Jeremy Diaz
Poeta recién llegado
Siempre decía que no podía dormir sin sentir tu piel. Tu respiración era mi arrullo, tu cuerpo, mi refugio. Me acostumbré tanto a tu calor que el silencio me dolía más que cualquier herida. Cuando mencionaste que querías irte, no supe entender la palabra “adiós”. No podía permitirlo; el amor no se deshace así, con solo decirlo.
Aquella noche te convencí de quedarte. Tus labios aún olían a los crisantemos y lirios que le llevaba a mi abuela, como si el destino ya hubiese escrito algo que yo me negaba a leer. Te vi tan hermosa, tan quieta, tan mía. No lloré. Solo te recosté a mi lado, y el frío empezó a volverse normal. Desde entonces, cada noche te hablo, te toco, te peino. Nadie entiende que sigues aquí, esperándome.
Te amé tanto, que cuando te fuiste, me quedé contigo para siempre. Y ni la muerte pudo separarnos.
J. Salomón
Aquella noche te convencí de quedarte. Tus labios aún olían a los crisantemos y lirios que le llevaba a mi abuela, como si el destino ya hubiese escrito algo que yo me negaba a leer. Te vi tan hermosa, tan quieta, tan mía. No lloré. Solo te recosté a mi lado, y el frío empezó a volverse normal. Desde entonces, cada noche te hablo, te toco, te peino. Nadie entiende que sigues aquí, esperándome.
Te amé tanto, que cuando te fuiste, me quedé contigo para siempre. Y ni la muerte pudo separarnos.
J. Salomón