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Soy un viejo lobo de mar de tez ajada

Salva Carrion

Poeta fiel al portal
Mecenas
Soy un viejo lobo de mar de tez ajada,
llevo el color del mar en mi mirada,
busco en el muelle la quietud ansiada
con la memoria al fin resignada.

Dejé la playa de mi hogar temprano,
con sed de mundos y de sueños llena,
no me asustaba la feroz cadena
ni el horizonte siempre tan lejano.

En una tarde de alba primavera
partió el navío de tierras natales,
fui joven de ímpetus muy vitales
tejiendo suertes con fe verdadera.

Aquel viaje de luciente bandera
fueron singladuras de noble pasión,
sentí del océano la sacra canción
uniendo mi vida a su azul frontera.

En la Rosa de los Vientos marcada
quedan mis estelas de blanco destino,
y hoy que me rindo al final del camino
mi novia la mar reclama su llamada.

Bajo el broche de plata de una luna llena,
gocé la espuma que al alma arrebata;
fue mi amada primera, caricia de plata,
fundiendo mi sangre en su azul de sirena.

Escribí diarios de ruda batalla,
entre galernas y cielos de plomo,
cargué con el atlas sobre mi lomo
sufriendo el azote de la metralla.

Mis manos son nudos de jarcia y de viento,
curtidas en brea, salitre y olvido;
no hay cabo que el tiempo no haya mordido
ni vela que ignore mi sordo lamento.

Visité puertos sin mayores asombros
que el hondo romance de mi destino;
y espero que el último y fiel remolino
me libre del peso de tantos cobros.

Los años cargados sobre mis hombros
hacen mi paso cansado y errante,
añoro aquel mi momento brillante
lejos de tierra y de humanos escombros.

Cambié los abismos por tierra dormida,
buscando el reposo del suelo distante,
pero el mundo se hizo un tedio inquietante
frente a la vasta libertad perdida.

Intenté anclar mi vida en tierra baldía
creyendo que el puerto sería el consuelo,
pero el techo de casa me robó el cielo
y el pan de la orilla solo era agonía.

No hallé en el hogar ningún privilegio,
mi alma marina murió en el asombro;
hoy cargo un mundo que ya no nombro
sufriendo del polvo su gris sacrilegio.

Siento que Cronos devora mi historia,
que el cuerpo cede ante su pesadumbre;
ya no me atrae la terrestre lumbre,
pues solo el viento me brinda la gloria.

Sé que mi sangre se vuelve marea,
que mi latido se rinde a la quilla,
ya no me amarra la blanca orilla
ni el faro triste que lejos parpadea.

El frío habita mi carne cansada,
el ancla eterna me invita al abismo;
no hallará el hombre su propio bautismo
si no es en la ola por Neptuno armada.

Avanzo despacio por el rancio muelle,
mi bastón tantea con paso cansado;
mi cuerpo pesa y suspiro agobiado
buscando que el mar mi pena selle.

El aire trajo un silbo de sirena,
un salmo de coral que me nombraba;
la vieja orilla al fin se desdibujaba
bajo el peso de tanta nacarada arena.

Cedió la rodilla, se soltó el madero,
el aire fue un roce de gasa y de olvido;
cayó como cae un metal ya vencido
buscando el abrazo del mar verdadero.

No hubo dolor en el último abrazo,
solo un chapuzón de seda y de frío,
la mar recibió su agostado brío
rompiendo del mundo el humano lazo.

Murió con la dicha de un sueño cumplido,
ahogado en el seno de su amada eterna;
halló en el abismo la paz más interna,
el último puerto del alma, obtenido.

—Ya duerme en mi lecho mi buen soldado,
lavé sus llagas con sal y con besos,
fundí en mi seno sus pálidos huesos
cobrando el tributo que fue pactado.
No busquen su rastro: ya es mi marido,
el marino
que yace enamorado.
*****
 
Última edición:
Soy un viejo lobo de tez ajada,
llevo el eco del mar en mi mirada,
busco en el muelle la paz ansiada
con la memoria por fin recobrada.

