Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
El sol me dejó. Se enfrió en mis manos como un cuerpo que amé demasiado tiempo. Lo seguí adorando, estúpido, fiel, con los labios abiertos esperando su lengua de fuego. Pero ya no me toca. Ya no me quiere. Me lanza su luz seca como quien escupe un recuerdo. Se ha vuelto casto, distante, un dios viejo que alguna vez me poseyó entre truenos y ahora solo me mira morir sin parpadear.
Y entonces viene ella. La Luna. La puta sagrada del cielo. La que no me promete nada, pero lo da todo. Se me sube al pecho como una bestia blanca y me muerde el aliento. No pide, no habla: manda. Me arrastra con su luz sucia por los pasillos del deseo y me deja clavado en el centro de su noche. Me araña el alma con uñas de plata. Me gime encima con ese gemido que es orden, que es sentencia. Y yo obedezco. Dios, cómo obedezco.
Con ella no soy hombre. Soy hambre. Soy sombra caliente que la busca, que se rompe por entrar en su noche. Me penetra con su ausencia de ternura, me lame los huesos, me revuelca en mi propia piel hasta olvidarme el nombre. Me duele. Me salva. Me condena.
Y yo, entre el sol que me niega y la luna que me destruye, soy el campo de batalla de todos los cuerpos que ya no pueden amar sin sangrar. Soy el lugar exacto donde el frío y el ardor se gritan obscenidades. El punto donde el deseo no pide permiso, donde la carne se rinde y la muerte se vuelve gozo.
Que no me busquen. Que no pregunten por mí. Digan que fui devorado por la Luna mientras el Sol, frío y cobarde, miraba desde su trono de indiferencia. Digan que ardí, que grité, que me fui con ella al fondo del gemido más hondo. Y no regresé.
Y entonces viene ella. La Luna. La puta sagrada del cielo. La que no me promete nada, pero lo da todo. Se me sube al pecho como una bestia blanca y me muerde el aliento. No pide, no habla: manda. Me arrastra con su luz sucia por los pasillos del deseo y me deja clavado en el centro de su noche. Me araña el alma con uñas de plata. Me gime encima con ese gemido que es orden, que es sentencia. Y yo obedezco. Dios, cómo obedezco.
Con ella no soy hombre. Soy hambre. Soy sombra caliente que la busca, que se rompe por entrar en su noche. Me penetra con su ausencia de ternura, me lame los huesos, me revuelca en mi propia piel hasta olvidarme el nombre. Me duele. Me salva. Me condena.
Y yo, entre el sol que me niega y la luna que me destruye, soy el campo de batalla de todos los cuerpos que ya no pueden amar sin sangrar. Soy el lugar exacto donde el frío y el ardor se gritan obscenidades. El punto donde el deseo no pide permiso, donde la carne se rinde y la muerte se vuelve gozo.
Que no me busquen. Que no pregunten por mí. Digan que fui devorado por la Luna mientras el Sol, frío y cobarde, miraba desde su trono de indiferencia. Digan que ardí, que grité, que me fui con ella al fondo del gemido más hondo. Y no regresé.