I
En lo más hondo del confín del pecho,
donde la sombra y la pasión se enlazan,
nace el temblor del hombre insatisfecho,
y en su interior los vientos se desplazan.
Allí la furia, el gozo y el despecho
cual relámpagos sin fin amenazan,
y el alma, náufraga en su mar doliente,
lucha entre el caos y la luz presente.
II
No es dueño el hombre de su pensamiento,
ni de su pulso, ni de su esperanza;
su corazón es fuego y es lamento,
es viento gris que en lágrimas se lanza.
Busca en el mundo eterno fundamento,
mas sólo halla su humana contradanza:
ser fuerte y frágil, sabio y sin abrigo,
amar la paz y guerrear consigo.
III
Las emociones como dioses caen
en la batalla de su ser profundo,
y unas le elevan donde el cielo trae
claror de estrellas y sentido al mundo,
otras lo arrastran donde el grito estalle
y la razón se ahoga en lo inmundo.
Mas cada lágrima, furor y canto
forjan del hombre su divino encanto.
IV
Porque sin ira no hay valor que crezca,
ni sin dolor hay alma compasiva;
la dicha es flor que la tormenta mece,
la fe es ceniza que el amor aviva.
Todo en el hombre nace y resplandece
cuando su herida al fin se vuelve viva.
Y en su quebranto el hombre se modela,
pues la emoción lo forja y lo revela.
En lo más hondo del confín del pecho,
donde la sombra y la pasión se enlazan,
nace el temblor del hombre insatisfecho,
y en su interior los vientos se desplazan.
Allí la furia, el gozo y el despecho
cual relámpagos sin fin amenazan,
y el alma, náufraga en su mar doliente,
lucha entre el caos y la luz presente.
II
No es dueño el hombre de su pensamiento,
ni de su pulso, ni de su esperanza;
su corazón es fuego y es lamento,
es viento gris que en lágrimas se lanza.
Busca en el mundo eterno fundamento,
mas sólo halla su humana contradanza:
ser fuerte y frágil, sabio y sin abrigo,
amar la paz y guerrear consigo.
III
Las emociones como dioses caen
en la batalla de su ser profundo,
y unas le elevan donde el cielo trae
claror de estrellas y sentido al mundo,
otras lo arrastran donde el grito estalle
y la razón se ahoga en lo inmundo.
Mas cada lágrima, furor y canto
forjan del hombre su divino encanto.
IV
Porque sin ira no hay valor que crezca,
ni sin dolor hay alma compasiva;
la dicha es flor que la tormenta mece,
la fe es ceniza que el amor aviva.
Todo en el hombre nace y resplandece
cuando su herida al fin se vuelve viva.
Y en su quebranto el hombre se modela,
pues la emoción lo forja y lo revela.
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