Alfonso Sáenz
Poeta recién llegado
¡Oh, rocín escarlata de notable imponencia!
Dile al ser que se estriba en tu lomo
que apague el frenesí de su clara demencia;
todos aquí, víctimas de él somos.
¡Oh, portador del gutural clamor y lamento!
El conflicto individual se tornó
colectivo y expresó abundante sufrimiento;
ninguno aquí su acción arrepintió.
Tú que brindas sabor a gloria y dolor al hombre
en un mundo de palabras vanas,
dile a aquel que por bajos logros tiene renombre:
¿Cuándo, heridas, la humanidad sana?
No ocultes nuestros gritos bajo el relincho, astuto.
No tiñas con ceguera tu vista,
mejor tira al jinete que te vio por bruto
y verás crecer, de esa hazaña, vida.
Aquí te rogamos por ese bien llamado paz,
aquí no han prosperado los sueños
del que piensa sus deseos de forma sagaz
pues, de los vivos, se llora al muerto.
No estamos en contra del término de un latido,
pues al vivo demuestra la muerte
que, desde el cielo, hasta el siervo ha sido consentido
con el arrebol de amor y suerte.
Mas, ningún ser, debe finar por la ajena mano,
y mucho menos por una propia,
pues es de virtuosos ofrecer gracia al hermano
ignorando la tendencia impropia.
¡Oh, tirador de la fúnebre y roja carroza!
No hay pretensión de desechar tu guion
en la historia sobre la acumulada broza,
sino obligarte a dejar de ser peón.
Dile al ser que se estriba en tu lomo
que apague el frenesí de su clara demencia;
todos aquí, víctimas de él somos.
¡Oh, portador del gutural clamor y lamento!
El conflicto individual se tornó
colectivo y expresó abundante sufrimiento;
ninguno aquí su acción arrepintió.
Tú que brindas sabor a gloria y dolor al hombre
en un mundo de palabras vanas,
dile a aquel que por bajos logros tiene renombre:
¿Cuándo, heridas, la humanidad sana?
No ocultes nuestros gritos bajo el relincho, astuto.
No tiñas con ceguera tu vista,
mejor tira al jinete que te vio por bruto
y verás crecer, de esa hazaña, vida.
Aquí te rogamos por ese bien llamado paz,
aquí no han prosperado los sueños
del que piensa sus deseos de forma sagaz
pues, de los vivos, se llora al muerto.
No estamos en contra del término de un latido,
pues al vivo demuestra la muerte
que, desde el cielo, hasta el siervo ha sido consentido
con el arrebol de amor y suerte.
Mas, ningún ser, debe finar por la ajena mano,
y mucho menos por una propia,
pues es de virtuosos ofrecer gracia al hermano
ignorando la tendencia impropia.
¡Oh, tirador de la fúnebre y roja carroza!
No hay pretensión de desechar tu guion
en la historia sobre la acumulada broza,
sino obligarte a dejar de ser peón.