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Día bueno, Noche Buena

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Había un camino, y el camino era polvo y promesa. Todo empieza así, como un susurro que no sabe si quiere ser grito o silencio, y ahí están ellos, María y José, siguiendo una estrella que no es suya pero los llama, les susurra destinos que aún no comprenden. María lleva el peso del mundo en su vientre, y José, con manos torpes de carpintero, intenta sostener lo intangible: la fe, el miedo, el amor.

Las posadas son todas iguales, puertas cerradas, excusas con olor a pan recién horneado. No hay lugar. No hay lugar. El eco les persigue hasta que encuentran ese rincón, un establo que huele a estiércol y eternidad. José limpia como puede, y María, con una calma que no parece de este mundo, se prepara para lo inevitable, porque así son las cosas grandes: llegan, te arrollan, y solo después entiendes su magnitud.

Y entonces, la noche. No cualquier noche, La Noche. El cielo parece contener la respiración, como si supiera que lo que está por venir cambiará la lógica de las estrellas. María grita, porque el dolor es parte del milagro, y José tiembla, porque no hay clavo ni madera que pueda arreglar lo que no comprende.

El niño llega, y con él, el silencio más ensordecedor que el universo haya conocido. Lo envuelven en pañales que no son de seda, lo colocan en un pesebre que no es trono, y sin embargo, todo encaja. Todo tiene sentido.

Los pastores llegan, porque las cosas simples siempre reconocen la grandeza. Llegan con sus corderos y sus miradas llenas de asombro. Y los magos, esos viajeros de lejos, traen regalos que parecen absurdos para un recién nacido, pero que en este contexto tienen el peso de la profecía: oro, incienso, mirra.

La estrella sigue ahí, testigo muda del momento. Es una noche buena, pero también una noche extraña, donde lo divino y lo humano se miran de frente y se reconocen como partes de un mismo todo.

Y cuando todo termina, el niño duerme, y María lo contempla, sabiendo que ha dado a luz algo más grande que el amor. José, mientras tanto, acaricia la madera del pesebre, preguntándose si este será su mejor obra. Afuera, el mundo sigue girando, ajeno, inconsciente de que su historia acaba de cambiar para siempre.

Porque así es la magia de esa noche: un instante de luz en la oscuridad, un día bueno que empieza en una noche buena. Y el resto, como todo lo grande, es historia que sigue escribiéndose.
 
Había un camino, y el camino era polvo y promesa. Todo empieza así, como un susurro que no sabe si quiere ser grito o silencio, y ahí están ellos, María y José, siguiendo una estrella que no es suya pero los llama, les susurra destinos que aún no comprenden. María lleva el peso del mundo en su vientre, y José, con manos torpes de carpintero, intenta sostener lo intangible: la fe, el miedo, el amor.

Las posadas son todas iguales, puertas cerradas, excusas con olor a pan recién horneado. No hay lugar. No hay lugar. El eco les persigue hasta que encuentran ese rincón, un establo que huele a estiércol y eternidad. José limpia como puede, y María, con una calma que no parece de este mundo, se prepara para lo inevitable, porque así son las cosas grandes: llegan, te arrollan, y solo después entiendes su magnitud.

Y entonces, la noche. No cualquier noche, La Noche. El cielo parece contener la respiración, como si supiera que lo que está por venir cambiará la lógica de las estrellas. María grita, porque el dolor es parte del milagro, y José tiembla, porque no hay clavo ni madera que pueda arreglar lo que no comprende.

El niño llega, y con él, el silencio más ensordecedor que el universo haya conocido. Lo envuelven en pañales que no son de seda, lo colocan en un pesebre que no es trono, y sin embargo, todo encaja. Todo tiene sentido.

Los pastores llegan, porque las cosas simples siempre reconocen la grandeza. Llegan con sus corderos y sus miradas llenas de asombro. Y los magos, esos viajeros de lejos, traen regalos que parecen absurdos para un recién nacido, pero que en este contexto tienen el peso de la profecía: oro, incienso, mirra.

La estrella sigue ahí, testigo muda del momento. Es una noche buena, pero también una noche extraña, donde lo divino y lo humano se miran de frente y se reconocen como partes de un mismo todo.

Y cuando todo termina, el niño duerme, y María lo contempla, sabiendo que ha dado a luz algo más grande que el amor. José, mientras tanto, acaricia la madera del pesebre, preguntándose si este será su mejor obra. Afuera, el mundo sigue girando, ajeno, inconsciente de que su historia acaba de cambiar para siempre.

Porque así es la magia de esa noche: un instante de luz en la oscuridad, un día bueno que empieza en una noche buena. Y el resto, como todo lo grande, es historia que sigue escribiéndose.
Me gustó este relato por su originalidad y peso reflexivo.

Saludos
 

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