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Era contrahecha, sus brazos tenían distintas medidas, sus hombros los tenía caídos por la joroba de su espalda, uno de sus pechos era patentemente más pequeño que el otro y su pierna derecha era más corta que la izquierda, por lo que llevaba, como ortopedia, un gran zapato y un aparatoso armazón de metal, que le abarcaba desde la cintura hasta el cuello.
Sin embargo, pese a todo esto, enamoraba a todos nada más verla. Y es que su cara era la más bella vista por hombre o mujer. De una perfecta simetría eran las distancias que separaban sus pómulos, sus mejillas, sus sienes, la comisura de sus labios y sus dos almendrados ojos, de mirada clara e inocente. Como si todo lo mal hecho que estaba su cuerpo, de bello lo tuviera su rostro.
Por eso tenía muchos pretendientes que la regalaban con multitud de halagos. Flores, poemas, cajas de bombones, colgantes y presentes varios llegaban todos los días a su casa. Pero a ella todo esto le resultaba indiferente pues, por su inocencia, sentía que todas estas atenciones sólo eran excéntricos juegos que tenían los hombres. Al pensar, con candor, que así trataban todos los hombres a todas las mujeres.
Siendo aún joven para el matrimonio, su viuda madre veía con recelo a todos los pretendientes que tenía porque ninguno le parecía ser suficientemente bueno para su hija. Pues su madre esperaba aquel que no sólo las sacase de la pobreza sino que les pudiera proporcionar una vida con lujos. Aunque no por ello dejaba de permitir que su hija aceptase algunos regalos. Aceptando joyas y bombones, y rehusando flores y poemas.
Sin dejar de ser inocente, sin mácula en su conciencia, sin el mínimo acto de egoísmo, en la más pura candidez, pasó la joven los años que la acercaban a la edad casadera. Y así ocurrió hasta que el dueño de la empresa de ferrocarriles, en una visita fugaz al pueblo, la vio y se enamoró de ella.
Por ello empezaron a llegar a su casa inmensas cajas de exquisitos bombones, collares de auténticas perlas, diamantes engarzados magistralmente en hilos de plata y oro, poemarios de ilustres poetas de las más caras ediciones, elegantes trajes de las más fina costura, tanto para la madre como para la hija, y tantas flores que, tras llenar la casa, fueron llenando el jardín. Así supo su recelosa madre que el yerno que quería para ella por fin había llegado.
La oficialidad del compromiso no se hizo esperar, al permitir la madre de la joven, al tercer día de conocerse, que la pareja fuera y viniera de la iglesia sin ninguna compañía. Aunque para la joven aquel hecho pasó desapercibido, como una excentricidad más de otro hombre.
Con estas visitas del empresario fue pasando el tiempo para la joven hasta que llegó a edad casadera y se fijó la fecha de la boda. Todos los preparativos que se hicieron para dicha boda, pese a celebrarse con todo lujo, fue un acontecimiento que a la joven no le dio ni el más mínimo interés.
En la noche de bodas, cuando se retiraron a la alcoba nupcial, su marido le dio el primer y único beso que le daría en toda su vida a su esposa, pues ocurrió lo inesperado. Y es que la joven, aún de pie, comenzó a convulsionar vibrando de tal forma que el armazón de metal comenzó a desmantelarse pieza por pieza, tuerca por tuerca, mientras una brillante luz blanca cubría su rostro. E, inmediatamente después de que cayera la última pieza del armazón, la joven se desmayó, apagándose así la luz blanca de su piel.
La encamaron y llamaron al médico pero éste no pudo hacer nada para que le bajara la fiebre. Diagnosticando que si no le bajaba moriría en pocos días. Sin embargo, la noche que parecía que iba a ser la de su muerte, cuando todos pensaron que había dado su último aliento, en vez de morir entró en letargo.
Su piel se hinchó y rasgó sus vestimentas, se unieron sus piernas y sus brazos a su tronco y, poco a poco, se convirtió en una enorme crisálida. Ante hecho tan inexplicable la familia, temiendo el qué dirán, comunicó a todo el pueblo que la joven había muerto esa noche, y ocultaron la crisálida en el sótano.
Allí pasó muchos años, tantos que murió su madre y su esposo también, y hasta cuatro generaciones más que habitaron la casa también vivieron y murieron en ese tiempo. Tantos años pasaron que el olvido se apoderó de aquella joven contrahecha que se había convertido en crisálida. Hasta que, una calurosa noche de verano, la crisálida empezó a despedir tal calor que los habitantes de la casa decidieron sacar aquel curioso y molesto objeto al jardín.
Jardín y noche donde por fin se abrió la crisálida y, aquellos que lo presenciaron, pudieron ver a la mujer más hermosa y resplandeciente que jamás contemplaron en sus vidas. Con sus brazos de perfecta medida, con sus esbeltas piernas, sus senos perfectamente simétricos y en vez de joroba dos enormes alas blancas a su espalda, con las que ascendió a los cielos, y nunca más se volvió a saber de ella.
Era contrahecha, sus brazos tenían distintas medidas, sus hombros los tenía caídos por la joroba de su espalda, uno de sus pechos era patentemente más pequeño que el otro y su pierna derecha era más corta que la izquierda, por lo que llevaba, como ortopedia, un gran zapato y un aparatoso armazón de metal, que le abarcaba desde la cintura hasta el cuello.
