Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
El tiempo decidió doblarse una tarde, como quien pliega una carta que nunca va a enviar. No fue un accidente: el reloj conspiró conmigo, se quedó mirándome fijo, y desde entonces camina hacia atrás cuando no lo veo. El espacio, en cambio, se volvió caprichoso; estira los pasillos cuando intento huir y encoge las habitaciones cuando quiero quedarme.
Te pienso sin permiso, como se piensan las cosas importantes: de repente. Estás en la taza que se enfría, en la silla que no cruje, en la palabra que no digo porque llega tarde o demasiado pronto. Hay ausencias que no se van; se mudan de sitio. Ahora vives en el margen de mis días, en ese lugar donde el calendario duda y el cuerpo recuerda.
A veces el pasado se sienta conmigo y pide café. No habla mucho, pero mira. El futuro pasa por detrás, se asoma, sonríe como quien sabe algo y no lo dice. Yo quedo en el medio, atrapado en este presente que no entiende de relojes ni de mapas, intentando ordenar el caos con gestos pequeños: respirar, caminar, olvidar a medias.
El amor —ese animal raro— no respeta el espacio personal ni los horarios. Aparece cuando el semáforo está en rojo y uno cruza igual. Se queda suspendido en el aire, como una pregunta que no necesita respuesta. Por eso duele: porque no sabe irse del todo.
Un día aprenderé a habitarme sin buscarte en cada esquina del tiempo. Tal vez entonces el reloj vuelva a su sitio y las paredes recuperen su tamaño real. Mientras tanto, te escribo desde este punto exacto donde el tiempo y el espacio se confunden, se dan la mano y me dejan solo, pero despierto.
Te pienso sin permiso, como se piensan las cosas importantes: de repente. Estás en la taza que se enfría, en la silla que no cruje, en la palabra que no digo porque llega tarde o demasiado pronto. Hay ausencias que no se van; se mudan de sitio. Ahora vives en el margen de mis días, en ese lugar donde el calendario duda y el cuerpo recuerda.
A veces el pasado se sienta conmigo y pide café. No habla mucho, pero mira. El futuro pasa por detrás, se asoma, sonríe como quien sabe algo y no lo dice. Yo quedo en el medio, atrapado en este presente que no entiende de relojes ni de mapas, intentando ordenar el caos con gestos pequeños: respirar, caminar, olvidar a medias.
El amor —ese animal raro— no respeta el espacio personal ni los horarios. Aparece cuando el semáforo está en rojo y uno cruza igual. Se queda suspendido en el aire, como una pregunta que no necesita respuesta. Por eso duele: porque no sabe irse del todo.
Un día aprenderé a habitarme sin buscarte en cada esquina del tiempo. Tal vez entonces el reloj vuelva a su sitio y las paredes recuperen su tamaño real. Mientras tanto, te escribo desde este punto exacto donde el tiempo y el espacio se confunden, se dan la mano y me dejan solo, pero despierto.