Zulma Martínez
Mar azul...
Sueño
La niña, con su bolsita de los mandados, esquivaba los charcos. Había llovido demasiado esa mañana de otoño, y todo era un caos en la pequeña villa. Laceraba la intemperie, y el olor a barro se mezclaba con el del humo de los braseros. Era la hora en que las mujeres empezaban a remover el caldo con un apremio triste, mientras intentaban calmar a los pequeños susurrando una canción inventada en el momento.
Al llegar a la casa, su madre recibió la bolsa y la miró con ojos vacíos. Después empezó a cortar un tomate.
Entonces, la pequeña corrió a la ventana. Allá, a lo lejos, por encima de los techos mojados, había una estrella que brillaba a toda hora y que sólo ella podía ver. Decidió ponerle un nombre: la llamó Esperanza.
Charcos y barro;
otoño en la villa
la niña sueña
La niña, con su bolsita de los mandados, esquivaba los charcos. Había llovido demasiado esa mañana de otoño, y todo era un caos en la pequeña villa. Laceraba la intemperie, y el olor a barro se mezclaba con el del humo de los braseros. Era la hora en que las mujeres empezaban a remover el caldo con un apremio triste, mientras intentaban calmar a los pequeños susurrando una canción inventada en el momento.
Al llegar a la casa, su madre recibió la bolsa y la miró con ojos vacíos. Después empezó a cortar un tomate.
Entonces, la pequeña corrió a la ventana. Allá, a lo lejos, por encima de los techos mojados, había una estrella que brillaba a toda hora y que sólo ella podía ver. Decidió ponerle un nombre: la llamó Esperanza.
Charcos y barro;
otoño en la villa
la niña sueña
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