Camina ella, con el rumor de las olas en sus caderas,
un vaivén que no es solo caminar, es un arte.
Cada paso, una caricia al suelo que la espera,
un latido que insinúa, un susurro que parte.
Sensualidad tejida en el bamboleo lento,
como la brisa que juega entre las palmas,
caderas que dictan su propio sacramento,
conjurando deseos, vertiendo almas.
No camina, danza en un mundo que la mira,
sus caderas, un poema que Sabines no escribió,
pero hubiera guardado en su bolsillo, suspira,
una oda al movimiento que todo lo conquistó.
Seducción en cada curva, promesa en el balanceo,
la mujer, emblema de tierras ardientes y feraces,
lleva en su andar el misterio y el deseo,
de aquellos que la ven pasar, en sus pasos, enlaces.
Ella avanza, y el tiempo se detiene a contemplar,
cómo el contorno de su figura dibuja promesas,
de rituales antiguos que vuelven a respirar
en cada movimiento que las estrellas confiesan.
Es el vaivén de un poema que la piel recita,
en el susurro de las caderas, un canto de seda,
que envuelve la tarde y a la luna invita,
a ser testigo de cómo la pasión se queda.
Entre sombras y luces, su silueta se mece,
mientras las calles se pintan con el tono de su piel,
y en cada gesto que delicadamente ofrece,
se esconde un verso que en su andar se hace miel.
un vaivén que no es solo caminar, es un arte.
Cada paso, una caricia al suelo que la espera,
un latido que insinúa, un susurro que parte.
Sensualidad tejida en el bamboleo lento,
como la brisa que juega entre las palmas,
caderas que dictan su propio sacramento,
conjurando deseos, vertiendo almas.
No camina, danza en un mundo que la mira,
sus caderas, un poema que Sabines no escribió,
pero hubiera guardado en su bolsillo, suspira,
una oda al movimiento que todo lo conquistó.
Seducción en cada curva, promesa en el balanceo,
la mujer, emblema de tierras ardientes y feraces,
lleva en su andar el misterio y el deseo,
de aquellos que la ven pasar, en sus pasos, enlaces.
Ella avanza, y el tiempo se detiene a contemplar,
cómo el contorno de su figura dibuja promesas,
de rituales antiguos que vuelven a respirar
en cada movimiento que las estrellas confiesan.
Es el vaivén de un poema que la piel recita,
en el susurro de las caderas, un canto de seda,
que envuelve la tarde y a la luna invita,
a ser testigo de cómo la pasión se queda.
Entre sombras y luces, su silueta se mece,
mientras las calles se pintan con el tono de su piel,
y en cada gesto que delicadamente ofrece,
se esconde un verso que en su andar se hace miel.