Alejandro jaramago
Poeta recién llegado
TANGO
Había noches en que el tango no se bailaba
sino que se encarnaba, como una fiebre antigua
que poseía los cuerpos y los obligaba a trenzarse
en una danza de penas y de gloria.
Piernas fuertes como raíces de árboles milenarios
danzantes como llamas al viento, se enredaban una con otra
hasta perder el sentido del suelo, y se alzaban al cielo
no por deseo de volar, sino porque así lo dictaba el bandoneón
ese animal triste que lloraba con la voz de un dios olvidado.
En el centro del salón —que olía a tabaco, a vino y a historia—
las miradas se cruzaban como cuchillos ceremoniales.
No decían palabras, no necesitaban hacerlo.
Las pupilas hablaban en lengua de exilios y madrugadas
de amores que terminaron en estaciones vacías
y de otros que nunca llegaron a comenzar.
Cada paso,
cada giro,
era la escritura secreta de un corazón que sangraba sin morir.
El tango no es música, es un conjuro.
Un susurro con olor a madera y a lluvia
que se cuela por las rendijas del alma cuando ella
ya no quiere seguir viviendo, pero no se anima a dejar de latir.
Tango, solo tango. Sos regocijo y condena.
Sos el eco de un beso que no se dio
pero que aún arde en los labios del recuerdo.
Vivís agazapado en los puños cerrados
en los trajes negros donde la elegancia se mezcla con el luto
en los ojos que no parpadean por miedo a romper el embrujo.
Tango, sos el tiempo detenido en una baldosa, sos eternidad de barrio y de pena.
Perdurarás en las esquinas donde el sol parte los adoquines
en los patios donde la ropa flamea como banderas de la infancia
en las bocas que ya no besan, pero aún tararean tu nombre.
Tango, Sos grandeza y esplendor
miseria y ternura.
Sos pasado, presente, vida, adoración.
sos pasaporte al amor, sellado con la tinta invisible de la nostalgia.
Había noches en que el tango no se bailaba
sino que se encarnaba, como una fiebre antigua
que poseía los cuerpos y los obligaba a trenzarse
en una danza de penas y de gloria.
Piernas fuertes como raíces de árboles milenarios
danzantes como llamas al viento, se enredaban una con otra
hasta perder el sentido del suelo, y se alzaban al cielo
no por deseo de volar, sino porque así lo dictaba el bandoneón
ese animal triste que lloraba con la voz de un dios olvidado.
En el centro del salón —que olía a tabaco, a vino y a historia—
las miradas se cruzaban como cuchillos ceremoniales.
No decían palabras, no necesitaban hacerlo.
Las pupilas hablaban en lengua de exilios y madrugadas
de amores que terminaron en estaciones vacías
y de otros que nunca llegaron a comenzar.
Cada paso,
cada giro,
era la escritura secreta de un corazón que sangraba sin morir.
El tango no es música, es un conjuro.
Un susurro con olor a madera y a lluvia
que se cuela por las rendijas del alma cuando ella
ya no quiere seguir viviendo, pero no se anima a dejar de latir.
Tango, solo tango. Sos regocijo y condena.
Sos el eco de un beso que no se dio
pero que aún arde en los labios del recuerdo.
Vivís agazapado en los puños cerrados
en los trajes negros donde la elegancia se mezcla con el luto
en los ojos que no parpadean por miedo a romper el embrujo.
Tango, sos el tiempo detenido en una baldosa, sos eternidad de barrio y de pena.
Perdurarás en las esquinas donde el sol parte los adoquines
en los patios donde la ropa flamea como banderas de la infancia
en las bocas que ya no besan, pero aún tararean tu nombre.
Tango, Sos grandeza y esplendor
miseria y ternura.
Sos pasado, presente, vida, adoración.
sos pasaporte al amor, sellado con la tinta invisible de la nostalgia.
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