kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
EL NARRADOR
Cuentan los físicos humanoides
que existen cien mil millones de galaxias en el cosmos,
tantas galaxias como humanos han existido
desde que el homo sapiens cogiera el gusto por los genocidios.
La explicación de esta bendita «casualidad»
(y en la que no cae el ser humano)
es que la tierra
es la única mota del universo
habitada por la vida.
Y nuestra galaxia —La Vía Láctea—
es una bellísima entelequia,
una metáfora dinámica y maternal,
protagonizada por todos los seres que habitan
nuestro pedrusco celeste.
De este modo, una vez se nace,
la metáfora láctica se pone en marcha
y conforme avanza la vida
avanza la secuencia del tropo cósmico.
Y cuando un ser cierra su párpado para siempre
el narrador galáctico
proyecta el relato de la vida que se fue
en forma de una de esas galaxias exteriores.
Las galaxias exteriores que nos rodean, compañeros,
no son ni más ni menos que la proyección póstuma
de una vida que fue mirada
por un camarógrafo consciente…
De manera que las golondrinas,
en el tapiz de su cielo,
tienen ante sí una colección
de planetas nido atemporales
unidos por líneas geodésicas de flujo magnético
que guían a cometas con forma de pluma
a cruzar con su alma de brisa
el océano cósmico.
La creación de los perros en la esfera astral
son planetas que radian y alimentan estrellas
en torno a las que orbita su matérica lealtad
con el amor de una geometría sin aristas.
Si hace falta sacrifican su mirada áulica
por mantener con vida la llama de su astro.
Y también existen asteroides esteparios
que se pierden en las inmensidades de la noche
y que llevan consigo el aullido
del inicio de los tiempos.
Y nuestro techo celeste, el los gatos…
—porque yo soy un gato—;
quiero decir que el autor de este poema es un gato,
otra cosa es que lo recite mi humano preferido.
Digo, que nuestro techo celeste está lleno
de asteroides de ratón y pompones,
y anhelados planetas con forma de «caja de Ikea»,
y cordones de zapato que vibran
al compás del maullido de las estrellas distantes.
Somos estrellas curiosas que no soportan
no saber qué demonios
se esconde tras las puertas de dios.
A veces proyectamos llamaradas solares con forma de garra
rascando el muro atmosférico de nuestras lamentaciones.
Nuestro espacio gravitatorio es una malla de bigotes,
y la radiación de fondo es un brrrrrrrru brrru,
emitido, al parecer, por el michi primordial,
y que tiene un significado físico claro:
«dame de comer, cabronazo».
Golondrinas, perros, caracoles,
cucarachas, bacterias, orquídeas,
cada uno con su propio tapiz,
y su mosaico bordado por la hilaza de sus vidas,
vidas que terminan en la espiral de una galaxia exterior.
Y todos puramente conscientes
de su acto creador. Todos... salvo uno:
el ser humano.
¿Y qué le pasa al ser humano?
Pues no sé muy bien qué deciros…
Asteroides bestiales que despedazan a planetas niño
quedando la matanza reducida
a las esquirlas de un rencor galáctico que no cesa.
Estrellas binarias que orbitan con la violencia de los celos
vampirizándose entre ellas en nombre —dicen— del amor,
consumiendo la escasa dignidad luminosa que les queda,
hasta estallar en la ira irreversible y brutal
de una estrella de neutrones.
Y cuando la vida pesa tanto,
la vida pierde todo su sentido de ser…
Demasiado corazón de hielo para tan poco sol.
Algunos pocos astros, pero muy poderosos,
y tremendamente hijos de puta,
depredan los pastos moleculares
acopiando todo el alimento celestial,
para así dejar moribundos al resto de los seres cósmicos,
expulsándolos para siempre jamás por grotescos retretes
—similares a las letrinas de tipo agujero—,
pero a ellos les da igual.
Hablan de «materia oscura»,
sin comprender que no es más
que la perturbadora gravedad del desasosiego
que sufren tantos y tantos planetas errantes
que perdieron a sus astros queridos
y que se han inclinado por hacerse desaparecer
en la oscuridad de estos tiempos,
para así poder contemplar las galaxias exteriores
sin la contaminación lumínica del odio.
Los planetas errantes, maldita sea, nunca tuvieron
la más mínima oportunidad.
Y hablan, también, de la «energía oscura»,
y de que nos estamos separando trágicamente
los unos de los otros, pero esto, al parecer,
no tiene nada que ver
con la plaga de planetas narcisos
que han crecido últimamente
en su jardín azul.
Y también hablan de que los átomos están vacíos.
¡Pues claro que están vacíos! ¡¡No me jodas!!
¿Qué esperas que contengan tus piezas, ser humano,
si solo miras hacia afuera
y te da espanto preguntarte
quién cojones eres tú?
Y hablan y hablan y hablan y hablan,
¡blablablabla! Solo les interesa tener
la órbita más grande del universo,
mientras presumen de sus barbilindos modelos físicos...
¡Pero si eres tú el guionista!,
¡si eres tú el asesino en serie!:
¿no te das cuenta de que eres
el puto director de esta grotesca
película de terror?
Pero nada de esto
parece ir con ellos…
Llegará la noche
en la que el último SOL se agote para siempre
como el grito luminoso de una bengala oceánica
que ya no tiene pupila
que la pueda salvar.
Es tan lúgubre, ser humano,
que pudiendo narrar tu propia historia
hayas decidido narrar
tu propia extinción.
Pero, al parecer, este relato tan triste
nunca nunca tuvo nada que ver
contigo.
¡Miau!
