MARIANNE
MARIAN GONZALES - CORAZÓN DE LOBA
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Como cada fin de semana, fuimos al pueblo, estaba muy concurrido porque volvió la feria patronal, hay gente muy coqueta que te invita a ver su panal.
Nosotras nos alejamos apresuradamente buscando la cabaña de doña Enriqueta, sí la doña que nos alquilaba siempre su posada, para pasar la noche en aquel lugar, debo decir que amo visitar aquel bosque, cuando estamos en nuestro estado natural, soberbiamente.
Ahí pasa un río, de agua cristalina, que cuando nos acercamos nos refleja, a la luna o a sol, hacen un escueta mueca con sus tranquilas aguas, sus brechas son tan joviales, que los truncos amansan su andar, el tornasol del universo nos invita a su tímido oleaje, nuestras manos traviesas le ondean, sintiendo su tibieza, que nos reza en silencio, hasta las nubes son presas de su quietud, esa que suelo amar de los arenales que visten su andar.
El olor a mimbre, laureles y los rosales hacen la fragilidad del alma se adormezca, nos hipnotiza con su pasividad, si no es porque amo tanto los alucines del viento estaría dormida en su regazo, aromatizado por sus sales.
Cada vez que venimos aquí, nos confesamos en el único lugar, donde nadie, ni nada nos pueda reprochar, ni con el lagrimeo del cielo, que besa nuestra igualdad...
Siempre recitamos en voz alta, sabiendo que de aquí solo brota y emerge serenidad, adulamos a la musa que nos deshonra y nuestras verdades nos abrigan en su beldad.
!Oh hermoso río! Venimos a confesarte,
que el amor es solo para los incrédulos mortales, nosotras solo somos un soplo en el vacío y nadie nos nota cuando departimos versares, ¿Acaso nos has visto sonrojar en medio de los sauces o los cipresales? ¿Acaso las rosas deben deshojarse en los recitales? o acaso debemos dejar de ser tan miserables, ¿a todo esto, qué dices tú? si no nos has visto en esos caudales?
Nadie hizo eco, más que la serena noche que nos intimidaba solemnemente en silencio, a la luz de la hoguera, así terminó ese idilio, del cual creí que sería distinto al de otra veces, arreglamos maletas, dejamos la posada y nos despedimos como cada fin de semana.
Era mi soledad y yo, la única pareja, dispareja, esperando respuestas, de lo que el río se llevó.
Marianne*