Évano
Libre, sin dioses.
Araceli despertó a mediodía. Las largas discusiones con Carlos se alargaban en la madrugada sin lograr que este sentara la cabeza. Salió al jardín, recibiendo de golpe el sol de un setiembre demasiado caluroso. Se masajeó la frente mientras oía un montón de susurros. Los ojos se le fueron aclarando y el cerebro daba forma a las imágenes del verde césped, a la calle donde habitaba y a las casas que la escoltaban con sus jardines abiertos. Al ver a un montón de vecinos alrededor de algo que había en la esquina de su parcela, se acercó, temerosa de que su esposo hubiera liado alguna de las suyas. No se equivocaba.
La gente abrió el círculo y dejó de cuchichear. Al darse cuenta de lo que allí ocurría, el rostro se le ruborizó. Lo ocultó con las manos mientras se decía: "¡No puede ser, tamaña estupidez, no puede ser!".
Carlos, el querido compañero de matrimonio, se había enterrado de cintura para abajo, con la parte de arriba del cuerpo desnuda. Unas margaritas le adornaban la cabeza. Se ajustó la bata de flores e intentó mantener la compostura ante las sonrisas de los vecinos.
Os ruego que nos dejéis solos logró pronunciar.
La veintena de personas se alejaron a la esquina de la calle para seguir sacando toda clase de conclusiones. Araceli se arrodilló ante Carlos y le habló bajito al oído.
¡Tú quieres que seamos el hazmerreír del pueblo!, ¿verdad?
Te veo las bragas desde aquí. No son maneras de salir a la calle obtuvo por respuesta.
¡Claro, eso es lo importante, que yo salga con bata y bragas a mi jardín! Eso es más importante que me encuentre a mi marido semienterrado en él.
Quiero ser un árbol, Araceli, compréndelo.
¡Es una idea estupenda... un árbol... cómo no se me habrá ocurrido a mí! ¿Quieres que te acompañe? Ahí está la pala, si quieres hago un hoyo y nos volvemos árboles los dos juntitos.
Es mala idea, Araceli; ahora me he dado cuenta que... mear, lo que se dice mear, se puede; pero lo otro va a ser complicado, y más las veces posteriores.
¡Vaya! ¿Y tu idea a partir de ahora es...?
Desentiérrame, Araceli, ya pensaré en otra cosa.
Quizás... ¿hacer una vida normal, sería buena idea...?
Sabes que no, ya lo hemos hablado. Quizás pruebe lo de aquel que lleva con el brazo alzado más de cuarenta años...
¡Ya basta! Ahora mismo llamo al psiquiatra, ¡y no hay más que hablar! Y para que lo sepas, las margaritas no son árboles, sino flores, o... ¿es que te daba vergüenza que te viera la gente? ¡No respondas, anda, no respondas!
Araceli llamó al doctor y este vino y le dijo lo de tantas veces, que no encontraba nada anormal en Carlos, que era un hombre que buscaba otras alternativas en la vida, que se lo tomara con humor. Y el psiquiatra se llevó la misma respuesta de siempre por parte de Araceli: "Usted está más loco que él".
El tiempo pasaba mientras Carlos probaba nuevas experiencias, "más blandas", dado el tremendo cabreo acumulado en la mujer.
Probó el ir contando los minutos del día a partir de la fecha de nacimiento, incluso por la noche, por lo que tomaba cafés a todas horas, o se colocaba pinzas que apretaban cejas y párpados, o anotaba en la libreta los estrafalarios números para no olvidarse y toda clase de estratagemas que no le hicieran perder la cuenta. Hasta que un día, la histérica Araceli, le disolvió en un zumo de naranja los suficientes sedantes y le rompió en mil pedazos la libreta; además de amenazarle con abandonarlo si continuaba con tamaña tontería.
Por un lado le fue bien a Carlos, pues en el fondo estaba harto de contar porque no le dejaba pensar en alternativas mejores, por lo que decidió aceptar las amenazas de Araceli.
Poco duró el tiempo de sosiego en esa casa, ya que Carlos se acordó de aquel hombre que conoció cuando hizo el Camino de Santiago; uno al que llamaban casi silencio por haber echo voto de tal, pero con la particularidad de que tan solo podía decir mil palabras diarias, sin contar las que uno mismo se dice, ni la de los sueños, y sin que valiese acumular palabras de un día para otro. Pronto fue desechada por él mismo, al comprobar que eran más palabras de lo que comúnmente habían salido diariamente de su boca a lo largo de los años. Araceli se alegró, pensando que Carlos, poco a poco, iba aposentando los pies en la tierra. Nada más lejos de la realidad.
