ropittella
Poeta veterana en el Portal
Vivo en la calle porque quiero
y no lo saben
los que mirándome se sienten culpables,
lastimeros piensan que menos mal
que no están en mi lugar...
Se dan cuenta de que deben dar las gracias
por todo lo que tienen, éso que supuestamente
yo he perdido y desconocen
que son otras las cárceles y las tumbas que he elegido
no volver a visitar.
Cuando era niño andaba descalzo de zapatos
y de libros, la calle me dio sus callos y sus historias que leer.
Algunos creen intuir todo lo que necesito
y esperan orando porque otros me lo den.
No entienden de palomas,
ni de lirios del campo, más bellos que cualquier vestido.
Prefieren observar la mugre, que sólo me abriga la superficie.
Entonces corren asustados a comprar otros jabones
para bañarse tres veces, no sea cosa que los haya contagiado
por mirarme.
Mientras a mi la luna me lava por las noches
-sobre todo los ojos- para ver lo que hace falta...
Y me seca el sol del mediodía las manos y el alma,
que continuamente me lavo de violencia innecesaria,
de hurtos, de mentiras, y de
cualquier otra injusticia inhumana.
Los veo pasar por mi casa, y me dan pena.
Sus corridas taquicárdicas me la contaminan:
de posesiones por las que pierden la vida.
Y quisiera que una ley se los prohibiera.
Los querría un poco más, tal vez,
si se les ocurriera
preguntar si acaso me gustaría: cantar, bailar,
charlar, escuchar, decir poesías,
o esculpir mi propia estatua en una esquina.
Por lo pronto no extiendo mi mano hacia su lástima,
ni mendigo de su basura las migajas.
Vivo en la calle porque quiero -es la verdad-
y es la mismísima libertad
que hoy me viste y me alimenta.
y no lo saben
los que mirándome se sienten culpables,
lastimeros piensan que menos mal
que no están en mi lugar...
Se dan cuenta de que deben dar las gracias
por todo lo que tienen, éso que supuestamente
yo he perdido y desconocen
que son otras las cárceles y las tumbas que he elegido
no volver a visitar.
Cuando era niño andaba descalzo de zapatos
y de libros, la calle me dio sus callos y sus historias que leer.
Algunos creen intuir todo lo que necesito
y esperan orando porque otros me lo den.
No entienden de palomas,
ni de lirios del campo, más bellos que cualquier vestido.
Prefieren observar la mugre, que sólo me abriga la superficie.
Entonces corren asustados a comprar otros jabones
para bañarse tres veces, no sea cosa que los haya contagiado
por mirarme.
Mientras a mi la luna me lava por las noches
-sobre todo los ojos- para ver lo que hace falta...
Y me seca el sol del mediodía las manos y el alma,
que continuamente me lavo de violencia innecesaria,
de hurtos, de mentiras, y de
cualquier otra injusticia inhumana.
Los veo pasar por mi casa, y me dan pena.
Sus corridas taquicárdicas me la contaminan:
de posesiones por las que pierden la vida.
Y quisiera que una ley se los prohibiera.
Los querría un poco más, tal vez,
si se les ocurriera
preguntar si acaso me gustaría: cantar, bailar,
charlar, escuchar, decir poesías,
o esculpir mi propia estatua en una esquina.
Por lo pronto no extiendo mi mano hacia su lástima,
ni mendigo de su basura las migajas.
Vivo en la calle porque quiero -es la verdad-
y es la mismísima libertad
que hoy me viste y me alimenta.
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