Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Hoy desperté con tu nombre en mis labios,
como una plegaria antigua, un lamento eterno,
y la cama vacía, fría, como el mármol de una tumba
donde yace el recuerdo de tus caricias.
El sol se cuela tímido por la ventana,
pero en mi corazón es invierno perpetuo,
las horas se arrastran, pesadas, inertes,
y en cada rincón de esta casa resuena tu ausencia.
Aún guardo tus cartas, esos pedazos de alma
donde derramabas sueños y esperanzas,
y las leo en silencio, como quien busca
en un mapa perdido el camino a casa.
Las calles se llenan de gente y risas,
pero en mi pecho hay un vacío insondable,
un hueco que no se llena con palabras ni abrazos,
un abismo de soledad que grita tu nombre.
Recuerdo nuestras noches bajo el cielo estrellado,
tus susurros al oído, tus manos en las mías,
y me pregunto, con el alma desgarrada,
si algún día volveré a sentir esa paz, esa dicha.
La vida sigue, dicen, y yo finjo entender,
pero cada día sin ti es una herida abierta,
una llaga que supura dolor y desconsuelo,
un recordatorio constante de lo que ya no tengo.
Tus fotos están esparcidas por la casa,
testigos mudos de un amor que fue y se fue,
y a veces las miro con ojos empañados,
esperando que tu sonrisa me devuelva la esperanza.
Pero no estás, y el eco de tu risa se apaga,
dejando solo el silencio, cruel y despiadado,
y me quedo aquí, en esta soledad infinita,
esperando un milagro, una señal, tu regreso.
Porque sin ti, la vida es un otoño perpetuo,
un desfile de días grises y noches eternas,
y mi corazón, roto y cansado, solo anhela
volver a sentir el calor de tu amor, tu presencia.
como una plegaria antigua, un lamento eterno,
y la cama vacía, fría, como el mármol de una tumba
donde yace el recuerdo de tus caricias.
El sol se cuela tímido por la ventana,
pero en mi corazón es invierno perpetuo,
las horas se arrastran, pesadas, inertes,
y en cada rincón de esta casa resuena tu ausencia.
Aún guardo tus cartas, esos pedazos de alma
donde derramabas sueños y esperanzas,
y las leo en silencio, como quien busca
en un mapa perdido el camino a casa.
Las calles se llenan de gente y risas,
pero en mi pecho hay un vacío insondable,
un hueco que no se llena con palabras ni abrazos,
un abismo de soledad que grita tu nombre.
Recuerdo nuestras noches bajo el cielo estrellado,
tus susurros al oído, tus manos en las mías,
y me pregunto, con el alma desgarrada,
si algún día volveré a sentir esa paz, esa dicha.
La vida sigue, dicen, y yo finjo entender,
pero cada día sin ti es una herida abierta,
una llaga que supura dolor y desconsuelo,
un recordatorio constante de lo que ya no tengo.
Tus fotos están esparcidas por la casa,
testigos mudos de un amor que fue y se fue,
y a veces las miro con ojos empañados,
esperando que tu sonrisa me devuelva la esperanza.
Pero no estás, y el eco de tu risa se apaga,
dejando solo el silencio, cruel y despiadado,
y me quedo aquí, en esta soledad infinita,
esperando un milagro, una señal, tu regreso.
Porque sin ti, la vida es un otoño perpetuo,
un desfile de días grises y noches eternas,
y mi corazón, roto y cansado, solo anhela
volver a sentir el calor de tu amor, tu presencia.