Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
La felicidad no grita, ni corre, ni se alza,
es un pez dorado que nada en aguas quietas,
un faro encendido en la costa del alma
que no guía barcos, sino sueños en fiesta.
No es risa de feria, ni aplauso de espuma,
sino pan caliente al volver de la lluvia,
una silla vieja bajo el árbol del tiempo,
donde el silencio canta su canción más profunda.
Tiene alas de viento, pero anida en el pecho,
como un pájaro sabio que ha elegido quedarse.
No se compra en vitrinas ni se hereda en el testamento,
se cultiva en la tierra que aprendimos a amarse.
Es un niño que duerme sin temer a la noche,
una lámpara encendida donde no hay testigos,
el arte de ver luz donde otros ven escombros,
la paz de saber que no todo está perdido.
No siempre sonríe, a veces también llora,
pues la dicha más honda conoce el quebranto.
Pero florece igual, como brote en la roca,
y hace del corazón su eterno camposanto.
La felicidad no llega como un trueno al oído,
se cuela como brisa por rendijas de vida.
No es meta, ni premio, ni joya escondida,
es saber que el camino es ya la bienvenida.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
es un pez dorado que nada en aguas quietas,
un faro encendido en la costa del alma
que no guía barcos, sino sueños en fiesta.
No es risa de feria, ni aplauso de espuma,
sino pan caliente al volver de la lluvia,
una silla vieja bajo el árbol del tiempo,
donde el silencio canta su canción más profunda.
Tiene alas de viento, pero anida en el pecho,
como un pájaro sabio que ha elegido quedarse.
No se compra en vitrinas ni se hereda en el testamento,
se cultiva en la tierra que aprendimos a amarse.
Es un niño que duerme sin temer a la noche,
una lámpara encendida donde no hay testigos,
el arte de ver luz donde otros ven escombros,
la paz de saber que no todo está perdido.
No siempre sonríe, a veces también llora,
pues la dicha más honda conoce el quebranto.
Pero florece igual, como brote en la roca,
y hace del corazón su eterno camposanto.
La felicidad no llega como un trueno al oído,
se cuela como brisa por rendijas de vida.
No es meta, ni premio, ni joya escondida,
es saber que el camino es ya la bienvenida.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados