Ziler
Poeta recién llegado
¿Qué pasa, Muerte? Otra vez tan sola
como mi tristeza.
Espero que este cigarrillo no te incomode el lamento,
pero quiero contarte por qué estoy acá,
hablándote de amor.
Otra vez te invoco en esta melancolía
negra, sucia, repetitiva,
que me hace derrochar sin despojos
los sueños donde su adiós
es la pesadilla de mi pobre y falible libreta.
Cuando la vi, creía que por fin saldría
de este pozo de libros y tangos,
que ya no debía mancillar mi pluma
con deseos de muerte y soledad.
Pero ¿qué podía esperar?
Si yo simplemente era un espectador
en su futuro de migajas;
dejándome una vigilia de su piel
manchada con los rastros que alguna vez le di.
Quiero decirte, Muerte sin rostro,
que aún la veo en mis sábanas, ya sin su aroma,
y la siento en mi casa,
ya sin la fotografía de sus miedos.
No sé si dejar mi catarsis en tu oído,
porque al final de la famélica noche
los estoy dejando en los tuyos
que después de todo solo son los míos.
Quiero que me escuches, Muerte querida,
porque la desidia se me sale del pecho.
Solo tengo un delirio de hibris
que me hace desafiarte
con mi florilegio de miserias.
¿Y qué más podía hacer yo, Muerte enemiga?
Si creo que ya otros brazos cobijan sus sueños de mar,
si solo miro esos ojos de amor que ya no aman
y que, como Benedetti, también apagan mi jornada.
Y sí, Muerte amiga,
la última pregunta que me haces me recuerda
que nada puedo ofrecerle
más que la condena de charlar contigo
y un poema arrugado en un papel.
como mi tristeza.
Espero que este cigarrillo no te incomode el lamento,
pero quiero contarte por qué estoy acá,
hablándote de amor.
Otra vez te invoco en esta melancolía
negra, sucia, repetitiva,
que me hace derrochar sin despojos
los sueños donde su adiós
es la pesadilla de mi pobre y falible libreta.
Cuando la vi, creía que por fin saldría
de este pozo de libros y tangos,
que ya no debía mancillar mi pluma
con deseos de muerte y soledad.
Pero ¿qué podía esperar?
Si yo simplemente era un espectador
en su futuro de migajas;
dejándome una vigilia de su piel
manchada con los rastros que alguna vez le di.
Quiero decirte, Muerte sin rostro,
que aún la veo en mis sábanas, ya sin su aroma,
y la siento en mi casa,
ya sin la fotografía de sus miedos.
No sé si dejar mi catarsis en tu oído,
porque al final de la famélica noche
los estoy dejando en los tuyos
que después de todo solo son los míos.
Quiero que me escuches, Muerte querida,
porque la desidia se me sale del pecho.
Solo tengo un delirio de hibris
que me hace desafiarte
con mi florilegio de miserias.
¿Y qué más podía hacer yo, Muerte enemiga?
Si creo que ya otros brazos cobijan sus sueños de mar,
si solo miro esos ojos de amor que ya no aman
y que, como Benedetti, también apagan mi jornada.
Y sí, Muerte amiga,
la última pregunta que me haces me recuerda
que nada puedo ofrecerle
más que la condena de charlar contigo
y un poema arrugado en un papel.