Despierto y abro los ojos, comienza la rutina. Pero llegas tú a mi imaginación, mi cerebro comienza a pensarte y relata una historia de nosotros juntos. Transformas mi realidad como una metamorfosis, exagerada y única. Cada vez que te pienso, mi vida se llena de color como los dibujos de un niño y me sale una sonrisa, como si las puertas del cielo se abrieran. El deseo de no darte el mundo, sino crear uno nuevo y dártelo exclusivamente a ti, es infinito. El anhelo de conocer cada detalle de ti y de todo lo que has vivido es inmenso, tanto como el deseo de los niños en sus cumpleaños. La idea de protegerte y cuidarte como quien cuida una luciérnaga en medio de la oscuridad. Luego recaigo en la realidad y tengo que seguir en la rutina...