Todas las acciones de las que tenemos alguna idea, son de dos clases: pensamiento y movimiento; y en la medida que un hombre tenga la capacidad de pensar o de no pensar, de moverse o de no moverse, según las preferencias o directrices de su propia mente, será un hombre libre.
De manera que, la idea de libertad consiste en la idea de la capacidad que tiene cualquier agente para hacer o dejar de hacer una acción particular, según la determinación o pensamiento de su mente que elige lo uno a lo otro; pero si no está dentro de la capacidad del agente el actuar eligiendo una de estas cosas, no existe libertad, y ese agente está bajo una necesidad. De manera que la libertad no puede existir si no existe pensamiento, ni voluntad; pero puede existir pensamiento, voluntad, sin que exista libertad.
De la misma manera que ocurre con los movimientos del cuerpo, acontece con los pensamientos de nuestras mentes: cuando cualquier pensamiento es de tal clase que tenemos la capacidad de conservarlo o desecharlo, según lo que la mente elija, existe libertad.
Una pequeña consideración sobre uno o dos ejemplos nos pueden aclarar bastante esto.
Un hombre despierto, que se encuentra en la necesidad de tener algunas ideas constantemente en su mente, no se halla en la libertad de pensar o de no pensar más de lo que lo está de impedir que su cuerpo toque o deje de tocar a otro cuerpo; pero el que cambie su contemplación de una idea a otra es algo que muchas veces depende de su elección, y entonces, en ese sentido, tendrá la misma libertad de que dispone sobre otros cuerpos en los que descansa, en los que puede transportarse de uno a otro, a su gusto.
Un hombre no está en la libertad de desechar la idea del dolor ni de divertirse con otras contemplaciones. Y algunas veces una pasión vehemente ocupa nuestros pensamientos, como un huracán impulsa nuestros cuerpos, sin dejarnos en libertad de pensar en otras cosas, que quizá nos gustarían más.
Pero desde el momento en que la mente tiene el poder de parar o continuar, de comenzar o impedir cualquiera de estos movimientos externos del cuerpo, o de los pensamientos internos, según crea que prefiere lo uno a lo otro, nos encontramos de nuevo ante la consideración de que el hombre es un agente libre.
La necesidad de obtener la verdadera felicidad es el fundamento de la libertad
Así pues, como la más alta perfección de una naturaleza intelectual consiste en una búsqueda cuidadosa y constante de la verdad y de la felicidad estable, de la misma manera, el cuidado que debemos tener de no confundir la felicidad imaginaria con la verdadera, es el fundamento necesario de nuestra libertad.
Mientras más ligados estemos por el empeño de obtener la felicidad en general, que es nuestro bien más grande, y, por tanto, aquello hacia lo que nuestros deseos se encaminan con más firmeza, más libres estaremos respecto a cualquier determinación voluntaria de nuestra voluntad hacia una acción determinada.
JL
De manera que, la idea de libertad consiste en la idea de la capacidad que tiene cualquier agente para hacer o dejar de hacer una acción particular, según la determinación o pensamiento de su mente que elige lo uno a lo otro; pero si no está dentro de la capacidad del agente el actuar eligiendo una de estas cosas, no existe libertad, y ese agente está bajo una necesidad. De manera que la libertad no puede existir si no existe pensamiento, ni voluntad; pero puede existir pensamiento, voluntad, sin que exista libertad.
De la misma manera que ocurre con los movimientos del cuerpo, acontece con los pensamientos de nuestras mentes: cuando cualquier pensamiento es de tal clase que tenemos la capacidad de conservarlo o desecharlo, según lo que la mente elija, existe libertad.
Una pequeña consideración sobre uno o dos ejemplos nos pueden aclarar bastante esto.
Un hombre despierto, que se encuentra en la necesidad de tener algunas ideas constantemente en su mente, no se halla en la libertad de pensar o de no pensar más de lo que lo está de impedir que su cuerpo toque o deje de tocar a otro cuerpo; pero el que cambie su contemplación de una idea a otra es algo que muchas veces depende de su elección, y entonces, en ese sentido, tendrá la misma libertad de que dispone sobre otros cuerpos en los que descansa, en los que puede transportarse de uno a otro, a su gusto.
Un hombre no está en la libertad de desechar la idea del dolor ni de divertirse con otras contemplaciones. Y algunas veces una pasión vehemente ocupa nuestros pensamientos, como un huracán impulsa nuestros cuerpos, sin dejarnos en libertad de pensar en otras cosas, que quizá nos gustarían más.
Pero desde el momento en que la mente tiene el poder de parar o continuar, de comenzar o impedir cualquiera de estos movimientos externos del cuerpo, o de los pensamientos internos, según crea que prefiere lo uno a lo otro, nos encontramos de nuevo ante la consideración de que el hombre es un agente libre.
La necesidad de obtener la verdadera felicidad es el fundamento de la libertad
Así pues, como la más alta perfección de una naturaleza intelectual consiste en una búsqueda cuidadosa y constante de la verdad y de la felicidad estable, de la misma manera, el cuidado que debemos tener de no confundir la felicidad imaginaria con la verdadera, es el fundamento necesario de nuestra libertad.
Mientras más ligados estemos por el empeño de obtener la felicidad en general, que es nuestro bien más grande, y, por tanto, aquello hacia lo que nuestros deseos se encaminan con más firmeza, más libres estaremos respecto a cualquier determinación voluntaria de nuestra voluntad hacia una acción determinada.
JL