Sin embargo, pese a todo esto, enamoraba a todos nada más verla. Y es que su cara era la más bella vista por hombre o mujer. De una perfecta simetría eran las distancias que separaban sus pómulos, sus mejillas, sus sienes, la comisura de sus labios y sus dos almendrados ojos, de mirada clara e inocente. Como si todo lo mal hecho que estaba su cuerpo, de bello lo tuviera su rostro.
Por eso tenía muchos pretendientes que la regalaban con multitud de halagos. Flores, poemas, cajas de bombones, colgantes y presentes varios llegaban todos los días a su casa. Pero a ella todo esto le resultaba indiferente pues, por su inocencia, sentía que todas estas atenciones sólo eran excéntricos juegos que tenían los hombres. Al pensar, con candor, que así trataban todos los hombres a todas las mujeres.
Siendo aún joven para el matrimonio, su viuda madre veía con recelo a todos los pretendientes que tenía porque ninguno le parecía ser suficientemente bueno para su hija. Pues su madre esperaba aquel que no sólo las sacase de la pobreza sino que les pudiera proporcionar una vida con lujos. Aunque no por ello dejaba de permitir que su hija aceptase algunos regalos. Aceptando joyas y bombones, y rehusando flores y poemas.
Sin dejar de ser inocente, sin mácula en su conciencia, sin el mínimo acto de egoísmo, en la más pura candidez, pasó la joven los años que la acercaban a la edad casadera. Y así ocurrió hasta que el dueño de la empresa de ferrocarriles, en una visita fugaz al pueblo, la vio y se enamoró de ella.
Por ello empezaron a llegar a su casa inmensas cajas de exquisitos bombones, collares de auténticas perlas, diamantes engarzados magistralmente en hilos de plata y oro, poemarios de ilustres poetas de las más caras ediciones, elegantes trajes de las más fina costura, tanto para la madre como para la hija, y tantas flores que, tras llenar la casa, fueron llenando el jardín. Así supo su recelosa madre que el yerno que quería para ella por fin había llegado.
La oficialidad del compromiso no se hizo esperar, al permitir la madre de la joven, al tercer día de conocerse, que la pareja fuera y viniera de la iglesia sin ninguna compañía. Aunque para la joven aquel hecho pasó desapercibido, como una excentricidad más de otro hombre.
Con estas visitas del empresario fue pasando el tiempo para la joven hasta que llegó a edad casadera y se fijó la fecha de la boda. Todos los preparativos que se hicieron para dicha boda, pese a celebrarse con todo lujo, fue un acontecimiento que a la joven no le dio ni el más mínimo interés.
En la noche de bodas, cuando se retiraron a la alcoba nupcial, su marido le dio el primer y único beso que le daría en toda su vida a su esposa, pues ocurrió lo inesperado. Y es que la joven, aún de pie, comenzó a convulsionar vibrando de tal forma que el armazón de metal comenzó a desmantelarse pieza por pieza, tuerca por tuerca, mientras una brillante luz blanca cubría su rostro. E, inmediatamente después de que cayera la última pieza del armazón, la joven se desmayó, apagándose así la luz blanca de su piel.
La encamaron y llamaron al médico pero éste no pudo hacer nada para que le bajara la fiebre. Diagnosticando que si no le bajaba moriría en pocos días. Sin embargo, la noche que parecía que iba a ser la de su muerte, cuando todos pensaron que había dado su último aliento, en vez de morir entró en letargo.
Su piel se hinchó y rasgó sus vestimentas, se unieron sus piernas y sus brazos a su tronco y, poco a poco, se convirtió en una enorme crisálida. Ante hecho tan inexplicable la familia, temiendo el qué dirán, comunicó a todo el pueblo que la joven había muerto esa noche, y ocultaron la crisálida en el sótano.
Allí pasó muchos años, tantos que murió su madre y su esposo también, y hasta cuatro generaciones más que habitaron la casa también vivieron y murieron en ese tiempo. Tantos años pasaron que el olvido se apoderó de aquella joven contrahecha que se había convertido en crisálida. Hasta que, una calurosa noche de verano, la crisálida empezó a despedir tal calor que los habitantes de la casa decidieron sacar aquel curioso y molesto objeto al jardín.
Jardín y noche donde por fin se abrió la crisálida y, aquellos que lo presenciaron, pudieron ver a la mujer más hermosa y resplandeciente que jamás contemplaron en sus vidas. Con sus brazos de perfecta medida, con sus esbeltas piernas, sus senos perfectamente simétricos y en vez de joroba dos enormes alas blancas a su espalda, con las que ascendió a los cielos, y nunca más se volvió a saber de ella.
Ligia Calderón Romero;5034423 dijo:Un maravilloso cuento que da inicio triste e inocentemente pero que va cobrando vuelo con cada imagen para llegar a ese inesperado final, muy bien logrado, felicitaciones, hay elementos de peso en el desarrollo hasta llegar al cierre sorpresivo, hay talento!
Reitero mis feliitaciones,
ligiA
Felicidades Old por este merecido reconocimiento.
Besos
me encantooooo con lo que me gustan los cuentos de hadas :::wub:::
felicidades :::hug:::no sabia que había recibido un premio
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