libertad.....
Muy elocuente todo.

Saludos
 

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