Kalkbadan
Madrid, 1 de octubre de 2024
Cuentan los físicos humanoides
que existen cien mil millones de galaxias en el cosmos,
tantas galaxias como humanos han existido
desde que el homo sapiens cogiera el gusto por los genocidios.
La explicación de esta bendita «casualidad»
(y en la que no cae el ser humano)
es que la tierra
es la única mota del universo
habitada por la vida.
Y nuestra galaxia —La Vía Láctea—
es una bellísima entelequia,
una metáfora dinámica y maternal,
protagonizada por todos los seres que habitan
nuestro pedrusco celeste.
De este modo, una vez se nace,
la metáfora láctica se pone en marcha
y conforme avanza la vida
avanza la secuencia del tropo cósmico.
Y cuando un ser cierra su párpado para siempre
el narrador galáctico
proyecta el relato de la vida que se fue
en forma de una de esas galaxias exteriores.
Las galaxias exteriores que nos rodean, compañeros,
no son ni más ni menos que la proyección póstuma
de una vida que fue mirada
por un camarógrafo consciente…
De manera que las golondrinas,
en el tapiz de su cielo,
tienen ante sí una colección
de planetas nido atemporales
unidos por líneas geodésicas de flujo magnético
que guían a cometas con forma de pluma
a cruzar con su alma de brisa
el océano cósmico.
La creación de los perros en la esfera astral
son planetas que radian y alimentan estrellas
en torno a las que orbita su matérica lealtad
con el amor de una geometría sin aristas.
Si hace falta sacrifican su mirada áulica
por mantener con vida la llama de su astro.
Y también existen asteroides esteparios
que se pierden en las inmensidades de la noche
y que llevan consigo el aullido
del inicio de los tiempos.
Y nuestro techo celeste, el los gatos…
—porque yo soy un gato—;
quiero decir que el autor de este poema es un gato,
otra cosa es que lo recite mi humano preferido.
Digo, que nuestro techo celeste está lleno
de asteroides de ratón y pompones,
y anhelados planetas con forma de «caja de Ikea»,
y cordones de zapato que vibran
al compás del maullido de las estrellas distantes.
Somos estrellas curiosas que no soportan
no saber qué demonios
se esconde tras las puertas de dios.
A veces proyectamos llamaradas solares con forma de garra
rascando el muro atmosférico de nuestras lamentaciones.
Nuestro espacio gravitatorio es una malla de bigotes,
y la radiación de fondo es un brrrrrrrru brrru,
emitido, al parecer, por el michi primordial,
y que tiene un significado físico claro:
«dame de comer, cabronazo».
Golondrinas, perros, caracoles,
cucarachas, bacterias, orquídeas,
cada uno con su propio tapiz,
y su mosaico bordado por la hilaza de sus vidas,
vidas que terminan en la espiral de una galaxia exterior.
Y todos puramente conscientes
de su acto creador. Todos... salvo uno:
el ser humano.
¿Y qué le pasa al ser humano?
Pues no sé muy bien qué deciros…
Asteroides bestiales que despedazan a planetas niño
quedando la matanza reducida
a las esquirlas de un rencor galáctico que no cesa.
Estrellas binarias que orbitan con la violencia de los celos
vampirizándose entre ellas en nombre —dicen— del amor,
consumiendo la escasa dignidad luminosa que les queda,
hasta estallar en la ira irreversible y brutal
de una estrella de neutrones.
Y cuando la vida pesa tanto,
la vida pierde todo su sentido de ser…
Demasiado corazón de hielo para tan poco sol.
Algunos pocos astros, pero muy poderosos,
y tremendamente hijos de puta,
depredan los pastos moleculares
acopiando todo el alimento celestial,
para así dejar moribundos al resto de los seres cósmicos,
expulsándolos para siempre jamás por grotescos retretes
—similares a las letrinas de tipo agujero—,
pero a ellos les da igual.
Hablan de «materia oscura»,
sin comprender que no es más
que la perturbadora gravedad del desasosiego
que sufren tantos y tantos planetas errantes
que perdieron a sus astros queridos
y que se han inclinado por hacerse desaparecer
en la oscuridad de estos tiempos,
para así poder contemplar las galaxias exteriores
sin la contaminación lumínica del odio.
Los planetas errantes, maldita sea, nunca tuvieron
la más mínima oportunidad.
Y hablan, también, de la «energía oscura»,
y de que nos estamos separando trágicamente
los unos de los otros, pero esto, al parecer,
no tiene nada que ver
con la plaga de planetas narcisos
que han crecido últimamente
en su jardín azul.
Y también hablan de que los átomos están vacíos.
¡Pues claro que están vacíos! ¡¡No me jodas!!
¿Qué esperas que contengan tus piezas, ser humano,
si solo miras hacia afuera
y te da espanto preguntarte
quién cojones eres tú?
Y hablan y hablan y hablan y hablan,
¡blablablabla! Solo les interesa tener
la órbita más grande del universo,
mientras presumen de sus barbilindos modelos físicos...
¡Pero si eres tú el guionista!,
¡si eres tú el asesino en serie!:
¿no te das cuenta de que eres
el puto director de esta grotesca
película de terror?
Pero nada de esto
parece ir con ellos…
Llegará la noche
en la que el último SOL se agote para siempre
como el grito luminoso de una bengala oceánica
que ya no tiene pupila
que la pueda salvar.
Es tan lúgubre, ser humano,
que pudiendo narrar tu propia historia
hayas decidido narrar
tu propia extinción.
Pero, al parecer, este relato tan triste
nunca nunca tuvo nada que ver
contigo.
¡Miau!
Kalkbadan
Madrid, 1 de octubre de 2024
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