F. Noctívago
Poeta recién llegado
Revienta el cráneo azul de la neblina,
y brota el ojo negro de los mundos.
Sus venas son raíces que fascinan
a dioses insomnes, ciegos, moribundos.
Devora luna y vísceras de espejos,
sangra relámpagos en cada paso,
lleva en el pecho un nido de reflejos
y un grito que se pudre en su regazo.
No duerme. No. Mastica los relojes,
escupe nombres, besa cicatrices,
y ríe con los muertos de las noches
que yacen bajo el polvo de las lices.
Su piel: un mapa herido de galaxias.
Sus pies: agujas huecas del abismo.
Su voz, un laberinto de falacias
que exhala por los poros de sí mismo.
Los cuervos lo veneran en su danza,
la sombra se arrodilla en su cintura,
y el alba, que lo teme, no lo alcanza
su pacto está sellado en la locura.
Pero cuando el mundo ya no gime,
se sienta en una esquina de la nada,
y llora por un nombre que no dice,
mirando cómo el tiempo se desarma.
y brota el ojo negro de los mundos.
Sus venas son raíces que fascinan
a dioses insomnes, ciegos, moribundos.
Devora luna y vísceras de espejos,
sangra relámpagos en cada paso,
lleva en el pecho un nido de reflejos
y un grito que se pudre en su regazo.
No duerme. No. Mastica los relojes,
escupe nombres, besa cicatrices,
y ríe con los muertos de las noches
que yacen bajo el polvo de las lices.
Su piel: un mapa herido de galaxias.
Sus pies: agujas huecas del abismo.
Su voz, un laberinto de falacias
que exhala por los poros de sí mismo.
Los cuervos lo veneran en su danza,
la sombra se arrodilla en su cintura,
y el alba, que lo teme, no lo alcanza
su pacto está sellado en la locura.
Pero cuando el mundo ya no gime,
se sienta en una esquina de la nada,
y llora por un nombre que no dice,
mirando cómo el tiempo se desarma.