La boda de ella (prosa lírica)

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
La vi vestida de domingo, pero era jueves.
El mundo se deshizo en un parpadeo de pétalos ajenos.
Ella, que una vez fue la pausa en mis frases largas,
el paréntesis donde cabían mis desvelos,
caminaba hacia otro verbo, uno que no me contenía.

No hubo gritos.
El amor no se va con estruendo: se escurre,
como tinta en el agua, como promesa vencida.
Y sin embargo, dolía como si todo el idioma se hubiese callado de golpe.

Ella llevaba un vestido blanco,
yo una camisa que todavía olía a sus ausencias.
Aplaudí con manos de piedra,
como quien celebra el incendio de su casa desde la acera.

Recuerdo que el cura decía “hasta que la muerte los separe”
y yo pensé:
¿no es el olvido una forma más cruel de morir?

Las flores no sabían nada.
El arroz volaba como una lluvia estéril,
como si lanzar arroz pudiera hacer germinar lo que nunca sembramos.

Me fui sin mirar atrás,
porque los espejos del pasado no perdonan la nostalgia.
Y mientras el sol se escondía —cómplice de su promesa—
pensé que tal vez el amor
es solo ese error maravilloso que nos hace temblar antes de rendirnos.

Hoy, ella es la esposa de otro,
yo, apenas una metáfora mal ubicada.
Y sin embargo, la escribo
para no olvidarla,
para volver a amarla en la exactitud inútil de una frase que no la alcance.

Porque hay bodas que sellan el amor,
y hay bodas que lo entierran.
La suya fue ambas cosas.
 
La vi vestida de domingo, pero era jueves.
El mundo se deshizo en un parpadeo de pétalos ajenos.
Ella, que una vez fue la pausa en mis frases largas,
el paréntesis donde cabían mis desvelos,
caminaba hacia otro verbo, uno que no me contenía.

No hubo gritos.
El amor no se va con estruendo: se escurre,
como tinta en el agua, como promesa vencida.
Y sin embargo, dolía como si todo el idioma se hubiese callado de golpe.

Ella llevaba un vestido blanco,
yo una camisa que todavía olía a sus ausencias.
Aplaudí con manos de piedra,
como quien celebra el incendio de su casa desde la acera.

Recuerdo que el cura decía “hasta que la muerte los separe”
y yo pensé:
¿no es el olvido una forma más cruel de morir?

Las flores no sabían nada.
El arroz volaba como una lluvia estéril,
como si lanzar arroz pudiera hacer germinar lo que nunca sembramos.

Me fui sin mirar atrás,
porque los espejos del pasado no perdonan la nostalgia.
Y mientras el sol se escondía —cómplice de su promesa—
pensé que tal vez el amor
es solo ese error maravilloso que nos hace temblar antes de rendirnos.

Hoy, ella es la esposa de otro,
yo, apenas una metáfora mal ubicada.
Y sin embargo, la escribo
para no olvidarla,
para volver a amarla en la exactitud inútil de una frase que no la alcance.

Porque hay bodas que sellan el amor,
y hay bodas que lo entierran.
La suya fue ambas cosas.
Una separación dolorosa.
Se ve que esa persona fue muy importante en su vida.
El olvido es cruel, el cual deseamos que nunca pase.

Saludos hasta PR
 

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