Decidido a imitar a aquel señor de la India, el que llevaba el brazo derecho alzado durante casi toda la vida, en el umbral de la puerta, como si de un juramento magnífico se tratara, alzó el brazo derecho al cielo gritando: "Ahí has de quedarte, amigo, hasta la muerte; que el mundo vea la rotunda decisión de un hombre rotundo". Luego oyó resoplar a su mujer y rumorear algo como: "Menuda mierda de juramento".
Al hombre de la India el brazo se le había quedado escuálido, en huesos y piel, y andaba por los pueblos de aquel país con una túnica de algodón blanco. La gente de allí, por raras creencias que hay en la vida, le daban limosnas y regalos a cambio de que él rezara por ellos. Pero Carlos no consiguió nada de esto, sino carcajadas de la gente que lo veía y broncas tremendas por parte de Araceli, la cual, volvió a la solución de los sedantes para bajarle el brazo cada dos por tres, por lo que este mantenía perfectamente su musculatura y fortaleza, no consiguiendo nuestro amigo Carlos que los huesos de clavículas y brazos se soldaran, como en el caso del señor de la India.
Esta vez tardó más en pensar otra alternativa; tenía ya muy claro que si algo especial en la vida quería realizar debería alejarse por un tiempo, ya que Araceli desbarataría toda iniciativa, por muy excelente que esta fuera.
Un día, después de cenar, pomposamente, le comentó:
Hemos de separarnos por una temporada.
¿Qué diablos se te ha ocurrido ahora, Carlos?
Quiero vivir en una casa, debajo del agua. Aquí cerca van a empezar a inundar a unos valles, con las aldeas respectivas... un pantano nuevo. Me da tiempo a acondicionar alguna casa... Ya sabes... para que resista la entrada del agua...
Araceli, reteniendo las lágrimas de su pantano particular, no se creía lo que oía, pero estaba segura que si a Carlos se le había metido en la cabeza tal idea, la realizaría. Carlos respiró hondo al escuchar las palabras que deseaba:
Quizás sea lo mejor, Carlos. No aguanto más esta situación. Vete cuando quieras y vuelve cuando estés dispuesto a vivir una vida normal.
Continuará abajo con la señora Ro Bassetti... (Si alguno de ustedes quiere participar en este Wikirrelato, por favor, vayan al foro de preguntas y sugerencias, donde hay un tema abierto: "Wikirrelato, relatos en grupo", y apúntense allí). Muchas gracias.
La gente abrió el círculo y dejó de cuchichear. Al darse cuenta de lo que allí ocurría, el rostro se le ruborizó. Lo ocultó con las manos mientras se decía: "¡No puede ser, tamaña estupidez, no puede ser!".
Carlos, el querido compañero de matrimonio, se había enterrado de cintura para abajo, con la parte de arriba del cuerpo desnuda. Unas margaritas le adornaban la cabeza. Se ajustó la bata de flores e intentó mantener la compostura ante las sonrisas de los vecinos.
Os ruego que nos dejéis solos logró pronunciar.
La veintena de personas se alejaron a la esquina de la calle para seguir sacando toda clase de conclusiones. Araceli se arrodilló ante Carlos y le habló bajito al oído.
¡Tú quieres que seamos el hazmerreír del pueblo!, ¿verdad?
Te veo las bragas desde aquí. No son maneras de salir a la calle obtuvo por respuesta.
¡Claro, eso es lo importante, que yo salga con bata y bragas a mi jardín! Eso es más importante que me encuentre a mi marido semienterrado en él.
Quiero ser un árbol, Araceli, compréndelo.
¡Es una idea estupenda... un árbol... cómo no se me habrá ocurrido a mí! ¿Quieres que te acompañe? Ahí está la pala, si quieres hago un hoyo y nos volvemos árboles los dos juntitos.
Es mala idea, Araceli; ahora me he dado cuenta que... mear, lo que se dice mear, se puede; pero lo otro va a ser complicado, y más las veces posteriores.
¡Vaya! ¿Y tu idea a partir de ahora es...?
Desentiérrame, Araceli, ya pensaré en otra cosa.
Quizás... ¿hacer una vida normal, sería buena idea...?
Sabes que no, ya lo hemos hablado. Quizás pruebe lo de aquel que lleva con el brazo alzado más de cuarenta años...
