Nos llovimos tanto,
que la sequía se volvió bonita.
Sobre todo, en tu boca,
que se empeñaba en buscar la mía
para sobrevivir.
Bebiste tanto de mi garganta,
que me robaste hasta la saliva
que tenía reservada
para ahogarte.
Y granicé contra tu pecho
aquella madrugada en la que hicimos el...