JimmyShibaru
Poeta recién llegado
Veinticuatro de noviembre, mil novecientos cuarenta y siete. Un día común para el mundo, pero no para la humanidad. Ese día nació Ted, un niño que en apariencia era igual a los demás, pero cuya esencia ocultaba un monstruo que el tiempo apenas comenzaba a esculpir. Desde muy pequeño, Ted mostraba signos de algo extraño. Mientras otros niños jugaban inocentemente, él prefería los cuchillos, afilados como su creciente malicia. Creaba trampas para sus compañeros, pequeñas, ingeniosas, mortales. Algunos estuvieron cerca de no contarlo. En su soledad, quemaba insectos con el mechero, observando cómo se retorcían, cómo el fuego consumía la vida. El engaño también se cernía sobre su vida: su madre se hacía pasar por su hermana, y sus abuelos, por sus padres. Algo en su mundo estaba torcido, pero quizá esa era la chispa que encendió su mente retorcida, donde las fantasías violentas florecían en silencio.
Ted creció en una prisión invisible de timidez y ansiedad. En la escuela, apenas se relacionaba. Era el chico que prefería la compañía de sus trampas, que esperaba pacientemente a que alguien cayera en ellas. El patio del colegio, para los demás, era un lugar de juego; para Ted, un laboratorio de crueldad. Ya en la universidad, Ted encontró un refugio en los libros de psicología, destacando en sus estudios. Pero sus notas no eran el único disfraz que llevaba; poco a poco, comenzó a perfeccionar su máscara social. Aunque ya no era tan retraído, pocos lograban verlo como era realmente. Algunos incluso lo describían como carismático, una fachada tras la que se escondía el sadismo. Con cada interacción, la imagen de éxito que proyectaba se consolidaba.
Ted moldeaba las mentes de los demás a su antojo, disfrutando cada vez más de su capacidad para manipular. Y con ello, su ego crecía, se inflaba, alimentado por el placer de ser el centro de atención. Sin embargo, una chica de la universidad fue su primer obstáculo, alguien que no cayó en sus redes. El rechazo encendió en él una ira sorda, una frustración que pronto necesitaría canalizar. Fue entonces cuando empezaron los asesinatos. La violencia que llevaba años incubándose finalmente encontró su salida. Las víctimas caían, una tras otra, mientras la policía quedaba a oscuras, sin saber quién era el culpable. Ted se volvía más audaz, más calculador, como si estuviera jugando un macabro ajedrez en el que cada movimiento acercaba a la sociedad al borde del abismo. Pero, como todo depredador, Ted también tenía un final. Una noche, un control policial lo detuvo.
En su coche, escondidos bajo la oscuridad del maletero, encontraron las herramientas de sus asesinatos. Fue arrestado, pero no por mucho tiempo. Con una frialdad que parecía innata, escapó varias veces, burlando a las autoridades, solo para volver a matar, como si su sed de sangre nunca pudiera saciarse.
Finalmente, la ley lo atrapó por última vez. Los últimos años de su vida los pasó entre las rejas, esperando lo inevitable. La silla eléctrica fue su destino, la misma violencia que había desatado sobre otros volviéndose en su contra. Con su muerte, Seattle intentó olvidar, pero el amargo recuerdo de sus crímenes quedó grabado en la ciudad, como una cicatriz que jamás se desvanecería
Ted creció en una prisión invisible de timidez y ansiedad. En la escuela, apenas se relacionaba. Era el chico que prefería la compañía de sus trampas, que esperaba pacientemente a que alguien cayera en ellas. El patio del colegio, para los demás, era un lugar de juego; para Ted, un laboratorio de crueldad. Ya en la universidad, Ted encontró un refugio en los libros de psicología, destacando en sus estudios. Pero sus notas no eran el único disfraz que llevaba; poco a poco, comenzó a perfeccionar su máscara social. Aunque ya no era tan retraído, pocos lograban verlo como era realmente. Algunos incluso lo describían como carismático, una fachada tras la que se escondía el sadismo. Con cada interacción, la imagen de éxito que proyectaba se consolidaba.
Ted moldeaba las mentes de los demás a su antojo, disfrutando cada vez más de su capacidad para manipular. Y con ello, su ego crecía, se inflaba, alimentado por el placer de ser el centro de atención. Sin embargo, una chica de la universidad fue su primer obstáculo, alguien que no cayó en sus redes. El rechazo encendió en él una ira sorda, una frustración que pronto necesitaría canalizar. Fue entonces cuando empezaron los asesinatos. La violencia que llevaba años incubándose finalmente encontró su salida. Las víctimas caían, una tras otra, mientras la policía quedaba a oscuras, sin saber quién era el culpable. Ted se volvía más audaz, más calculador, como si estuviera jugando un macabro ajedrez en el que cada movimiento acercaba a la sociedad al borde del abismo. Pero, como todo depredador, Ted también tenía un final. Una noche, un control policial lo detuvo.
En su coche, escondidos bajo la oscuridad del maletero, encontraron las herramientas de sus asesinatos. Fue arrestado, pero no por mucho tiempo. Con una frialdad que parecía innata, escapó varias veces, burlando a las autoridades, solo para volver a matar, como si su sed de sangre nunca pudiera saciarse.
Finalmente, la ley lo atrapó por última vez. Los últimos años de su vida los pasó entre las rejas, esperando lo inevitable. La silla eléctrica fue su destino, la misma violencia que había desatado sobre otros volviéndose en su contra. Con su muerte, Seattle intentó olvidar, pero el amargo recuerdo de sus crímenes quedó grabado en la ciudad, como una cicatriz que jamás se desvanecería