No fue al verla,
sino al sostenerle la mirada,
que algo dejó de encajar.
Había en ella un sufrimiento sin resto,
como si el dolor hubiera dejado de contar historias
y se hubiera quedado viviendo ahí.
Un laberinto recorrido hasta el punto
en que ya no hay pasillos,
solo la permanencia de haber llegado.
En sus ojos
no había regreso posible a uno mismo.
Nada devolvía imagen.
Nada calmaba.
Intentamos, casi sin darnos cuenta, compararla.
Ordenar lo que veíamos en una escala antigua,
esa costumbre de decir sin decir
que siempre hay alguien más abajo.
Pero esa idea caía en seco,
como palabra sin suelo.
No era “más”
ni era “menos”.
Era lo humano sin resguardo.
Sin espejo que lo vuelva soportable.
Sin distancia que lo vuelva pensable.
Nos quedamos ahí,
y el silencio empezó a deshacerse entre nosotros.
Y por primera vez,
no supimos si la mirada venía de ella
o si era el mundo el que había dejado de devolverse.
sino al sostenerle la mirada,
que algo dejó de encajar.
Había en ella un sufrimiento sin resto,
como si el dolor hubiera dejado de contar historias
y se hubiera quedado viviendo ahí.
Un laberinto recorrido hasta el punto
en que ya no hay pasillos,
solo la permanencia de haber llegado.
En sus ojos
no había regreso posible a uno mismo.
Nada devolvía imagen.
Nada calmaba.
Intentamos, casi sin darnos cuenta, compararla.
Ordenar lo que veíamos en una escala antigua,
esa costumbre de decir sin decir
que siempre hay alguien más abajo.
Pero esa idea caía en seco,
como palabra sin suelo.
No era “más”
ni era “menos”.
Era lo humano sin resguardo.
Sin espejo que lo vuelva soportable.
Sin distancia que lo vuelva pensable.
Nos quedamos ahí,
y el silencio empezó a deshacerse entre nosotros.
Y por primera vez,
no supimos si la mirada venía de ella
o si era el mundo el que había dejado de devolverse.