Pero sea lo que fuere en las matemáticas, si es más claro que, tomando una pulgada de una línea negra de dos pulgadas, y una pulgada de una línea roja de dos pulgadas, las partes restantes serán iguales, o, si es más claro el que «si quitas partes iguales de otras iguales, los restos serán iguales», digo que lo que resulte más claro y primeramente conocido de las dos cosas es algo que dejo a otro para que lo solucione, pues no es una materia que resulte acorde con la circunstancia actual.
Lo que aquí me propongo es averiguar si el camino más corto hacia el conocimiento es empezar por las máximas generales y construir sobre ellas las demás, tomando unos principios que han sido establecidos en otras ciencias como verdades incuestionables; y si es un camino seguro el recibirlo sin examen, y sin que se dude de ellos, porque los matemáticos han sido tan dichosos o tan honrados como para no usar ninguno que no fuera evidente por sí mismo e innegable.
Si esto es así, no sé qué es lo que no podrá pasar por verdad en la moral, y lo que no podrá introducirse y probarse en la filosofía natural.
Veamos, en el caso de admitir aquel principio de algunos filósofos antiguos que establecía que todo es materia, sin que existiera otra cosa, las consecuencias a que nos llevaría, según los escritos de algunos que lo han revisado en nuestros días, la admisión de este principio como cierto e indubitable.
Acéptese, con Polemón, que el mundo es Dios; o, con los estoicos, que es el éter o el sol; o con Anaxímenes, que es el aire. ¡Qué teología, qué religión y qué culto sería preciso que tuviéramos! Nada puede ser tan peligroso como el tomar unos principios de esa clase sin cuestionarlos o examinarlos; especialmente si tales principios conciernen a la moral, que tanta influencia tiene en la vida de los hombres y que establece la línea de todas sus acciones. ¿Quién no esperará otra clase de vida en Aristipo, que situaba la felicidad en los placeres corporales, distinta de la de Antístenes, que hacía de la virtud el principio de la felicidad? Y aquel que, con Platón, sitúe la beatitud en el conocimiento de Dios, pondrá sus pensamientos en otras contemplaciones muy diferentes de las de aquellos que no miran más allá que este grano de arena, y de las cosas perecederas que tienen a su alcance. Quien, con Arquelao, establezca como principio que el bien y el mal, la honestidad y la deshonestidad, solamente son establecidas por las leyes y no por la naturaleza, tendrá otras medidas de la rectitud moral y de la perversidad que aquellos que saben que estamos sujetos a unas obligaciones anteriores a cualquier constitución humana.
JL
Lo que aquí me propongo es averiguar si el camino más corto hacia el conocimiento es empezar por las máximas generales y construir sobre ellas las demás, tomando unos principios que han sido establecidos en otras ciencias como verdades incuestionables; y si es un camino seguro el recibirlo sin examen, y sin que se dude de ellos, porque los matemáticos han sido tan dichosos o tan honrados como para no usar ninguno que no fuera evidente por sí mismo e innegable.
Si esto es así, no sé qué es lo que no podrá pasar por verdad en la moral, y lo que no podrá introducirse y probarse en la filosofía natural.
Veamos, en el caso de admitir aquel principio de algunos filósofos antiguos que establecía que todo es materia, sin que existiera otra cosa, las consecuencias a que nos llevaría, según los escritos de algunos que lo han revisado en nuestros días, la admisión de este principio como cierto e indubitable.
Acéptese, con Polemón, que el mundo es Dios; o, con los estoicos, que es el éter o el sol; o con Anaxímenes, que es el aire. ¡Qué teología, qué religión y qué culto sería preciso que tuviéramos! Nada puede ser tan peligroso como el tomar unos principios de esa clase sin cuestionarlos o examinarlos; especialmente si tales principios conciernen a la moral, que tanta influencia tiene en la vida de los hombres y que establece la línea de todas sus acciones. ¿Quién no esperará otra clase de vida en Aristipo, que situaba la felicidad en los placeres corporales, distinta de la de Antístenes, que hacía de la virtud el principio de la felicidad? Y aquel que, con Platón, sitúe la beatitud en el conocimiento de Dios, pondrá sus pensamientos en otras contemplaciones muy diferentes de las de aquellos que no miran más allá que este grano de arena, y de las cosas perecederas que tienen a su alcance. Quien, con Arquelao, establezca como principio que el bien y el mal, la honestidad y la deshonestidad, solamente son establecidas por las leyes y no por la naturaleza, tendrá otras medidas de la rectitud moral y de la perversidad que aquellos que saben que estamos sujetos a unas obligaciones anteriores a cualquier constitución humana.
De esta manera, no es un camino seguro hacia la verdad
Por tanto, si aquellos pasan por ser principios no son ciertos (lo cual lo deberemos saber de algún modo, de manera que seamos capaces de distinguirlos de aquellos otros que son dudosos), sino que solamente llegan a serlo en virtud de nuestro ciego asentimiento, es fácil que nos confundan, en vez de llevarnos hacia la verdad, nos veamos abocados por causa de estos principios hacia el equívoco y el error.JL