José Valverde Yuste
Poeta que considera el portal su segunda casa
En un rincón apartado del mundo, donde el tiempo parecía detenerse, dos almas se encuentran unidas por un amor tan intenso que desafiaba toda lógica. Ella, envuelta en la fragilidad de su ser, dejó que sus miedos se disiparan al calor de sus brazos protectores. Él, con la fuerza de sus palabras y la suavidad de sus gestos, supo tocar las cuerdas más profundas de su corazón.
Los besos fluían como versos encantados, recorriendo cada centímetro de su piel con una pasión desbordante. Sus cuerpos se entrelazaron en una danza etérea, marcando territorios que solo ellos conocían. Cada susurro, cada gemido, era una melodía única que componían juntos, en perfecta armonía.
Pero el destino es caprichoso, y en medio de esa vorágine de emociones, un oscuro presagio se hizo presente. Las palabras se tornaron silenciosas, los latidos se volvieron murmullos y el amor que los consumía amenazaba con devorarlos por completo. Ella, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas, le suplicó en un susurro desgarrador: "No me dejes viva".
Él, con el alma estremecida por la intensidad de sus sentimientos, se enfrentó a la encrucijada de elegir entre el éxtasis del amor prohibido y la devastación de la renuncia. En un acto de valentía y desesperación, decidió sacrificar su propio corazón para salvarla de la oscuridad que los acechaba.
Así, en un giro trágico y sublime, ambos se sumergieron en un sueño eterno, donde su amor perdurará por toda la eternidad. Y al despertar, con el eco de un suspiro en el aire, él pronunció las palabras que sellaron su destino: "¡Oh Dios, cuánto te amo!"
Sus almas se fundieron en un abrazo eterno, trascendiendo los límites de la realidad y convirtiéndose en una leyenda de amor inmortal. Y en aquel rincón apartado del mundo, el susurro del viento llevaba consigo la melodía de dos corazones que laten al unísono, para siempre unidos en la eternidad.
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