Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
En esta estancia de aires antiguos y susurros de historias pasadas, cada mueble y cada cuadro parece contar un relato olvidado. Tu ausencia se hace palpable, como un vacío que resuena en cada rincón de la habitación.
Los libros que dejaste entreabiertos se convierten en testigos mudos de nuestra historia inconclusa. Cada página es una incógnita que busca respuestas, cada palabra es un eco de tu voz que aún resuena en mis oídos. Como si al girar la esquina de cada verso pudiera encontrarte, como si las letras fueran hilos que tejen el tapiz de tu presencia ausente.
La luz que se filtra por la ventana crea juegos de luces y sombras, como un ballet silente que interpreta el drama de tu partida. Los ángulos agudos de la luz delinean los espacios vacíos que antes llenabas con tu presencia vibrante. Cada movimiento de las sombras es un recordatorio de tus gestos, tus risas, tus silencios llenos de significado.
En este escenario estático, yo me convierto en un espectador atrapado en el tiempo. Incapaz de seguir el ritmo de esta melodía interrumpida, mis pasos se detienen en el umbral de la nostalgia. Cierro los ojos y puedo sentirte aquí, en esta habitación donde el pasado y el presente se entrelazan en un abrazo melancólico.
El reloj marca las horas con su tic-tac constante, pero el tiempo parece detenerse en este espacio donde tu recuerdo se agolpa como un torrente de emociones. En esta atmósfera cargada de significados, cada objeto se convierte en un símbolo de nuestra historia compartida, cada suspiro es un eco de los momentos que vivimos juntos.
Así, en esta habitación donde cada objeto es un capítulo de nuestro pasado común, tu ausencia se vuelve la melodía que suena en silencio, una canción que nunca llega a su desenlace, un enigma que aún intento descifrar.
Los libros que dejaste entreabiertos se convierten en testigos mudos de nuestra historia inconclusa. Cada página es una incógnita que busca respuestas, cada palabra es un eco de tu voz que aún resuena en mis oídos. Como si al girar la esquina de cada verso pudiera encontrarte, como si las letras fueran hilos que tejen el tapiz de tu presencia ausente.
La luz que se filtra por la ventana crea juegos de luces y sombras, como un ballet silente que interpreta el drama de tu partida. Los ángulos agudos de la luz delinean los espacios vacíos que antes llenabas con tu presencia vibrante. Cada movimiento de las sombras es un recordatorio de tus gestos, tus risas, tus silencios llenos de significado.
En este escenario estático, yo me convierto en un espectador atrapado en el tiempo. Incapaz de seguir el ritmo de esta melodía interrumpida, mis pasos se detienen en el umbral de la nostalgia. Cierro los ojos y puedo sentirte aquí, en esta habitación donde el pasado y el presente se entrelazan en un abrazo melancólico.
El reloj marca las horas con su tic-tac constante, pero el tiempo parece detenerse en este espacio donde tu recuerdo se agolpa como un torrente de emociones. En esta atmósfera cargada de significados, cada objeto se convierte en un símbolo de nuestra historia compartida, cada suspiro es un eco de los momentos que vivimos juntos.
Así, en esta habitación donde cada objeto es un capítulo de nuestro pasado común, tu ausencia se vuelve la melodía que suena en silencio, una canción que nunca llega a su desenlace, un enigma que aún intento descifrar.