CorvoAvalos
Poeta recién llegado
Viajaba ligero de mente y penas
solo portando su sonrisa y su voz,
y aunque nadie sabía de dónde venía ni qué buscaba,
todos disfrutaban de sus historias y canciones.
Pocos le preguntaron cuál era el fin de su viaje,
a lo que siempre respondía con una expresión extraña:
Busco a un padre y un hijo entre las buenas gentes de este mundo
para compartir un momento y una buena y larga historia.
Todos sonreían ante la misión revelada
y solo pocos veían los atisbos de tristeza en sus ojos,
que rápidamente eran ocultadas por su fiel fuego y las tonadas amicales.
A lo largo y ancho del mundo lo conocían,
por las historias y rumores que viajan más rápido
que el caballo y la máquina.
Y cuando lo veían, los reyes y emperadores y mendigos mandaban llamarlo,
y lo agasajaban con extraños y finos potajes,
y con sus miradas y oídos prestos y atentos.
Vaya que no decepcionaba, pues, desde los vastos y finos salones
hasta las praderas y montañas nocturnas,
no había alma, fuego o estrellas que no callasen y abriesen sus corazones
a las cuitas de personajes legendarios,
lamentos oníricos de enamorados y guerreros,
los suspiros de los últimos dioses
y el ritmo de corazones milenarios y latentes.
Pero un día, que dicen negro y cargado de malos augurios,
las historias sobre el buen viajero cambiaron de repente
y contaban del fin de su peregrinaje en tierras lejanas y antiguas,
y sobre la muerte de sus palabras,
del final de una búsqueda imposible,
lamento del tiempo y la memoria.
Y así pasaron los años,
hasta que el humano, voluble y sin memoria,
olvidó para siempre al buen viajero.
Y solo las páginas de libros raídos y viejos
cuentan ahora sus historias,
carentes del melodioso fuego y el crepitar de su voz,
otorgadas a estudiosos, poetas y vagabundos,
a la espera solo de la luz de los ojos,
de espíritus agonizantes y cantores,
de los que viajan con la mente y el alma,
y de los que buscan un padre y un hijo.
solo portando su sonrisa y su voz,
y aunque nadie sabía de dónde venía ni qué buscaba,
todos disfrutaban de sus historias y canciones.
Pocos le preguntaron cuál era el fin de su viaje,
a lo que siempre respondía con una expresión extraña:
Busco a un padre y un hijo entre las buenas gentes de este mundo
para compartir un momento y una buena y larga historia.
Todos sonreían ante la misión revelada
y solo pocos veían los atisbos de tristeza en sus ojos,
que rápidamente eran ocultadas por su fiel fuego y las tonadas amicales.
A lo largo y ancho del mundo lo conocían,
por las historias y rumores que viajan más rápido
que el caballo y la máquina.
Y cuando lo veían, los reyes y emperadores y mendigos mandaban llamarlo,
y lo agasajaban con extraños y finos potajes,
y con sus miradas y oídos prestos y atentos.
Vaya que no decepcionaba, pues, desde los vastos y finos salones
hasta las praderas y montañas nocturnas,
no había alma, fuego o estrellas que no callasen y abriesen sus corazones
a las cuitas de personajes legendarios,
lamentos oníricos de enamorados y guerreros,
los suspiros de los últimos dioses
y el ritmo de corazones milenarios y latentes.
Pero un día, que dicen negro y cargado de malos augurios,
las historias sobre el buen viajero cambiaron de repente
y contaban del fin de su peregrinaje en tierras lejanas y antiguas,
y sobre la muerte de sus palabras,
del final de una búsqueda imposible,
lamento del tiempo y la memoria.
Y así pasaron los años,
hasta que el humano, voluble y sin memoria,
olvidó para siempre al buen viajero.
Y solo las páginas de libros raídos y viejos
cuentan ahora sus historias,
carentes del melodioso fuego y el crepitar de su voz,
otorgadas a estudiosos, poetas y vagabundos,
a la espera solo de la luz de los ojos,
de espíritus agonizantes y cantores,
de los que viajan con la mente y el alma,
y de los que buscan un padre y un hijo.