Starsev Ionich
Poeta asiduo al portal
Consentimiento
Ella no estaba bien. Regresó del viaje con pequeños olvidos, como natas de leche sobre su hipocampo.
Recordaba que Ana y Julieta le siguieron por todo lado como perritos falderos durante la noche.
Tenía amigas muy sobreprotectoras, sobre todo cuando tenía unos tragos de más en su cabeza.
Sin embargo, las noches de desenfreno y lagunas habían pasado hacía más de diez años. Recordaba minuciosamente cada segundo de sus noches de locura, de cada decisión en la cama, fuera con un hombre o con una mujer. No necesitaba un par de monjas cuidándole las enaguas. Eso pensaba ayer.
Hoy, ahora, en esa mañana acompañada por un zumbido casi frenético, nublando su espacio, deseaba que sus amigas le hubiesen dicho que aquel taxi no era el suyo. Estaba segura de haber estado consciente durante el trayecto, de seguir el mapa en su aplicación de Uber, haber cancelado al conductor dubitativo, bajarse del carro y entrar a su casa.
Luego había un borron húmedo en su mente. Recordaba las luces y un zumbido como aquel que hacía su mañana tan diferente, como si no fuera su vida, tan gris y con esas ansias de contactarse con sus amigas.
Marco primero a Ana, pero al igual que con su amiga Julieta, el teléfono iba a parar al buzón de voz.
Se recostó y una pesadez le hizo entrar sigilosamente en el sueño que le haría recordar el momento de la inoculación. Pero a diferencia de lo que uno podría esperar, no era una pesadilla. Siempre había anhelado con ansias aquel momento. Se despertó sobresaltada y se dio cuenta del consentimiento informado firmado por ella misma, sobre la mesita de noche, como en el sueño.
El zumbido delirante del ambiente fue fundiéndose suavemente en el fondo de una canción infantil de lenguajes alienígenas. Daría a luz exactamente en 23 meses. Sus amigas no llevarían regalos para el baby shower, pero si serian parte de las primeras meriendas para la cosa verde que nacería de sus entrañas.
Su llanto haría acongojar a las madres primerizas.
Ella no estaba bien. Regresó del viaje con pequeños olvidos, como natas de leche sobre su hipocampo.
Recordaba que Ana y Julieta le siguieron por todo lado como perritos falderos durante la noche.
Tenía amigas muy sobreprotectoras, sobre todo cuando tenía unos tragos de más en su cabeza.
Sin embargo, las noches de desenfreno y lagunas habían pasado hacía más de diez años. Recordaba minuciosamente cada segundo de sus noches de locura, de cada decisión en la cama, fuera con un hombre o con una mujer. No necesitaba un par de monjas cuidándole las enaguas. Eso pensaba ayer.
Hoy, ahora, en esa mañana acompañada por un zumbido casi frenético, nublando su espacio, deseaba que sus amigas le hubiesen dicho que aquel taxi no era el suyo. Estaba segura de haber estado consciente durante el trayecto, de seguir el mapa en su aplicación de Uber, haber cancelado al conductor dubitativo, bajarse del carro y entrar a su casa.
Luego había un borron húmedo en su mente. Recordaba las luces y un zumbido como aquel que hacía su mañana tan diferente, como si no fuera su vida, tan gris y con esas ansias de contactarse con sus amigas.
Marco primero a Ana, pero al igual que con su amiga Julieta, el teléfono iba a parar al buzón de voz.
Se recostó y una pesadez le hizo entrar sigilosamente en el sueño que le haría recordar el momento de la inoculación. Pero a diferencia de lo que uno podría esperar, no era una pesadilla. Siempre había anhelado con ansias aquel momento. Se despertó sobresaltada y se dio cuenta del consentimiento informado firmado por ella misma, sobre la mesita de noche, como en el sueño.
El zumbido delirante del ambiente fue fundiéndose suavemente en el fondo de una canción infantil de lenguajes alienígenas. Daría a luz exactamente en 23 meses. Sus amigas no llevarían regalos para el baby shower, pero si serian parte de las primeras meriendas para la cosa verde que nacería de sus entrañas.
Su llanto haría acongojar a las madres primerizas.