En la Rosa de los Vientos marcada
dejé mis estelas de blanco destino,
y hoy que me rindo al final del camino
mi novia la mar reclama su llamada.

Dejé la playa de mi hogar temprano,
con sed de mundos y de sueños llena,
no me asustaba la feroz cadena
ni el horizonte siempre tan lejano.

En una tarde de alba primavera
partió el navío de tierras natales,
fui joven de ímpetus muy vitales
tejiendo suertes con fe verdadera.

Aquel viaje de brava bandera
fue una singladura de pura pasión,
sentí de las olas la sacra canción
uniendo mi vida a su azul frontera.

Pasaron años de ruda batalla,
entre tormentas y cielos de plomo,
cargué con el atlas sobre mi lomo
sintiendo el azote de la metralla.

Recuerdo bien aquel fiel juramento,
confesos amantes bajo el cielo,
besaba Céfiro su níveo velo,
mi pecho ardiente de puro contento.

La luna puso su broche de plata
brillando en lo más alto de la esfera,
y en brazos del agua, mi amada primera
gocé la espuma que al alma arrebata.

La onda rompiendo fue gentil caricia,
cada lucero fue un cómplice guiño,
sentí entonces el tierno cariño
de un mar que entrega su paz y delicia.

Desperté entre brumas de luz y pureza
buscando el fuego de estrellas azules,
y el sol, al rasgar los neblinosos tules,
selló nuestro idilio de extraña belleza.

El azar quiso que la racha cambiara,
que el viento empujara proa hacia el puerto,
contra el idilio de un mar tan abierto
por miedo a que la sal mi piel marchitara.

Del abrazo del mar quise alejarme,
busqué la fuerza del suelo distante,
y así, como náufrago y navegante,
a la tierra firme logré encadenarme.

Cambié los mares por el seco constante,
busqué el reposo de una nueva vida,
dejando atrás la pasión encendida
por una calma de paz vacilante.

Intenté ser raíz en la costa dormida,
negar el imán entre la sal y el marino,
pero este mundo se me hizo mezquino
frente a la inmensa libertad perdida.

Quise en el suelo buscar un sosiego,
tener un hogar y una lumbre encendida,
no vi que mi alma quedó sumergida
y el polvo árido me causó reniego.

Siento que Cronos devora mi historia,
que el cuerpo cede por su pesadumbre,
ya no me atrae la terrestre lumbre
pues solo el viento me dará la gloria.

Los años pasados sobre mis hombros
han vuelto mi paso cansado y errante,
añoro aquel mi momento brillante
lejos de tierra y de humanos escombros.

No hallé en los puertos más asombros
que la dicha honda de aquel mi romance,
y espero que el tiempo al fin me alcance
antes que el ayer me cubra de cohombros.

El frío habita mi carne cansada,
el ancla eterna me lleva al abismo,
no consigo ser de nuevo yo mismo
si no es en la ola por Zeus bautizada.

Sé que mi sangre se vuelve marea,
que mi latido se rinde a la quilla,
ya no me ata la nacarada orilla
ni el faro triste que allá parpadea.

El paso falló de forma imprevista,
en el muelle la niebla le envolvía,
y el viejo marino que al agua caía
perdió de la tierra la última vista.

No hubo dolor en el último abrazo,
solo un descenso de seda y de frío,
el mar recibió su agostado brío
rompiendo del mundo el humano lazo.

Murió muy dichoso, cual fiel guionista,
ahogado en el seno de su amada eterna,
hallando en el fondo la paz más interna
que el mar al alma del náufrago asista.

—Ya duerme en mi lecho mi buen soldado,
lavé sus llagas con sal y con besos,
fundí en mi seno sus pálidos huesos
cobrando el tributo que fue pactado.
No busquen su rastro: ya es mi marido,
el marino que yace enamorado.
*****
Me ha gustado como narra la vida de un viejo marino (tal vez en primera persona) que, tras una juventud llena de aventuras y pasión por el mar, intentó vivir en tierra firme pero se sintió incompleto y vacío.

Saludos
 

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