cadira
Poeta recién llegado
Observé las huellas de mis dedos,
mis viñedos, paisaje diminuto,
siguiendo uno hallé otro, desmedido,
si las naranjas son el equilibrio,
entre naranjos perdí el sentido,
por caminitos en sombra,
sin buscar mucho y algo perdido,
descubrí el jardín desconocido.
Mas allá, escondido,
con una figura atravesada,
por el moho y un rayo de luz,
recuerdo que se dictaba,
mirando al cielo,
pasando verjas oxidadas,
por un sendero abandonado,
por el que parece nadie había cruzado,
las zarzas señalaban el destino,
a la sombra, una silueta que se insinuaba,
sin ventanas y sin decoraciones,
tras un portón casi abierto,
y agrietado, se asomaba,
que, sobre flores disecadas,
pisa con cuidado.
Duermen pérgolas a la vera de esa ermita,
tardes de solo viento, raíces, y jóvenes ecos
‒olvidar es matar‒
resuena en las llanuras de mi huerto,
entrando las noches para abrazar con grietas
aquella estatua dolorida.
Duro es un laberinto de jardines,
cuidado quizás hace tiempo,
ahora maltrecho, eché la llave de su acceso,
y sin querer mi mirada se posaba,
sobre el pergamino que otra mirada sostiene,
‒sonreír es soñar‒
cantan las palabras el atajo,
querida dolorosa,
el sufrimiento nunca va, pero siempre viene,
espacio indefinido inmerecido, haberte recluido,
los ojos marcan el camino,
‒querer descubrir es no estar perdido‒,
muchos soles ya pasaron, cuando la luz rebosaba,
ahora el brillo es otro,
pero abrid los ojos sin miedo,
ha amanecido.
Tras literatura,
remolino de remolinos,
real auto condena buscar las mil miradas,
repetir, por haber leído y no entendido,
‒Nadie es perfecto‒ cosecha en el oído,
Fausto fustigado, arrepentido.
mis viñedos, paisaje diminuto,
siguiendo uno hallé otro, desmedido,
si las naranjas son el equilibrio,
entre naranjos perdí el sentido,
por caminitos en sombra,
sin buscar mucho y algo perdido,
descubrí el jardín desconocido.
Mas allá, escondido,
con una figura atravesada,
por el moho y un rayo de luz,
recuerdo que se dictaba,
mirando al cielo,
pasando verjas oxidadas,
por un sendero abandonado,
por el que parece nadie había cruzado,
las zarzas señalaban el destino,
a la sombra, una silueta que se insinuaba,
sin ventanas y sin decoraciones,
tras un portón casi abierto,
y agrietado, se asomaba,
que, sobre flores disecadas,
pisa con cuidado.
Duermen pérgolas a la vera de esa ermita,
tardes de solo viento, raíces, y jóvenes ecos
‒olvidar es matar‒
resuena en las llanuras de mi huerto,
entrando las noches para abrazar con grietas
aquella estatua dolorida.
Duro es un laberinto de jardines,
cuidado quizás hace tiempo,
ahora maltrecho, eché la llave de su acceso,
y sin querer mi mirada se posaba,
sobre el pergamino que otra mirada sostiene,
‒sonreír es soñar‒
cantan las palabras el atajo,
querida dolorosa,
el sufrimiento nunca va, pero siempre viene,
espacio indefinido inmerecido, haberte recluido,
los ojos marcan el camino,
‒querer descubrir es no estar perdido‒,
muchos soles ya pasaron, cuando la luz rebosaba,
ahora el brillo es otro,
pero abrid los ojos sin miedo,
ha amanecido.
Tras literatura,
remolino de remolinos,
real auto condena buscar las mil miradas,
repetir, por haber leído y no entendido,
‒Nadie es perfecto‒ cosecha en el oído,
Fausto fustigado, arrepentido.