Fuimos el miedo antiguo que despierta
cuando la noche aprende a ser humana;
fuimos la voz temblorosa y temprana
que alzó su duda frente a la puerta.
Crecimos entre dioses y ceniza,
nombrando luz allí donde dolía,
y al filo mismo de la sangre fría
aprendimos a ser lo que improvisa.
Somos ahora este pulso que pregunta,
esta conciencia atenta en el instante,
que sabe que vivir no es la respuesta,
sino el acto de estar, firme y constante,
aceptando que todo se disgrega
y aun así… elegir la mano abierta.
Seremos luego el rastro que no pesa,
la huella leve que dejó sentido;
no un nombre, no un recuerdo retenido,
sino una forma honesta de la ausencia.
Tal vez nadie sabrá quién fue el que habló,
ni por qué amó, ni cuándo estuvo aquí;
pero si alguien, sin saber de sí,
entiende lo que fue… no terminó.
Porque no muere aquel que ha comprendido
que el tiempo no se vence ni se espera:
se habita, se atraviesa, se libera,
y al irse… queda un gesto compartido.
cuando la noche aprende a ser humana;
fuimos la voz temblorosa y temprana
que alzó su duda frente a la puerta.
Crecimos entre dioses y ceniza,
nombrando luz allí donde dolía,
y al filo mismo de la sangre fría
aprendimos a ser lo que improvisa.
Somos ahora este pulso que pregunta,
esta conciencia atenta en el instante,
que sabe que vivir no es la respuesta,
sino el acto de estar, firme y constante,
aceptando que todo se disgrega
y aun así… elegir la mano abierta.
Seremos luego el rastro que no pesa,
la huella leve que dejó sentido;
no un nombre, no un recuerdo retenido,
sino una forma honesta de la ausencia.
Tal vez nadie sabrá quién fue el que habló,
ni por qué amó, ni cuándo estuvo aquí;
pero si alguien, sin saber de sí,
entiende lo que fue… no terminó.
Porque no muere aquel que ha comprendido
que el tiempo no se vence ni se espera:
se habita, se atraviesa, se libera,
y al irse… queda un gesto compartido.