Musitaba canciones tristes,
al borde de un acantilado,
nadie veía las cicatrices,
que de él estaban tirando.
Acariciaba el pasto bajo sus dedos,
sentía el aire en su pelo blanco,
los surcos de su piel marcaban el camino,
de dos lágrimas que se iban precipitando.
Un gesto desolador y perenne...