Felipe Antonio Santorelli
Poeta que considera el portal su segunda casa
Sol de la Montaña, sombra de los pinos,
recuerdos ancestrales invocan mis caminos.
En ti hallé palabra para mi furia entera,
en ti el molde estaba de mi poesía sincera.
No quiero ni decirte, oh Sol de la Montaña,
en todos estos años las veces que escribí
el viaje de retorno a la odisea de plata
que estática en el tiempo un día recorrí.
En todos mis cuadernos escritos y no escritos
encuentro un rayo tuyo, brillando sin demora,
deseos fugitivos que no han sido proscritos
regresan del pasado con velocidad luz
buscando ese momento, buscando aquella escora
en la que el firmamento me erradicó tu luz.
Yarima la inquietada, Yarima alentadora
ayer candor de niña, hoy llama de señora,
tu sensatez madura, tus ansias de mujer,
hicieron de mi vida un verso en el ayer.
Se hacinan los helechos, se enciende nueva aurora
y es que entre verso y verso te vuelvo yo a querer.
Ya no será el ardor, pasión que al cielo guiña
o nieve derretida en el seno de una hoguera,
ni estelas de cometas, ni nubes pasajeras,
ya no será el calor de aquella fiel quimera
que no dejó el ayer;
sino este resplandor; locuaz y algo elocuente,
de una amistad sincera y ajena de la gente
de una amistad inmensa, eterna en el querer
que no vence la muerte ni lo que pudo ser.
Es mucho más candente, es mucho más profundo,
el sentimiento éste que el sentimiento aquel.
Por eso hoy Yarima me olvido de este mundo
y pleno de silencios te vuelvo yo a querer.
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recuerdos ancestrales invocan mis caminos.
En ti hallé palabra para mi furia entera,
en ti el molde estaba de mi poesía sincera.
No quiero ni decirte, oh Sol de la Montaña,
en todos estos años las veces que escribí
el viaje de retorno a la odisea de plata
que estática en el tiempo un día recorrí.
En todos mis cuadernos escritos y no escritos
encuentro un rayo tuyo, brillando sin demora,
deseos fugitivos que no han sido proscritos
regresan del pasado con velocidad luz
buscando ese momento, buscando aquella escora
en la que el firmamento me erradicó tu luz.
Yarima la inquietada, Yarima alentadora
ayer candor de niña, hoy llama de señora,
tu sensatez madura, tus ansias de mujer,
hicieron de mi vida un verso en el ayer.
Se hacinan los helechos, se enciende nueva aurora
y es que entre verso y verso te vuelvo yo a querer.
Ya no será el ardor, pasión que al cielo guiña
o nieve derretida en el seno de una hoguera,
ni estelas de cometas, ni nubes pasajeras,
ya no será el calor de aquella fiel quimera
que no dejó el ayer;
sino este resplandor; locuaz y algo elocuente,
de una amistad sincera y ajena de la gente
de una amistad inmensa, eterna en el querer
que no vence la muerte ni lo que pudo ser.
Es mucho más candente, es mucho más profundo,
el sentimiento éste que el sentimiento aquel.
Por eso hoy Yarima me olvido de este mundo
y pleno de silencios te vuelvo yo a querer.
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