Dios mío sé que tú también lo viste,
ahí en las calles del mercado,
entre el lodo y la llovizna agazapado,
ese niño sucio desarropado
esperando ansioso e impotente,
que su hermanita descarapara urgente,
ese naranjo aún no maduro.
¡Vamos a comer ñañito! le decía,
con su carita toda dulzura...