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Rosas y Espina

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Hay rutas que no se trazan con mapas, sino con latidos. Caminos donde las señales son besos que aún arden y espinas que no se resignan al olvido. Vos y yo, por ejemplo, fuimos una vereda torcida en medio del vértigo, un atajo hacia lo incierto que tomamos sin preguntar si habría regreso.

Te juro que al principio eran sólo rosas. Perfumes que se pegaban a la piel, palabras que caían como lluvia tibia en la ventana de mi pecho. Jugábamos a construir castillos con gestos, a decirnos “para siempre” en el idioma secreto de los cuerpos enredados. Éramos una ruta sin semáforos, sin destino, pero con todos los paisajes que uno sueña antes de cerrar los ojos.

Pero después... después vinieron las espinas. No de golpe, no como tragedia griega, sino como esas grietas que uno no ve hasta que el techo se parte en dos. Una palabra dicha con filo, una ausencia que se sienta a cenar con nosotros, el silencio. Sobre todo, el maldito silencio. Ese que grita lo que ya no decimos. Ese que es más cruel que cualquier adiós.

Y aún así, seguimos andando. Porque el amor no siempre se rinde cuando sangra. A veces se arrastra, se disfraza de costumbre o de nostalgia, se recuesta en el hombro de la esperanza como un gato cansado. Yo, por ejemplo, te seguí amando desde la esquina de tus sombras. Vos, quizás, desde alguna promesa que se te quedó pegada al alma.

Hoy, miro atrás y no sé si fuimos un error con flores o una verdad con espinas. Pero sé que te amé. Como se aman las rutas sin nombre: con el riesgo de perderse y la certeza de que, por un momento, el mundo tenía sentido.

Y aunque duela, aunque pinche, aunque arda… volvería. Porque hay rosas que valen todas las espinas.
 
Hay rutas que no se trazan con mapas, sino con latidos. Caminos donde las señales son besos que aún arden y espinas que no se resignan al olvido. Vos y yo, por ejemplo, fuimos una vereda torcida en medio del vértigo, un atajo hacia lo incierto que tomamos sin preguntar si habría regreso.

Te juro que al principio eran sólo rosas. Perfumes que se pegaban a la piel, palabras que caían como lluvia tibia en la ventana de mi pecho. Jugábamos a construir castillos con gestos, a decirnos “para siempre” en el idioma secreto de los cuerpos enredados. Éramos una ruta sin semáforos, sin destino, pero con todos los paisajes que uno sueña antes de cerrar los ojos.

Pero después... después vinieron las espinas. No de golpe, no como tragedia griega, sino como esas grietas que uno no ve hasta que el techo se parte en dos. Una palabra dicha con filo, una ausencia que se sienta a cenar con nosotros, el silencio. Sobre todo, el maldito silencio. Ese que grita lo que ya no decimos. Ese que es más cruel que cualquier adiós.

Y aún así, seguimos andando. Porque el amor no siempre se rinde cuando sangra. A veces se arrastra, se disfraza de costumbre o de nostalgia, se recuesta en el hombro de la esperanza como un gato cansado. Yo, por ejemplo, te seguí amando desde la esquina de tus sombras. Vos, quizás, desde alguna promesa que se te quedó pegada al alma.

Hoy, miro atrás y no sé si fuimos un error con flores o una verdad con espinas. Pero sé que te amé. Como se aman las rutas sin nombre: con el riesgo de perderse y la certeza de que, por un momento, el mundo tenía sentido.

Y aunque duela, aunque pinche, aunque arda… volvería. Porque hay rosas que valen todas las espinas.
Es cierto que a pesar del dolor, hay amores que justifican cualquier sufrimiento.
Hace días no lo veía por acá.

Un abrazo hasta PR
 

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