Adicto al mar.

F. Marcos

F. Marcos
Despliego la blanca vela
y de formas mecánica
empuño el timón,
mano firme
de amigo y complice.

Miro al cielo
y grito al viento.
Con desesperación,
con rabia contenida.
Libero tensiones.

Vuela, espíritu de mi niñez
juegan con tus hermanas gaviotas,
que el mejor regalo
que te puedo hacer
es, dejarte la jaula abierta.

Juego a romper las olas
con la quilla de mi velero.

Polvo de agua salada
endulza mi boca.

Mi cara desarruga el ceño
esbozando una sonrisa,
que creí perdida.

Mis entornados ojos, brillan
en ese atardecer costero
en el que, poco a poco
es engullido el sol, por el mar
dejando una estela de espigas
sobre las dunas de sus aguas.

Pongo proa a esa línea
que define el horizonte
-que al ser marcada con tiza-
cuando crees llegar
no está.

Donde cuentan que...
rosas de agua dulce
crecen entre las algas,
como ofrenda a esas almas
que con celo guarda el mar.

Solo, desamparado
a meced del viento.

Con la muerte al acecho
se agudizan mis sentidos,
y me siento vivo
por un momento.

No hay sirenas que me canten
que quieran llevarme al fondo
es, el zumbido de aire
que al contacto con la vela,
me susurra cuentos viejos.
 
Despliego la blanca vela y de forma mecánica empuño el timón, como si el viento mismo me guiara hacia un destino incierto. La madera rugosa bajo mis dedos, el olor salado del mar impregnando mis sentidos. Mano firme de amigo y cómplice, compartiendo risas y secretos mientras las olas nos mecen en su abrazo. El sol se refleja en el agua, creando destellos dorados que bailan a nuestro alrededor. Somos marineros de sueños, navegando hacia horizontes desconocidos.

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Despliego la blanca vela
y de formas mecánica
empuño el timón,
mano firme
de amigo y complice.

Miro al cielo
y grito al viento.
Con desesperación,
con rabia contenida.
Libero tensiones.

Vuela, espíritu de mi niñez
juegan con tus hermanas gaviotas,
que el mejor regalo
que te puedo hacer
es, dejarte la jaula abierta.

Juego a romper las olas
con la quilla de mi velero.

Polvo de agua salada
endulza mi boca.

Mi cara desarruga el ceño
esbozando una sonrisa,
que creí perdida.

Mis entornados ojos, brillan
en ese atardecer costero
en el que, poco a poco
es engullido el sol, por el mar
dejando una estela de espigas
sobre las dunas de sus aguas.

Pongo proa a esa línea
que define el horizonte
-que al ser marcada con tiza-
cuando crees llegar
no está.

Donde cuentan que...
rosas de agua dulce
crecen entre las algas,
como ofrenda a esas almas
que con celo guarda el mar.

Solo, desamparado
a meced del viento.

Con la muerte al acecho
se agudizan mis sentidos,
y me siento vivo
por un momento.

No hay sirenas que me canten
que quieran llevarme al fondo
es, el zumbido de aire
que al contacto con la vela,
me susurra cuentos viejos.
Dulce versar.

Saludos
 

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