El tiempo no avanza, cae.
Gota a gota, en la conciencia del caminante.
No lo miden relojes ni estaciones,
sino el temblor del alma que recuerda.
Al nacer, todo es asombro,
como si el mundo hubiera sido creado
solo para ser nombrado por primera vez.
Los sonidos, los colores, el rostro de la madre.
Todo vibra en un idioma sin palabras.
Pero luego… llega el lenguaje.
Y con él, la duda.
Los nombres separan lo indivisible,
y lo que era uno, se convierte en dos:
yo y lo otro,
deseo y pérdida,
ayer y mañana.
La infancia es un puente que se cruza sin saberlo,
y al mirar atrás, ya no está.
Se ha borrado como las huellas en la orilla,
dejando solo la sal en la memoria.
Después, el cuerpo reclama su derecho al viento,
la sangre bulle como un río desbordado.
Queremos ser todo, tocar el sol,
gritarle al universo que existimos.
Y entre el bullicio de los días,
el eco del primer llanto se vuelve música.
La vida empieza a tomar forma,
aunque no sepamos qué forma tiene.
El amor aparece como un relámpago,
ciego y luminoso,
y deja su estela en el pecho
como una constelación de heridas dulces.
El alma, aún joven, comienza a escribir
su primer poema:
uno torpe, desordenado,
pero auténtico.
Porque en el eco de los días,
todo suena más real
cuando el corazón aún no teme romperse.
Gota a gota, en la conciencia del caminante.
No lo miden relojes ni estaciones,
sino el temblor del alma que recuerda.
Al nacer, todo es asombro,
como si el mundo hubiera sido creado
solo para ser nombrado por primera vez.
Los sonidos, los colores, el rostro de la madre.
Todo vibra en un idioma sin palabras.
Pero luego… llega el lenguaje.
Y con él, la duda.
Los nombres separan lo indivisible,
y lo que era uno, se convierte en dos:
yo y lo otro,
deseo y pérdida,
ayer y mañana.
La infancia es un puente que se cruza sin saberlo,
y al mirar atrás, ya no está.
Se ha borrado como las huellas en la orilla,
dejando solo la sal en la memoria.
Después, el cuerpo reclama su derecho al viento,
la sangre bulle como un río desbordado.
Queremos ser todo, tocar el sol,
gritarle al universo que existimos.
Y entre el bullicio de los días,
el eco del primer llanto se vuelve música.
La vida empieza a tomar forma,
aunque no sepamos qué forma tiene.
El amor aparece como un relámpago,
ciego y luminoso,
y deja su estela en el pecho
como una constelación de heridas dulces.
El alma, aún joven, comienza a escribir
su primer poema:
uno torpe, desordenado,
pero auténtico.
Porque en el eco de los días,
todo suena más real
cuando el corazón aún no teme romperse.