¡Ya basta! Ahora mismo llamo al psiquiatra, ¡y no hay más que hablar! Y para que lo sepas, las margaritas no son árboles, sino flores, o... ¿es que te daba vergüenza que te viera la gente? ¡No respondas, anda, no respondas!
Araceli llamó al doctor y este vino y le dijo lo de tantas veces, que no encontraba nada anormal en Carlos, que era un hombre que buscaba otras alternativas en la vida, que se lo tomara con humor. Y el psiquiatra se llevó la misma respuesta de siempre por parte de Araceli: "Usted está más loco que él".
El tiempo pasaba mientras Carlos probaba nuevas experiencias, "más blandas", dado el tremendo cabreo acumulado en la mujer.
Probó el ir contando los minutos del día a partir de la fecha de nacimiento, incluso por la noche, por lo que tomaba cafés a todas horas, o se colocaba pinzas que apretaban cejas y párpados, o anotaba en la libreta los estrafalarios números para no olvidarse y toda clase de estratagemas que no le hicieran perder la cuenta. Hasta que un día, la histérica Araceli, le disolvió en un zumo de naranja los suficientes sedantes y le rompió en mil pedazos la libreta; además de amenazarle con abandonarlo si continuaba con tamaña tontería.
Por un lado le fue bien a Carlos, pues en el fondo estaba harto de contar porque no le dejaba pensar en alternativas mejores, por lo que decidió aceptar las amenazas de Araceli.
Poco duró el tiempo de sosiego en esa casa, ya que Carlos se acordó de aquel hombre que conoció cuando hizo el Camino de Santiago; uno al que llamaban casi silencio por haber echo voto de tal, pero con la particularidad de que tan solo podía decir mil palabras diarias, sin contar las que uno mismo se dice, ni la de los sueños, y sin que valiese acumular palabras de un día para otro. Pronto fue desechada por él mismo, al comprobar que eran más palabras de lo que comúnmente habían salido diariamente de su boca a lo largo de los años. Araceli se alegró, pensando que Carlos, poco a poco, iba aposentando los pies en la tierra. Nada más lejos de la realidad.
Decidido a imitar a aquel señor de la India, el que llevaba el brazo derecho alzado durante casi toda la vida, en el umbral de la puerta, como si de un juramento magnífico se tratara, alzó el brazo derecho al cielo gritando: "Ahí has de quedarte, amigo, hasta la muerte; que el mundo vea la rotunda decisión de un hombre rotundo". Luego oyó resoplar a su mujer y rumorear algo como: "Menuda mierda de juramento".
Al hombre de la India el brazo se le había quedado escuálido, en huesos y piel, y andaba por los pueblos de aquel país con una túnica de algodón blanco. La gente de allí, por raras creencias que hay en la vida, le daban limosnas y regalos a cambio de que él rezara por ellos. Pero Carlos no consiguió nada de esto, sino carcajadas de la gente que lo veía y broncas tremendas por parte de Araceli, la cual, volvió a la solución de los sedantes para bajarle el brazo cada dos por tres, por lo que este mantenía perfectamente su musculatura y fortaleza, no consiguiendo nuestro amigo Carlos que los huesos de clavículas y brazos se soldaran, como en el caso del señor de la India.
Esta vez tardó más en pensar otra alternativa; tenía ya muy claro que si algo especial en la vida quería realizar debería alejarse por un tiempo, ya que Araceli desbarataría toda iniciativa, por muy excelente que esta fuera.
Un día, después de cenar, pomposamente, le comentó:
Hemos de separarnos por una temporada.
¿Qué diablos se te ha ocurrido ahora, Carlos?
Quiero vivir en una casa, debajo del agua. Aquí cerca van a empezar a inundar a unos valles, con las aldeas respectivas... un pantano nuevo. Me da tiempo a acondicionar alguna casa... Ya sabes... para que resista la entrada del agua...
Araceli, reteniendo las lágrimas de su pantano particular, no se creía lo que oía, pero estaba segura que si a Carlos se le había metido en la cabeza tal idea, la realizaría. Carlos respiró hondo al escuchar las palabras que deseaba:
Quizás sea lo mejor, Carlos. No aguanto más esta situación. Vete cuando quieras y vuelve cuando estés dispuesto a vivir una vida normal.
Continuará abajo con la señora Ro Bassetti... (Si alguno de ustedes quiere participar en este Wikirrelato, por favor, vayan al foro de preguntas y sugerencias, donde hay un tema abierto: "Wikirrelato, relatos en grupo", y apúntense allí). Muchas gracias.
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