Dónde el presente parece interminable

James Daniela

Poeta recién llegado
Era una tarde cálida. Los rayos del Sol acariciaban despacito el tejado, que por el paso de los años, su color rojo intenso se había tornado en sucio y desgastado. Pero era techo protector de un hogar lleno de vida.

El cielo había estado claro y despejado y una brisa casi perfecta daba movimiento a sus cabellos, los de ella, los de él.

Las hojas de los árboles se movían tan solo para dar oxígeno a un ambiente lleno de calma, y con ellos danzaban las flores qué perfumaban el pasto en un abrazo casi visible de la naturaleza.

La luz de ese atardecer naranja se reflejaba en sus pupilas mientras ellos se miraban. Un destello que parecía contener todo el brillo del mundo, suspendidos en un universo de su propia creación.

Él lo sabía y ella también, mientras caminaban descalzos sobre el pasto verde y sonreían contándose historias, sabían que eran felices y que estaban presentes.

Y la tarde seguía avanzando y el tiempo también, aunque en ellos la vida se contuvo de apurarse.

No había miedos en ese crepúsculo inminente. Todo estaba en su lugar, todo estaba en armonía, y en un sentido de pertenencia solo importaba esa paz.

Ella lo sabía y el también, mientras la noche fresca daba paso al sueño de los pájaros, sabían que eran refugio del brillo de esa tarde, dónde el presente parece interminable, testigos de su propio amor y de su propia calma, y de su propia historia.
 
Era una tarde cálida. Los rayos del Sol acariciaban despacito el tejado, que por el paso de los años, su color rojo intenso se había tornado en sucio y desgastado. Pero era techo protector de un hogar lleno de vida.

El cielo había estado claro y despejado y una brisa casi perfecta daba movimiento a sus cabellos, los de ella, los de él.

Las hojas de los árboles se movían tan solo para dar oxígeno a un ambiente lleno de calma, y con ellos danzaban las flores qué perfumaban el pasto en un abrazo casi visible de la naturaleza.

La luz de ese atardecer naranja se reflejaba en sus pupilas mientras ellos se miraban. Un destello que parecía contener todo el brillo del mundo, suspendidos en un universo de su propia creación.

Él lo sabía y ella también, mientras caminaban descalzos sobre el pasto verde y sonreían contándose historias, sabían que eran felices y que estaban presentes.

Y la tarde seguía avanzando y el tiempo también, aunque en ellos la vida se contuvo de apurarse.

No había miedos en ese crepúsculo inminente. Todo estaba en su lugar, todo estaba en armonía, y en un sentido de pertenencia solo importaba esa paz.

Ella lo sabía y el también, mientras la noche fresca daba paso al sueño de los pájaros, sabían que eran refugio del brillo de esa tarde, dónde el presente parece interminable, testigos de su propio amor y de su propia calma, y de su propia historia.
Una bonita historia de amor.

Saludos
 

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