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El sueño de noviembre

Gonvedo

Poeta asiduo al portal
Noviembre y su prolija biografía,
sus máscaras y vigilias donde convergen
lo invisible y el misterio, el murmullo
de las hojas que tiemblan como luciérnagas.
Noviembre y su crónica de aves, el humo
de las fraguas y un trago de aguardiente
que llegó con resplandores. Barcos
que aún navegan en esta bruma antigua.

Noviembre con su torre de vientos, y su paisaje
de noches estrelladas y bosques submarinos.
Retratos del pasado que vuelven una y otra vez
como un mar que era cristal. Y este cuerpo
mío que se disfraza con otros cuerpos para vivir
más tiempo. Al amanecer todo parece perfecto.
El sol tañe un ámbar blanco.

Noviembre y su osario de cometas. Ángeles de nieve
se dejan ver a la hora del crepúsculo. El ojo dorado
del quinqué sobre nosotros, testigo vespertino
de la calma sin acento. Cielos conjurados a su pálida
tristeza, que invoca una sólida tragedia. Cuerpos
que se otoñan en un viejo rincón escondido del frío,
donde la sangre es ceniza de un fuego que huye
del pecho, rosa de fiebre donde se acelera el pulso
que a otros ha dado vida.

Tu nombre era la palabra entre las voces
que aún recuerdan, la amnesia entre dos puentes
de memoria. Un cuerpo herido se duele de su anatomía
oscura. Qué extraña luz vibra en tu costado como una playa
a solas, sin cuerpo y sin edad. Sé que cada muerte necesita,
así como nosotros, su propio paisaje, nombre y apellidos.

Tu corazón late como un reloj afligido,
de tu vientre ha nacido la flor que no envejece.
Qué póstuma oración cae de las azoteas,
que desnudo corre el río que tiene a la ciudad en pie.
El arco iris terminará, como los árboles, dando fruto.
 
Noviembre y su prolija biografía,
sus máscaras y vigilias donde convergen
lo invisible y el misterio, el murmullo
de las hojas que tiemblan como luciérnagas.
Noviembre y su crónica de aves, el humo
de las fraguas y un trago de aguardiente
que llegó con resplandores. Barcos
que aún navegan en esta bruma antigua.

Noviembre con su torre de vientos, y su paisaje
de noches estrelladas y bosques submarinos.
Retratos del pasado que vuelven una y otra vez
como un mar que era cristal. Y este cuerpo
mío que se disfraza con otros cuerpos para vivir
más tiempo. Al amanecer todo parece perfecto.
El sol tañe un ámbar blanco.

Noviembre y su osario de cometas. Ángeles de nieve
se dejan ver a la hora del crepúsculo. El ojo dorado
del quinqué sobre nosotros, testigo vespertino
de la calma sin acento. Cielos conjurados a su pálida
tristeza, que invoca una sólida tragedia. Cuerpos
que se otoñan en un viejo rincón escondido del frío,
donde la sangre es ceniza de un fuego que huye
del pecho, rosa de fiebre donde se acelera el pulso
que a otros ha dado vida.

Tu nombre era la palabra entre las voces
que aún recuerdan, la amnesia entre dos puentes
de memoria. Un cuerpo herido se duele de su anatomía
oscura. Qué extraña luz vibra en tu costado como una playa
a solas, sin cuerpo y sin edad. Sé que cada muerte necesita,
así como nosotros, su propio paisaje, nombre y apellidos.

Tu corazón late como un reloj afligido,
de tu vientre ha nacido la flor que no envejece.
Qué póstuma oración cae de las azoteas,
que desnudo corre el río que tiene a la ciudad en pie.
El arco iris terminará, como los árboles, dando fruto.
Triste aflicción en unas sentidas líneas.

Saludos
 
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