Hay un lugar que no conoce nombre,
donde no hay sombra, límite ni idea,
donde el sentir no busca ya un pronombre
y el alma se desnuda en su marea.
No tiene puerta, forma ni frontera,
y sin embargo, está dentro de mí,
más hondo que el dolor, más que la espera,
más puro que la voz del porvenir.
No hay juicio allí, ni peso ni medida,
sólo un silencio vasto y sin aristas,
que envuelve como un mar sin despedida
las ruinas y los sueños que despistas.
Allí no hay que luchar, ni que vencer,
no hay metas que alcanzar, ni lo ganado,
no hay que fingir, ni huir, ni obedecer,
sólo se es, con el pecho liberado.
Las horas no se miden en su fondo,
ni el tiempo cobra forma ni distancia,
y el alma se disuelve en ese hondo
refugio sin dolor, sin resistencia.
No hay rostro, ni pregunta, ni consuelo,
ni promesas de amor ni de castigo,
sólo un temblor sagrado, puro, y bello,
un estar sin razón, sin enemigo.
Es más allá del bien y del quebranto,
más allá del temor o la esperanza,
como un abismo inmóvil, dulce y santo
donde el yo se deshace sin tardanza.
Y allí me encuentro a veces, sin buscarlo,
como un soplo que vuelve a la madera,
como el viento que besa sin nombrarlo
al mar que no lo espera y lo libera.
donde no hay sombra, límite ni idea,
donde el sentir no busca ya un pronombre
y el alma se desnuda en su marea.
No tiene puerta, forma ni frontera,
y sin embargo, está dentro de mí,
más hondo que el dolor, más que la espera,
más puro que la voz del porvenir.
No hay juicio allí, ni peso ni medida,
sólo un silencio vasto y sin aristas,
que envuelve como un mar sin despedida
las ruinas y los sueños que despistas.
Allí no hay que luchar, ni que vencer,
no hay metas que alcanzar, ni lo ganado,
no hay que fingir, ni huir, ni obedecer,
sólo se es, con el pecho liberado.
Las horas no se miden en su fondo,
ni el tiempo cobra forma ni distancia,
y el alma se disuelve en ese hondo
refugio sin dolor, sin resistencia.
No hay rostro, ni pregunta, ni consuelo,
ni promesas de amor ni de castigo,
sólo un temblor sagrado, puro, y bello,
un estar sin razón, sin enemigo.
Es más allá del bien y del quebranto,
más allá del temor o la esperanza,
como un abismo inmóvil, dulce y santo
donde el yo se deshace sin tardanza.
Y allí me encuentro a veces, sin buscarlo,
como un soplo que vuelve a la madera,
como el viento que besa sin nombrarlo
al mar que no lo espera y lo libera.
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