La única certeza es este universo,
la llama que arde mientras la miramos,
el temblor de la tierra bajo el paso,
la sangre de los días en la piel.
El pasado no es un lugar ni una promesa,
es memoria tallada en nuestros huesos,
un susurro de sombras que aún respira
en el rincón más íntimo del alma.
Todo lo demás —lo que no ha sido—
es niebla, conjetura, pensamiento,
un mapa sin dibujo, un eco sin voz.
Y sin embargo, lo intuimos todo:
como si el porvenir ya nos pensara,
como si caminara hacia nosotros
al tiempo que nosotros le buscamos.
Tal vez no hay un solo universo,
tal vez somos nosotros quienes cambian
y el mundo cambia con cada mirada,
como el agua al abrazar otra corriente.
Nos movemos hacia un mañana que no existe
sino cuando lo pisamos.
Nos fundimos con su paso sin saber
si es él quien llega, o si somos nosotros
los que vamos naciendo en su reflejo.
Y así, entre instantes que no se detienen,
el presente se abre como un umbral
donde la vida escribe sin cesar
su propia eternidad.
la llama que arde mientras la miramos,
el temblor de la tierra bajo el paso,
la sangre de los días en la piel.
El pasado no es un lugar ni una promesa,
es memoria tallada en nuestros huesos,
un susurro de sombras que aún respira
en el rincón más íntimo del alma.
Todo lo demás —lo que no ha sido—
es niebla, conjetura, pensamiento,
un mapa sin dibujo, un eco sin voz.
Y sin embargo, lo intuimos todo:
como si el porvenir ya nos pensara,
como si caminara hacia nosotros
al tiempo que nosotros le buscamos.
Tal vez no hay un solo universo,
tal vez somos nosotros quienes cambian
y el mundo cambia con cada mirada,
como el agua al abrazar otra corriente.
Nos movemos hacia un mañana que no existe
sino cuando lo pisamos.
Nos fundimos con su paso sin saber
si es él quien llega, o si somos nosotros
los que vamos naciendo en su reflejo.
Y así, entre instantes que no se detienen,
el presente se abre como un umbral
donde la vida escribe sin cesar
su propia eternidad.