La mesa camilla

AnonimamenteYo

Poeta adicto al portal
En el salón de nuestra casa
reposaba una mesa modesta,
en el mismo centro del salón,
custodiada por sillas de madera
en el frío comedor.
Nunca nos sentimos pobres,
hasta la presumida mesa
alardea, la muy coqueta,
de un vetusto y solitario jarrón.
Nunca le faltó halagos ni cariño,
colmado siempre con bellas flores,
depositadas con llana elegancia,
recogidas ese día del campo
y regadas con amor.
En las frías noches del invierno,
la cubrimos con el viejo faldón,
desenterramos del trastero
un ennegrecido brasero,
que avivamos con un puñado de picón.
Nuestros pies danzaban felices alrededor.
Cuando las ascuas menguaban,
anuncio de la hora de retirada,
y cada alma,
en silencio por su lado,
procesionan hacia su cama,
cobijándose bajo el abrazo
de una gruesa manta.
Nunca sentí frío,
ni en invierno, en aquella casa,
con nuestra madre,
custodiando desde el silencio.
Buenas noches y un beso en la frente
de esos besos como un milagro discreto,
que no exigen nada,
fueron suficientes,
para calentarnos hasta el alba.
 
En el salón de nuestra casa
reposaba una mesa modesta,
en el mismo centro del salón,
custodiada por sillas de madera
en el frío comedor.
Nunca nos sentimos pobres,
hasta la presumida mesa
alardea, la muy coqueta,
de un vetusto y solitario jarrón.
Nunca le faltó halagos ni cariño,
colmado siempre con bellas flores,
depositadas con llana elegancia,
recogidas ese día del campo
y regadas con amor.
En las frías noches del invierno,
la cubrimos con el viejo faldón,
desenterramos del trastero
un ennegrecido brasero,
que avivamos con un puñado de picón.
Nuestros pies danzaban felices alrededor.
Cuando las ascuas menguaban,
anuncio de la hora de retirada,
y cada alma,
en silencio por su lado,
procesionan hacia su cama,
cobijándose bajo el abrazo
de una gruesa manta.
Nunca sentí frío,
ni en invierno, en aquella casa,
con nuestra madre,
custodiando desde el silencio.
Buenas noches y un beso en la frente
de esos besos como un milagro discreto,
que no exigen nada,
fueron suficientes,
para calentarnos hasta el alba.
Una poesía intensa.
En la sala de la casa, a veces en la soledad, quedan nuestros mayores sueños.

Saludos
 

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