Ziler
Poeta recién llegado
¿Cómo se me escapó tu silueta de mi cama? Ahora solo me encuentro recogiendo tus pedazos con mi lamento, esparcidos por el fulminante tiempo y regados, sin abono, en una floreciente soledad.
No te sostuve mientras caías hacia la muerte porque tus tristezas eran demasiado pesadas para mis manos; esas manos que, tras fortalecerlas con la escritura, juraron que reconstruirían con palabras cada uno de tus recuerdos: desde tus ojos que proyectaban esperanza hasta tu miedo a la muerte, que al final terminó sucumbiendo ante el inevitable final.
Intenté evocar tu risa, que era el motor para sopesar este gélido invierno, y solo vino a mi mente tu inocencia al morir. No sé si seré capaz de reconstruirte en mi cuaderno; tras la abrasión inminente de los años, las piezas ya no encajan mientras te desvaneces de mi memoria. Y en este intento frustrado de volverte a ver completa, solo me queda mendigar ante tu tumba un resquicio de nuestro amor sepultado.
Ese amor que hoy maldigo por irse sin remordimientos, dejando un frío tan denso como el corazón que hoy porto, con una culpa que es solo mía por el improperio de dedicarte poemas y no dejarte descansar en paz. Y es que mis lágrimas son una ofrenda a tu epitafio , por creerme ateo mientras te rezo a ti.
No te sostuve mientras caías hacia la muerte porque tus tristezas eran demasiado pesadas para mis manos; esas manos que, tras fortalecerlas con la escritura, juraron que reconstruirían con palabras cada uno de tus recuerdos: desde tus ojos que proyectaban esperanza hasta tu miedo a la muerte, que al final terminó sucumbiendo ante el inevitable final.
Intenté evocar tu risa, que era el motor para sopesar este gélido invierno, y solo vino a mi mente tu inocencia al morir. No sé si seré capaz de reconstruirte en mi cuaderno; tras la abrasión inminente de los años, las piezas ya no encajan mientras te desvaneces de mi memoria. Y en este intento frustrado de volverte a ver completa, solo me queda mendigar ante tu tumba un resquicio de nuestro amor sepultado.
Ese amor que hoy maldigo por irse sin remordimientos, dejando un frío tan denso como el corazón que hoy porto, con una culpa que es solo mía por el improperio de dedicarte poemas y no dejarte descansar en paz. Y es que mis lágrimas son una ofrenda a tu epitafio , por creerme ateo mientras te rezo a ti.