El amor de vacaciones, sin mi permiso

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
El amor decidió tomarse un descanso,
sin siquiera preguntar,
como quien deja la taza a medio beber
y la ventana abierta a un temporal inminente.
Se fue ligero, sin maletas ni promesas,
con la desfachatez de quien no tiene que rendir cuentas,
ni dar explicaciones sobre ausencias.

Yo me quedé sentado,
viendo la silla vacía,
preguntándome si lo había soñado todo,
si acaso el amor alguna vez estuvo allí
o si era solo un espejismo mal dibujado
por las manos torpes de mi memoria.

El amor no dejó rastro,
ni migajas,
ni una nota escrita en servilleta ajena.
Se evaporó como las palabras que se piensan
y nunca se pronuncian,
esas que mueren antes de ser voz.

Intenté llamarlo,
pero el eco de mi nostalgia era más fuerte
que cualquier número de teléfono inventado.
Le grité por los pasillos de mi mente,
esos donde aún su risa rebotaba
como una pelota que no sabe detenerse.

Y entonces lo entendí:
el amor estaba cansado de ser un huésped,
de vivir bajo mis reglas,
de sostenerse en horarios fijos y rutinas forzadas.
Se fue a buscar su propia libertad,
a inhalar otros aires
y ver si el mundo era más grande
que el pequeño universo que construimos juntos.

No sé si volverá,
y si lo hace,
quizás venga con un acento extraño,
con nuevos gestos y otros silencios.
Tal vez lo reciba como se recibe a un amigo viejo,
con la nostalgia en los ojos
y el perdón en las manos.

Mientras tanto,
dejo la ventana abierta,
porque el amor, aun sin permiso,
tiene la llave de esta casa
y siempre sabrá cómo entrar.
 
Estimado poeta, hay momentos que son para reflexionar, hay pausas necesarias, hay personas que vuelven a casa y otras que nunca regresarán. Debe ser recíproco, damos valor y nos dan valor. Saludo cordial.
 
El amor decidió tomarse un descanso,
sin siquiera preguntar,
como quien deja la taza a medio beber
y la ventana abierta a un temporal inminente.
Se fue ligero, sin maletas ni promesas,
con la desfachatez de quien no tiene que rendir cuentas,
ni dar explicaciones sobre ausencias.

Yo me quedé sentado,
viendo la silla vacía,
preguntándome si lo había soñado todo,
si acaso el amor alguna vez estuvo allí
o si era solo un espejismo mal dibujado
por las manos torpes de mi memoria.

El amor no dejó rastro,
ni migajas,
ni una nota escrita en servilleta ajena.
Se evaporó como las palabras que se piensan
y nunca se pronuncian,
esas que mueren antes de ser voz.

Intenté llamarlo,
pero el eco de mi nostalgia era más fuerte
que cualquier número de teléfono inventado.
Le grité por los pasillos de mi mente,
esos donde aún su risa rebotaba
como una pelota que no sabe detenerse.

Y entonces lo entendí:
el amor estaba cansado de ser un huésped,
de vivir bajo mis reglas,
de sostenerse en horarios fijos y rutinas forzadas.
Se fue a buscar su propia libertad,
a inhalar otros aires
y ver si el mundo era más grande
que el pequeño universo que construimos juntos.

No sé si volverá,
y si lo hace,
quizás venga con un acento extraño,
con nuevos gestos y otros silencios.
Tal vez lo reciba como se recibe a un amigo viejo,
con la nostalgia en los ojos
y el perdón en las manos.

Mientras tanto,
dejo la ventana abierta,
porque el amor, aun sin permiso,
tiene la llave de esta casa
y siempre sabrá cómo entrar.

Tras ese periodo, empecé a soltar más las situaciones y a no intentar controlarlo todo, porque en cuanto te aferras demasiado, se te escapa. A veces es mejor dar espacio, aunque tengas miedo de que no vuelva. En la vida hay muchos momentos así en los que crees que algo es para siempre y luego se disuelve. Como cuando encuentras por casualidad cosas o páginas como https://gamblizard.com/es/tiradas-gratis/100-giros-gratis-sin-deposito/ y te das cuenta de que antes parecían importantes y ahora solo son un episodio. En definitiva, un texto muy atmosférico, un poco triste pero vital.
Está bellamente escrito, se puede sentir esa emoción. También me gustó la idea de que el amor parece estar cansado de vivir según las reglas, porque a veces nosotros mismos las hacemos demasiado correctas.
 
Última edición:
El amor decidió tomarse un descanso,
sin siquiera preguntar,
como quien deja la taza a medio beber
y la ventana abierta a un temporal inminente.
Se fue ligero, sin maletas ni promesas,
con la desfachatez de quien no tiene que rendir cuentas,
ni dar explicaciones sobre ausencias.

Yo me quedé sentado,
viendo la silla vacía,
preguntándome si lo había soñado todo,
si acaso el amor alguna vez estuvo allí
o si era solo un espejismo mal dibujado
por las manos torpes de mi memoria.

El amor no dejó rastro,
ni migajas,
ni una nota escrita en servilleta ajena.
Se evaporó como las palabras que se piensan
y nunca se pronuncian,
esas que mueren antes de ser voz.

Intenté llamarlo,
pero el eco de mi nostalgia era más fuerte
que cualquier número de teléfono inventado.
Le grité por los pasillos de mi mente,
esos donde aún su risa rebotaba
como una pelota que no sabe detenerse.

Y entonces lo entendí:
el amor estaba cansado de ser un huésped,
de vivir bajo mis reglas,
de sostenerse en horarios fijos y rutinas forzadas.
Se fue a buscar su propia libertad,
a inhalar otros aires
y ver si el mundo era más grande
que el pequeño universo que construimos juntos.

No sé si volverá,
y si lo hace,
quizás venga con un acento extraño,
con nuevos gestos y otros silencios.
Tal vez lo reciba como se recibe a un amigo viejo,
con la nostalgia en los ojos
y el perdón en las manos.

Mientras tanto,
dejo la ventana abierta,
porque el amor, aun sin permiso,
tiene la llave de esta casa
y siempre sabrá cómo entrar.
Tal vez el amor solo está oculto queriéndose a sí mismo por un tiempo. Un gusto leerte.
 

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