Évano
Libre, sin dioses.
.
Alcanzó la luna el hombre
y yo estaba en mi caverna
contemplando dos hogueras:
una con ceniza en la tierra,
la otra plateaba dentro.
Me dirigí a la real.
Comparé ceniza y luna
y agarrando un puñado
las soplé desde la cueva
al viento, que la esparció
sin dejar ninguna huella.
Yo no tenía bandera,
a nadie en compañía,
ni luz, ni sombra siquiera,
ninguna melancolía.
No sabía lo que era,
el ir a cielo poeta
de una persona cualquiera.
Las envidias y recelos
emanaban de mi cueva
sin yo saber su porqué.
Y entonces di comienzo
a las vueltas de una idea:
se puede ver el infierno
antes que la muerte sea.
Mas la luna no es averno
aunque quizás sea puerta
donde las cenizas llenan
el umbral de ángeles caídos.
Mi boca mordió el jabalí
en las puertas de la caverna,
mientras, la luna me decía:
"Tú, de momento, estate ahí".
En mí no hay ninguna prisa,
-no sé a quién contesté-
bien sé que no pasaré
la puerta de cielo alguno,
pero tampoco iré a infierno,
ya formo parte de uno,
y como bien se me ve
ningún obstáculo pongo
a su frontera infinita.
Si esta pena necesito
para ir a cielo o infierno
ni mucho menos la quiero.
Con tu luna-puerta qúedate,
que yo me aferro a cenizas,
con ellas volaré en aires
de los mundos de la Tierra.
Me quedo con estos huesos,
en esta fría caverna,
dentro de esta cueva mía,
calentándome en la hoguera,
a fin de cuentas es preámbulo
de lo que siempre me espera.
Bajó de la luna el hombre
y yo, de alguna manera,
sigo dentro de otra cueva,
con un fuego muy distinto,
con comida en la nevera
y sigo mirando a lunas,
ceniza y ángeles caídos,
y a la espera de la muerte,
que me dejará otra vez
en esta tierra infinita,
o esta escalera de Job.
No hablé de la otra hoguera,
mas ninguna falta hace
explicar ningún adentro,
porque todos son lamentos
guardados para La Puerta
de Más Allás que no importan,
pues nada hacemos por ellos.
¿Para qué entonces decir
lo que cada uno sabemos?
Y que cada uno reparta
sus cenizas como sepa.
Y del amor no se habla
porque nunca se guarda
en ánima que no valga
ni se esconde en cueva alguna,
ni quema en ninguna hoguera.
Alcanzó la luna el hombre
y yo estaba en mi caverna
contemplando dos hogueras:
una con ceniza en la tierra,
la otra plateaba dentro.
Me dirigí a la real.
Comparé ceniza y luna
y agarrando un puñado
las soplé desde la cueva
al viento, que la esparció
sin dejar ninguna huella.
Yo no tenía bandera,
a nadie en compañía,
ni luz, ni sombra siquiera,
ninguna melancolía.
No sabía lo que era,
el ir a cielo poeta
de una persona cualquiera.
Las envidias y recelos
emanaban de mi cueva
sin yo saber su porqué.
Y entonces di comienzo
a las vueltas de una idea:
se puede ver el infierno
antes que la muerte sea.
Mas la luna no es averno
aunque quizás sea puerta
donde las cenizas llenan
el umbral de ángeles caídos.
Mi boca mordió el jabalí
en las puertas de la caverna,
mientras, la luna me decía:
"Tú, de momento, estate ahí".
En mí no hay ninguna prisa,
-no sé a quién contesté-
bien sé que no pasaré
la puerta de cielo alguno,
pero tampoco iré a infierno,
ya formo parte de uno,
y como bien se me ve
ningún obstáculo pongo
a su frontera infinita.
Si esta pena necesito
para ir a cielo o infierno
ni mucho menos la quiero.
Con tu luna-puerta qúedate,
que yo me aferro a cenizas,
con ellas volaré en aires
de los mundos de la Tierra.
Me quedo con estos huesos,
en esta fría caverna,
dentro de esta cueva mía,
calentándome en la hoguera,
a fin de cuentas es preámbulo
de lo que siempre me espera.
Bajó de la luna el hombre
y yo, de alguna manera,
sigo dentro de otra cueva,
con un fuego muy distinto,
con comida en la nevera
y sigo mirando a lunas,
ceniza y ángeles caídos,
y a la espera de la muerte,
que me dejará otra vez
en esta tierra infinita,
o esta escalera de Job.
No hablé de la otra hoguera,
mas ninguna falta hace
explicar ningún adentro,
porque todos son lamentos
guardados para La Puerta
de Más Allás que no importan,
pues nada hacemos por ellos.
¿Para qué entonces decir
lo que cada uno sabemos?
Y que cada uno reparta
sus cenizas como sepa.
Y del amor no se habla
porque nunca se guarda
en ánima que no valga
ni se esconde en cueva alguna,
ni quema en ninguna hoguera.
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